jueves, 1 de abril de 2010

Cubos y autobuses

La esperanza toma formas inesperadas.

Salimos con el coche a vaya usted a saber dónde, quizás al supermercado, quizás a la playa, quizás a la Delegación... Circulamos por la calle.. Todo como siempre. Los puestos de verduras callejeros, la gente con sus ires y venires, el tráfico caótico... Llegamos a un semáforo de algún cruce de la ciudad, y algo me llama la atención, algo muy simple, pero que casi me hace frotarme los ojos: es un cubo de basura, un contenedor verde, de esos grandes que están diseñados para que un camión de la basura los enganche y los vuelque.
-¡Ayvá! ¡Un cubo de basura! -exclamo señalando, incrédula.
-¡Anda!-me responde alguien en el coche, que también se queda mirando al, en este contextos tan poco cotidiano objeto.
Seguimos circulando, y a los pocos metros vemos otro igual.
-¡Mira, mira! ¡Otro! (...) Y ahí otro...

Seguimos circulando, y nos vamos percatando de esta nueva población que se ha asentado en las calles de Bata, y que parece que, por el momento, han venido para quedarse: los cubos de basura.
Poco a poco, según seguimos circulando, nos vamos dando cuenta de que no hay unos pocos, sino muchos. Más tarde nos damos cuenta de que el montón de basura de la tapia del Hospital ha desaparecido gracias a estos nuevos pobladores. Vamos cayendo en la cuenta de que, no sólo se han colocado cubos de basura, sino que se están colocando precisamente en los lugares donde la gente iba contruyendo, por acumulación, las características montañas de basura.
Me cuesta creer que aquello de "¡¿sería tan difícil poner cubos de basura?!" que tantas veces he exclamado con una mezcla de indignación y desesperanza por fin tiene respuesta, y la respuesta deseada.
Todavía, cada vez que voy con el coche por las calles, me sale una sonrisilla cuando los contemplo. Quién me iba a contar hace unos meses en Madrid, donde tantos contenedores de tantos sendos colores salpican nuestro paisaje urbano, que unos simples cubos de basura, cubos en los que se mezclan todos los residuos sean del tipo que sean (con perdón), me iban a hacer sonreír este año.

...............

Pocos días antes o después (ya no recuerdo qué fue primero), volviendo de la playa por la carretera que va al mercado de Ikunde, veo una pequeña señal como las de tráfico, de color azul. "PARADA BUS", dicen unas letras mayusculas blancas sobre el fondo.
No me lo creo. "¿Ha estado esta señal aquí todos estos meses y no me he dado cuenta?" "¿Es herencia de un antiguo servicio de vaya usted a saber hace cuánto, ahora en desuso?". Voy sumida en estos pensamientos cuando mi vista perpleja se topa con otra parada, y unos metros más tarde, con otra. Algo por dentro no nos deja creer lo que nos preguntamos mientras paseamos en el todoterreno por las calles de esta que ahora es de algún modo nuestra ciudad"¿Servicio de autobuses urbanos en Bata?" Parece de ciencia ficción. Bromeamos sobre el asunto, y especuoamos con que se tratará de una buena intención sin más, una idea feliz de alguien en alguna Delegación Regional que con suerte se materializará en dos o tres años.
Unos días después, un autobús verde, como los que en Madrid hacen las rutas interurbanas, nos precede en nuestro camino por las calles de Bata. No nos atrevemos a creerlo del todo. "Será un autobús de esos que tranportan al personal de las empresas, sólo que más moderno", decimos y pensamos.
Es un domingo, al coger un taxi para bajar a Misa en los Salesianos, que le pregunto al taxista sobre el tema de las paradas, y me confirma que se acaba de estrenar un servicio de autobuses en Bata, que hace el recorrido de forma regular y con una buena frecuencia. Pregunto al taxista sobre cómo lo ven él y sus compañeros, ya que hasta ahora eran el único medio de transporte público en Bata; y me responde que a ellos no les interesa, pero que está bien porque hay gente que no se puede pagar un taxi (un taxi cuesta al cambio unos 45 céntimos de euro), y que van a usar el servicio. Me bajo del taxi sonriente, acordándome también de los cubos de basura, y no puedo dejar de pensar que de algún modo estamos asistiendo a pequeños momentos importantes de este país que, por qué no desmarcarse por un rato del escepticismo habitual , de repente pasa a tener algunos pequeños servicios básicos que repercuten directamente en las personas.

Depende del día. Hay días en que piensas que nada va a cambiar. Hay días que piensas que interesa poco el cambio. Hay días que piensas, con enfado, aquello de "cada uno tiene el país que se merece". Hay días que te toca pegarte con este u otro cargo intermedio que te hace más que difícil el trabajo. Hay días en los que echas de menos hasta que la cajera del supermercado te salude, o al menos te mire.
Pero también hay días en los que Tina te muestra toda su hospitalidad y te hace sentir en tu casa cuando te invita a comer en su casa; en los que las parteras de Machinda acuden arregladas a recibir un seminario y fríen a preguntas a los ponentes; en los que, de pronto, las calles se llenan de cubos y autobuses.

Lo dicho: la esperanza toma formas inesperadas.

sábado, 20 de marzo de 2010

Paquito

Son las once de la noche. Estoy sola en casa, porque todo el mundo ha decidido irse por ahí hasta altas horas, pero a mí me apetecía más quedarme tranquila en casa, cenar un poco de leche con cereales y escribir y leer un rato, disfrutando por una noche de ese "estar solo en casa" que hace rato que hemos perdido desde que somos familia numerosa y que tan bien viene de vez en cuando.
Antes de subir a la habitación, voy a asegurarme de que la puerta está bien cerrada. Esta gente ha salido un poco a trancas y barrancas y se han dejado todas las llaves sin echar. Cojo las llaves y me dispongo a cerrar el cerrojo de la cancela blanca, y me encuentro con que no cierra bien. Intento cerrar, pero algo falla en el cerrojo.
_¿Te has quedado?- me grita una voz conocida desde la oscuridad del patio.
_¡Hola, Paquito!-le digo mientras le busco entre la sombra de la noche. Paquito es muy negro, y como cuando está el generador puesto, como esta noche, no damos las luces del patio para no sobrecargarlo, hay que hacer un esfuerzo para verle- Pues sí, es que mañana me toca levantarme pronto para trabajar un poco.
-Ah... -Paquito se ríe.
-Este cerrojo no cierra-digo mientras sigo probando con la llave.
Paquito no pierde un minuto y se pone a mirar qué demonios le pasa al cerrojo. Busca un martillo, le da unos golpes al cerrojo y en menos de cinco minutos el cerrojo está arreglado.
-Esta casa... Siempre hay algo nuevo- dice Paquito mientras le da unos martillazos.
-Gracias, Paquito. ¡Qué haríamos sin ti!. Buenas noches.
Paquito se ríe de nuevo y me da las buenas noches.

Paquito es nuestro guachi. Bueno, uno de nuestros guachis. Porque tenemos dos. Pero es que Paquito es nuestro guachi preferido.
Guachi viene de guachiman, que a su vez es la adaptación guineana del término anglosajón watchman. O sea, que Paquito es nuestro vigilante.
A Paquito se le coge cariño rápido. O al menos Miguel y yo se lo cogimos en seguida. No es especialmente hablador, ni especialmente simpático. Pero tiene algo que le hace entrañable.
Además, Paquito es la eficacia hecha persona. Además de vigilante, es electricista, y con los problemas de electricidad que tiene esta casa, eso es un valor añadido. Pero no es sólo eso: es que Paquito siempre está dispuesto para lo que se necesite en la casa en su turno de trabajo, aunque no sean "estrictamente sus funciones". Lo mismo te cambia la bombona de butano (porque tú eres un pardillo europeíto recién llegado que no tiene ni fuerza ni maña para apretar bien la manguera) que te da unos martillazos para arreglarte el cerrojo ipso-facto o se pasa las noches tocando los cables y los diferenciales para que tengamos luz en casa.
Paquito no sólo es trabajador, sino que le gusta hacer bien su trabajo. Por ejemplo, siempre pregunta quién queda en la casa o quien falta por llegar, como para tener bien controlado cuándo llegamos todos, o cuando debe preocuparse si ve algún movimiento raro dentro de la casa.
Cuando llegas por la noche a casa, le encuentras en su garita, escuchando la radio, o leyendo algún libro, a la luz de una vela si se ha ido la luz.
Cuando has perdido la cuenta de los turnos de los guachis, y de repente te encuentras con que esta noche le toca a Paquito, te da una alegría, porque sabes que hoy no te tendrás que ocupar de bajar a cambiar la luz de la calle a la luz de generador y viceversa las veinte veces por noche de rigor, sino que él va a estar pendiente de todo; porque sabes que Paquito se toma en serio su trabajo, como si fuera el más importante del mundo. El día que está Paquito, sabes que de un modo o de otro acabará habiendo luz en la casa. Paquito es responsable y muy trabajador.

Cuando me enfado o me ofusco, porque a veces me cuesta el carácter de la gente de aquí, pensar en algunos guineanos, entre ellos Paquito, me hace recuperar la motivación y la paciencia, me hace recordar que merece la pena estar aquí.

Y terminare este homenaje a Paquito con una cancioncilla-chorra que nos inventamos el otro día Miguel y yo en uno de esos momentos cantarines-compositores que nos dan de vez en cuando y que van nutriendo la colección Guinea-Mix (canciones inventadas sobre personajes y circunstancias de esta nuestra gran aventura) que venderemos a la vuelta hasta conseguir ser disco de platino:

(Imagínese a ritmo de Paquito el Chocolatero)

"Paquito, el guachi que quiero
experto en el mundo entero.
Enchufes, diferenciales,
el grupo y todas las fases.
Ti-to-ti-to-ta-ti-tirorí-tirorí ¡LUZ! ¡LUZ!
Ti-to-ti-to-ta-ti-tirorí-tirorí ¡LUZ! ¡LUZ!
Ti-to-ti-to-ta-ti-tirorí-tirorí ¡LUZ! ¡LUZ!
..."

miércoles, 10 de marzo de 2010

Pequeño momento histórico

Miro por la puerta entreabierta, y veo la sala que me acogerá durante las mañanas y tardes de los próximos dos días y medio. Una sala moderna, con una gran mesa de reuniones y varios sillones de oficina a su alrededor. Sólo algunas de ellas están ocupadas. El resto están vacías, esperando al resto de invitados a la reunión, mientras un par de personas se afanan en lo que parece ser la preparación de la misma. Por la ventana del Hotel Club Naútico de Luba se puede ver el mar.


Veintiséis horas antes, me suena el aviso de Skype. Es Dani, que me habla desde el piso de abajo:

Daniel Cobos: puedes bajar
??
Virginia Núñez Martínez: Sí. Allá voooooy


Saludo y me presento. "Hola, soy la Dra. Virginia Núñez, de FRS". Extiendo la mano e inmediatamente es estrechada por las manos de los que están en la sala. Los días en Malabo, con la gente del Ministerio, me hacen recordar esos árboles que flanquean las carreteras, con sus miles de hojas con forma de manos abiertas, como una multitud que tendiera sus miles de manos, dispuestas a ser estrechadas.

-Sí, bueno, pues voy a hablar con ella, a ver si cabe en su plan de trabajo.
Dani cuelga el teléfono.
-A ver, nos han invitado a una reunión con un grupo restringido del Ministerio, porque van a rehacer la política sanitaria del país. Me han llamado a mí para ir como experto, pero yo no puedo ir. ¿Puedes ir tú?

Intercambio unas palabras con el que resulta ser el Director General del Programa de Vacunación. Hablamos de España, de la época colonial, de la cooperación de los noventa...
Al más puro estilo del país, la hora de empiece se retrasa.
Por fin van llegando los asistentes. Finalmente, el Secretario de Estado de Salud Pública inicia la reunión. Empezamos de pie. Tras la apertura, nos sentamos. Nos explican que estamos allí para actualizar el Plan Nacional de Desarrollo Sanitario, con el apoyo de la OMS. A mi alrededor, los Directores Generales de Farmacia, Planificación, Prevención, Recursos Humanos, Laboratorios, Salud Reproductiva... Un representantes del FNUAP, uno de la OMS, uno de la brigada médico-cubana. Y también yo, representando a ese gran nosotros, FRS.
La prensa anda por allí. Nos graban para el telediario.

"¿Pero tú crees que yo puedo ir?"

Empieza la reunión, y fijamos un poco los objetivos y el plan de estos dos días. La verdad es que las cosas no están muy claras, y nos lleva un rato reconstruir el programa. Finalmente, todo queda más o menos esbozado. Al final de la reunión parece que todos tenemos más o menos claro para qué se nos ha convocado allí.

"¿Ilustre? Soy Daniel, de FRS. Mire, que aunque yo no puedo ir a la reunión, va a ir la Dra Virginia, nuestra Sanitario de Sede. Aunque no como experta, pero sí para llevar un poco la voz de FRS. De acuerdo. Bueno, pues mañana por la mañana le llamo y me comenta cómo va la agenda, si le parece bien. Hasta mañana entonces."

Al día siguiente por la mañana, nos plantamos ante el antiguo documento de Política Nacional de Salud. Data de dos mil dos. El trabajo consiste en actualizarlo. Punto por punto, vamos revisando el documento, opinando, debatiendo, discutiendo, modificando. Llega la parte en que se enumeran los problemas del Sistema Sanitario, y tengo ocasión de ir dando la visión que ayer consensué con Dani que íbamos a dar cuando hablamos por teléfono por la noche , alumbrando mis anotaciones con la linterna y salvando los problemas de cobertura ( yo desde la casa de Elá Nguema, en Malabo; él en Bata) entusiasmados con la idea de poder comentar en un foro como ese las cosas que tantas veces hablamos por la sede, que oímos a las hermanas y a los equipos, a las que damos vueltas unos y otros, y en las que tanto quisiéramos de alguna manera poder incidir para mejorar el sistema de salud.
Para mi sorpresa, pese a ser mujer y la más joven de todos los que están en esa sala, se me escucha con respeto, se atiende a las sugerencias que presento, noto el crédito que se da a todo lo que digo. Y sé que no es a mí, sino a FRS. Y sé que Dani tiene mucha culpa de que en el Ministerio se escuche tanto a FRS, y de rebote a mí en este momento. Dice el coordinador en algún momento de la reunión que somos algo así como la voz "desde el terreno".
"¿Sí, Virginia?", me dice el coordinador de la reunión con interés cada vez que levanto la mano.

-Bueno, pues vamos a buscar, que yo creo que aquí en la Sede tiene que haber algún ejemplar de la antigua política.
Me paso la tarde leyendo las recomendaciones de la OMS, los building blocks, lo que puedo para estar un poco más a la altura de las circunstancias.

Finalmente, tras largas discusiones, se traza una hoja de ruta para rehacer la política de salud del país y el cómo llevarla a cabo. El Ministerio cuenta con nosotros para varios grupos de trabajo de aquí a julio. Planifican hacer cosas en las que nosotros, FRS, ya habíamos planificado también trabajar. Genial, parece que cuadra. Nos ponemos a su disposición.
A la salida de la reunión, tengo una mezcla de cansancio, esperanza, sensación de haber presenciado y sido partícipe de un pequeño momento histórico, miedo a que las buenas intenciones se queden en eso y ganas de seguir trabajando en esto, porque es difícil estar más en lo macro, porque de alguna manera esto va a tener impacto.

-Tú tranquila, Vir.
-Vale. Mañana te cuento.

Cuando en CAPS hablábamos de trabajar con los sistemas públicos de salud, no creo que ninguno imagináramos poder llegar a estar en situaciones como esta.

-Dani te ha hecho un regalo-me dijo Miguel en la Plaza de la Catedral, donde nos encontramos a la vuelta del segundo día de reunión.
Lo sé. Sé que, si Dani hubiera podido, le hubiera encantado estar en una reunión así. Y sé también que lo hubiera hecho mejor que yo. Y sé que él lo sabe.
Sin embargo, decidió confiar en mí.
Gracias, Dani.


domingo, 21 de febrero de 2010

RPH

Está lloviendo, pero lloviendo de lo lindo desde hace unos diez minutos. Debe de haber caído en este rato toda la lluvia que cae en Murcia en dos años.
Hace un par de semanas una tormenta como ésta, de ésas que la época de lluvias está mandando como primeros avisos (una especie de "ahí vooooooy") de su retorno, nos hizo levantarnos a las cuatro y media de la mañana para recoger toda el agua que caía del tejado en forma de goteras. Bueno, o mejor dicho del no-tejado, porque lo que pasaba era que nos lo estaban arreglando, poniendo tela asfáltica y todas esas cosas para erradicar por fin las goteras, y para eso se quita el tejado antiguo. Pero todo el mundo sabe que para hacerte mechas tienes que pasar por ese momento horrible en el que te llenan el pelo de mejunges y papeles albal antes de quedar convertida en algo medianamente parecido a Leticia Ortiz; y eso le pasó a nuestro tejado.
Gracias a Dios, a nuestro tejado ya le han quitado los papeles de plata y le han dejado un pelo sedoso, gracias a lo cual puedo estar escribiendo mientras escucho cómo el agua golpea el tejado en lugar de achicar agua como la otra noche.

Y me viene esto a la cabeza, porque ayer tuve una sensación semejante en Angokong: después de recorrerme todo el país en coche en viaje de trabajo, con muchos kilómetros a la espalda, varios pequeños escándalos en el corazón, mucha vida social de esa fabricada en un instante, mucho sudar, mucho que coordinar y un poco que negociar, llegar a Angokong fue como de pronto entrar bajo ese techo recién reparado que ya no tiene goteras, y bajo el cual oyes con gusto la lluvia mientras estás seco y calentito. ¿Que qué hay en Angokong?: Las Hermanas Hospitalarias. Y son hospitalarias porque trabajan en los hospitales, supongo; pero para mí ayer el apellido les venía de la hospitalidad; porque nada más pisar su casa, te sientes como en tu propia casa. Te cuidan, te acogen, te integran en su día a día, se ocupan de que todo esté como tiene que estar, con sencillez pero con una sensibilidad perfecta para averiguar lo que uno necesita. "Estarás seca, ¿quieres más agua?", "Prueba estas bananas, que son de nuestro patio, están buenísimas", "Pero, ¿tan poco vas a comer?", "¿Qué tal os fue en los hospitales?".
Ayer fueron las Hospitalarias, pero podrían haber sido las Operarias Parroquiales en Niefang, las Hermanas de la Caridad en Micomeseng o en Mokom, las hermanas de Jesús-María en Luba... como ya ha sido muchas otras veces. Hace dos días, también durante la gira, con las hermanas franciscanas de Akonibe, aunque ni siquiera nos habíamos visto nunca, pasó en un momento algo parecido: nada más entrar allí, me sentí en casa, como si fuese una pequeña "sucursal" del sentirse querido y recibido sin esperar nada a cambio. Fueron apenas quince minutos lo que pasé con las hermanas, pero en ese pequeño rato ya me hicieron sentir acogida, cuidada, y sin darse cuenta me regalaron una buena dosis de la paz que respiran ahí dentro (es un convento de clausura). No faltaron los dulces para el camino, hechos por ellas mismas. ¿Se fabrica el cariño en diez minutos?

Pues esto, que no sólo cuento yo, sino cualquiera que pasa por sus casas, constituye lo que Miguel y yo hemos dado en llamar la “Red de Protección de Hermanas” (RPH), y que consiste en que todo el país está salpicado de personas, las hermanas (trabajen o no con FRS), dispuestas a acogerte y cuidarte, a echarte una mano en el apuro que tengas, a recibirte aunque llegues en momento inoportuno, a ofrecerte lo mejor de sí mismas.

Con razón hace tiempo se les llamaba “madres”.

(Nota: la tormenta ha sido tan fuerte que el techo nuevo no ha resistido: goteras de nuevo. Pero siga valiendo el símil).

sábado, 6 de febrero de 2010

En todoterreno por África

Es sábado. Son las 9:00h. La luz entra por entre las cortinas de la habitación. Me despierto al lado de Miguel. Tras unos mimos de buenos días, bajamos a desayunar a la cocina. Como es sábado, se desayuna con tiempo y a lo grande, con cereales, galletas, magdalenas y hasta queso manchego (mi tesoro).
A medio desayuno baja Jesús, un consultor que ha venido a trabajar sobre el Sistema de Información Sanitaria, pero que a los diez minutos de conocerle ya te das cuenta de que podría hacer cientos de consultorías, porque ha aprovechado bien los años y sabe casi de todo, desde lo secretos del buceo hasta los últimos detalles del tratamiento de las aguas, pasando por arregalar coches, destiladoras o hacer protocolos de urgencias u organizarte en un pis-pas un campo de refugiados. Me hace darme cuenta de cuánto me queda por aprender, y me encanta escucharle.
Y es que de pronto la sede está a pleno rendimiento como casa. También ha llegado Paloma, que irá a coordinar el área de Ebinayong.
Después de desayunar, una duchita y a trabajar un rato, porque, entre otras mil cosas, hay que preparar una sesión para empezar a trabajar sobre la calidad asistencial de nuestros profesionales sanitarios con las hermanas, en la reunión de coordinación de la próxima semana. Me toca documentarme, ordenar algunas ideas trabajadas con Dani. Al final de la mañana ya tengo un guión de la sesión, que además será mi "puesta de largo" como sanitaria de sede.
A las 13:30 h ya nos vamos para la playa. Este finde conduzco yo, porque por fin tengo carnet de conducir guineano.
Dentro del coche Jesús está al loro todo el rato para echarme una mano en mis primeros momentos conduciendo este mastodonte que no se cala ni aunque lo intentes a posta y con toda tu alma, e intento hacerme a la idea de mis nuevas dimensiones. Le voy cogiendo el tranquillo poco a poco, entre acelerones y cambios de marcha.
Guille, de copiloto, me guía para llegar hasta la playa de Bome. Allí comemos de lo lindo mientras nos contamos las vidas, nos conocemos algo mejor y arreglamos un poco el mundo.
Después de comer, partida de palas. Hemos batido el récord: 195 palazos. Y hemos empezado con el juego a distancia, que promete ser muy, pero que muy divertido. En ese aún no hemos batido ningún récord...
Quince minutitos corriendo por la playa, un remojón, y otra vez de vuelta a casa, de nuevo en el mastodonte todoterreno. Me veo alta y siento que gano en independencia al ser capaz por fin de conducir por estas carreteras de tierra roja, o de suelo de grava, o de asfalto recién estrenado.
Llegamos a casa, y el iPod de Miguel y sus pequeños altavoces de viaje nos ponen banda sonora, y nos arrancamos a bailar en el macro-hueco que ha dejado la cama que se han llevado de nuestra habitación (para amueblar la nueva casa en la que se quedarán los chopocientos consultores que van a ir llegando a lo largo del año), y que la ha convertido en una magnífica sala de baile. Bailamos contentos con el bañador mojado; por un momento todo es perfecto.
Estamos bien. Estamos felices. Vamos en todoterreno con la brisa pegándonos en la cara por este país de África, tan complicado para trabajar, pero tan sencillo para vivir.

viernes, 29 de enero de 2010

Horas Extras

Siempre me he negado a doblar. Cuando el IMSALUD me llama para pedirme que trabaje por las tardes cuando ya trabajo por las mañanas o viceversa, mi respuesta es clara: "no, lo siento, es que ya estoy trabajando." Es una cuestión de principios: no creo que se vea igual al paciente número 15 que al número 45 de la lista. Y no soy la única que pienso así, por mucho compañero mío que doble mes tras mes (los admiro profundamente: no sé cómo resiten). Además, siento que por muchos pacientes que vea en un día, sean 20, 40 ó 55 (mi récord; no es mucho para la media nacional española), nada va a cambiar, no se adelanta trabajo. Mañana volverá a estar llena la lista, porque la demanda va a seguir y seguir y seguir, día tras día hasta el infinito, porque no hay ningún objetivo al que llegar, sino el ir solucionanado lo del día a día para que la población conserve la salud, simplemente porque por suerte los mínimos en salud están cubiertos hace tiempo en España.

Este trabajo es distinto. Por primera vez en mi vida estoy haciendo horas extras porque me da la gana. Sí, porque me da la gana, porque hay trabajo que sacar adelante, objetivos que cumplir y que merece la pena que sean cumplidos. Porque hay que tener a tiempo la planificación del próximo año, para poder presupuestarla dentro de plazo, para que se liberen los fondos para poder llevar a cabo las actividades, esas actividades que vamos pensando entre unos y otros y con las que creemos que podemos contribuir a que el sistema sanitario de este país, y de rebote la salud de sus habitantes, sea algo mejor.

Estas dos últimas semanas han sido de locos. Mucha gente trabajando por la mañana y por la tarde cuando nuestro horario acaba a las 3; pero es que no se pueden quedar las cosas sin hacer, porque nos va el año que viene en ello.

"¿Cómo va el cronograma?", "¿El congreso de laboratoristas va a ser en fin de semana?", ¿El curso de diagnóstico de VIH y consueling lleva dietas?", "He visto unos esterilizadores que salen a precio asequible y que irían genial para los paritorios", "¡Modelos de auscultación! ¡sería genial! Lo presupuestamos", "¿Qué os parece si durante el año próximo formamos a alguien de aquí para que continúe en 2011 con la radio? ¿Hay dinero en el presupuesto de la radio como para eso?", "¿Cuándo se ha planificado hacer las letrinas en Machinda?","Acabo de tener un pedazo de idea: vamos a mandar auxiliares a formarse como matronas en Camerún", "Habría que hacer un manual para formación continua del personal de los centros. A mí no me importa hacerlo...", "¿Cómo queda junio? Un poco cargado. Nos van a echar la bronca los equipos: vamos a pasar algo a julio"...

Y así, poco a poco, se va construyendo el boceto de lo que será el año 2010 en FRS.

Pero lo empezado en 2009 sigue ahí, y también hay que hacerle hueco mientras se planifica. Hay todo un manual de tres tomos que editar para los agentes de salud que están haciendo el curso para ser auxiliares comunitarios, y ya ha costado alguna que otra noche sin dormir a alguno el tenerlo listo a tiempo. Pero dicen que los agentes, al ver el tomo 1, se han puesto súper contentos porque ya tienen algo con lo que dar rienda suelta a sus ganas de estudiar; y es que para muchos es tarde para aprender a coger apuntes.

No sé, quizás aquí es más obvio que las horas extras son necesarias, que se hacen porque hacen falta, que merecen la pena. No pienso aguantar a este ritmo todo un año, porque no sería sano.Pero si las cosas siguen como parecen hasta ahora, no creo que me importe, de vez en cuando, sólo cuando haga falta, sacar un huequito para las horas extras.

Supongo que se trata de creer en lo que haces.


Horas extras_02

jueves, 21 de enero de 2010

De Ncolombong al mar

Vivimos en el barrio de Ncolombong. Es un barrio grande, y alto. A la parte "céntrica" de la ciudad se llega bajando, bajando... Y la parte céntrica termina en el gigantesto, ostentoso y recién construidito Paseo Marítimo. Y más allá, el mar.
Esta ciudad no es muy grande, sino más bien todo lo contrario. Y los sitios habituales por los que la gente se mueve, o al menos nosotros, son sota, caballo y rey; y nosotros, lógicamente, sólo podemos acceder a ellos bajando.
Para gente andarina como nosotros, y hasta el momento sin carnet de conducir guineano, el recurso al vehículo motorizado sólo se utiliza en los siguientes casos:
-que alguien se ofrezca a acercarnos a donde sea en coche
-que salgamos con alguien que lleva el coche incorporado (mayormente Dani y Laura)
-que la prisa apremie, en cuyo caso se coge un taxi
-que el peso pese (valga la redundancia), razón suficiente para coger un taxi también.

La experiencia de coger un taxi merece un post aparte . La experiencia de caminar de casa hasta el mar es en cierto modo un paseo no sólo por sus calles, sino por lo que esta ciudad es o al menos por las sensaciones que produce en mí:

Salgo de casa y cierro la puerta de hierro tras de mí. A la izquierda, el montón de basura de la zona va creciendo día tras día, hasta que mágicamente un día desaparece para volver a comenzar a nacer y a crecer, en una infinita sucesión de ordenadamente insalubres acumulaciones de residuos. Cruzo la calle y llego andando un poquito al primer cruce, donde en la casa de la esquina se vende desde que llegamos ( y presumiblemente desde hace mucho más) una especie de depósito gigante, lo cual se hace saber en un cartel de fabricación casera. Si es de noche, no hay luz. El alumbrado termina (y empieza) en la zona del hospital. Más allá, más vale ir provisto de una buena linterna para alumbrar bien la acera, ya que las alcantarillas están en una eterna fase de finalización en la que los agujeros están ahí, pero no así sus tapas correspondientes. Esto las convierte en un híbrido entre alcantarilla y papelera en un involuntario intento de suplir la falta de éstas últimas. También los coches que pasan por la carretera son una buena ayuda para alumbrar la acera, pero sólo los que no tienen la maldita manía de viajar con las luces largas encendidas, como ignorando que de esa forma el peatón queda cegado y malhumorado.
Pero es que aquí las calles se conciben para los coches, y no para los peatones. Las aceras son sitemáticamente invadidas por coches "aparcados" que se creen en pleno derecho de ocupar lo que todo el mundo da por supuesto que es suyo. Los pasos de cebra son meros dibujos blancos en la calzada, porque nadie espera que por plantarse delante de unas rayitas blancas ningún coche vaya a tener la deferencia de hacer ni amago de pararse. Sólo se respetan los semáforos, y no siempre, y sólo si funcionan.
Sigo mi camino hacia el mar, y enfilo una calle llena de bares: "Bar Atasco Las Hermanas" es uno de ellos, pero hay muchos más, de madera, pequeñitos, siempre con clientes que charlan animados, en mayor o menor estado de embriaguez según la hora.
-¡China!- me gritan unos niños desde la acera de enfrente.
Les es difícil distinguir a los blancos de los chinos, y por probabilidad tienen casi más posibilidades de acertar diciendo "China".
Otros te gritan "¡Hermana!", lo cual da una idea rápida de quién ha hecho la cooperación aquí tradicionalmente, o incluso "¡Cubana!" (los médicos que hay en los hospitales de este país son mayoritariamente de la brigada de cooperación cubana) o simplemente "¡Hola!". A los niños y las mujeres les saludo siempre, porque me hace gracia que les llame la atención mi presencia y decidan decir "Hola". Es como si te dijeran "Bienvenida, me caes bien, me gusta que estés aquí". A los hombres no siempre, porque enseguida te das cuenta que su "Hola" es como si te dijeran "¿Puedo ligar contigo?", y si les das media pizca de confianza te lo preguntarán directamente y sin escrúpulos.
Llego al cruce donde está el Supermercado Hermanos Martínez del barrio. Aquí el caos de tráfico es casi una constante. No hay paso de cebra, y hay que cruzar lo equivalente a unos cuatro carriles apretados. Miro a un lado, miro a otro y me lanzo a cruzar. El polvo del último taxi que ha pasado a toda velocidad sobre la carretera de tierra me envuelve por un momento.
Giro a la izquierda y empiezo a bajar la calle, la primera cuesta pronunciada. Los taxis pitan continuamente a los peatones que consideran potenciales clientes para ofrecerles sus servicios. A ambos lados de la calle hay varias pequeñas abacerías, pequeñas tiendas de estructura de madera en las que uno puede encontrar desde zumo en brick hasta unas sandalias en la mínima expresión del espacio.
_¡Buenas tardes, blancos!-nos grita el sastre animosamente cuando pasamos por delante de su diminuta sastrería de ventana amplia desde la que se puede ver perfectamente cómo trabaja.
Un poco más adelante, la calle sube un poco, y en la cúspide de la subida, a mano derecha, nos espera la carpintería parcialmente al aire libre donde los tablones se acumulan y varios hombres trabajan la madera. Tienen de muestra unas camas, o unas sillas, o el producto que esa semana se les haya ocurrido trabajar. Son ellos los que trabajaron nuestras palas playeras, las que les harán ricos tarde o temprano cuando se pongan de moda ;)
Desde la carpintería se ve en la acera contraria la tapia del Hospital Regional de Bata. Un gran montón de basura va creciendo apoyado en ella según pasan los días de la semana, hasta que alguien decida quemarlo, quizás harto del olor que desprende, o hasta que el servicio irregular (o de incomprensible regularidad) de recogida de basuras decida que ya es demasiada basura. Si a esta altura aún no cruzaste la calle, te ves obligado a cruzar.
Esta zona se llama coloquialmente "Zona Sanitaria" o simplemente "Zona", porque allí confluyen el Hospital Regional, el Centro de Salud María Gay (apoyado por FRS y uno de los más importantes de Bata) y la Delegación de Sanidad, representación del Ministerio de Sanidad en la zona continental.
El cruce de Zona es uno de los más caóticos de la ciudad, porque es una importante zona de paso. Dos o tres semáforos hacen por regular el tráfico a duras penas. Si tomáramos el cruce hacia la izquierda, entraríamos en Monte Bata, la zona que a mí más me llena de sensación de caos. Es una zona comercial por excelencia, donde se juntan decenas de tiendas de chinos con vendedores ambulantes o que exponen sus mercancías en el suelo. Los altavoces hacen una peculiar publicidad demasiado rica en decibelios de las tiendas de discos.
La música llega hasta el cruce de Zona, y nos acompaña unos metros más hasta que dejamos Monte Bata bien a la espalda.
Siguiendo la calle encontramos un edificio verde con una inscripción pequeña en la fachada que dice "Use condón": es la sede Instituto Carlos III, parte de la Cooperación Española. Es el Centro Nacional de Referencia para el Control de Endemias. La inscripción deja claro que el HIV les quita el sueño ahí dentro.

Si sigo bajando, pronto me acerco al cuartel general de la policía. Desde las rejas se puede ver el amplio parque móvil que posee. El domingo pasado unas gotitas rojas en el suelo, presumiblemente procedentes de alguna nariz aporreada en el transcurso de un altercado de borrachera de la noche anterior, permitían doblar la esquina siguiéndolas hasta la puerta del lugar donde las autoridades tratarían de poner remedio a las quejas del agredido. Hay que decir que no es común ver violencia en las calles. Guinea es un país "tranquilo".

Dejando la comisaría atrás, en la acera de enfrente se levantan los muros del cuartel del ejército. Delante podemos ver las torres de GETESA, la empresa de telefonía móvil, que se elevan infinitamente sobre los tejados de Bata, hasta el punto de servir de referencia por ser visibles prácticamente desde cualquier punto de la ciudad.

Aquí se abre un rotonda. La cruzamos tomando la salida de la izquierda. Aquí el tráfico es mucho menor, y nos permite cruzarla sin mucho miedo y a las bravas, atravesándola por enmedio. Bajamos de nuevo una cuesta pronunciada y llegamos a la Plaza del Reloj, lugar emblemático de la ciudad, y donde se levanta un monumento a los caídos en lo que aquí llaman "el golpe de libertad". A las espaldas del monumento, un mausoleo en construcción, suponemos que para los héroes de aquella gesta.
En la misma plaza está el supermercado EGTC, regentado por libaneses, un esbozo más de occidente en la zona de la ciudad donde las empresas y los extranjeros tienen su residencia y hacen su vida.

Giramos a la izquierda pasando por delante del monumento y tomamos una calle que desemboca en la plaza del Ayuntamiento, donde encontramos otra rotonda. Ahora sí, si cogemos la primera o la segunda salida, llegaremos indefectiblemente a nuestro objetivo: el mar.
El Paseo Marítimo se abre ante nosotros, majestuoso y solitario. Nadie pasea por el Paseo, paradójicamente. Es como si nadie lo hubiera descubierto, o sólo unos pocos. Esos pocos son algunos estudiantes adolescentes que se ven de vez en cuando haciendo sus deberes en grupo, frente al mar. Me gusta pensar que esos pocos estudiantes que buscan el mar, que eligen ese escenario para estudiar juntos, que suelen ser los mismos que se acercan con frecuencia al Centro Cultural Español, que está unos pocos metros más allá, están despertando una sensibilidad nueva, están aprendiendo a soñar mirando al gigante azul con una Bata más habitable, con el eslogan que los políticos usan pero que en realidad sólo ellos, futuro de este país, podrán hacer realidad de verdad de la buena: "Por una Guinea Mejor".