martes, 30 de agosto de 2011

Postal desde Cul Guatá

Escribo desde una estampa pintoresca, curiosa y representativa. Es sábado por la mañana, estoy en Malabo (la capital), que está situada en una isla. Nuestra casa (la de la fundación) está en el barrio de Elá Nguema, un barrio donde vive la gente, la población normal. Nuestra casa es bonita, y privilegiada para los estándares de aquí. Tiene agua (no corriente, pero sí un pozo con una bomba eléctrica que se enciende una vez al día para llenar los grandes cubos de agua que luego usamos “a cacitos”), tiene un generador para cuando se va la luz (que se va cada dos por tres). Nuestra “casa de paso” (por aquí pasa mucha gente que va y viene desde España o desde la sede de Bata, en el continente) está en el piso de arriba de esta casa rosa pastel. En el piso de abajo vive una familia. Son familiares de una de las monjas de nuestros centros de salud, y muy muy amables.

Tenemos una terracita. Desde ella se ven las calles de alrededor, con su trasiego de gente, con una constante procesión de niños que se acercan con sus cubos en la mano al surtidor de agua. Esta zona se llama “Cool Water”, por el surtidor de agua. Aquí se pronuncia “Cul-guatá”. Los mismos niños luego salen con sus cubos en la cabeza, en ese ejercicio de equilibrio que ellos hacen como si tal cosa, y que a los europeos indefectiblemente nos admira cuando lo contemplamos. Un poco más allá del surtidor se ve el mar, que se junta en el horizonte con las nubes. Aquí casi siempre está nublado. Y el día que no está nublado, el sol pega tan fuerte que el calor es insoportable. Huele a humedad, porque lleva dos noches lloviendo a cántaros, una lluvia que golpea el tejado de chapa con fuerza y te hace sentir entre atronado y a resguardo. A mí el mar en este país se me hace inalcanzable. Me da la sensación de que está vetado de algún modo (quizás por lo difícil que es entrar y salir de aquí). Se puede ver, pero es difícil de alcanzar. Suena la radio de algún vecino, con reguetón, con bachata , con Shakira, con Danza Kuduro (que también es la canción del verano aquí: maravillas de la globalización), con “Chiquitita” de Abba, con Pimpinela, con otros grandes éxitos de la España de antaño… Por la derecha se ve el bosque, verde oscuro, con montañas no demasiado altas, con una vegetación tupida, aunque no tanto como en el continente. Está ahí, a un paso.

Dos militares pasan por la calle. Llevan el fusil en la mano. Nunca me acostumbraré a eso… La gente sí está acostumbrada y ni se inmutan. Son un viandante más. Los taxis rojos y blancos pitan al pasar, buscando clientes. Pasan despacio, porque estas callejuelas del barrio están eternamente en obras y no quieren dejarse los bajos en un socabón.

Me gusta Malabo. Me da “buen rollo”. Me siento mucho más acogida. Ayer un taxista me dio un pañuelo de papel porque me manché con el barro al bajar del taxi.

Me gustan las calles del centro, con sus edificios coloniales. No me es difícil imaginar la ciudad hace cincuenta años, cuando esto era una provincia, como Cáceres o La Coruña. Y esa idea me sigue haciendo preguntarme lo que pensarán los más viejos del lugar, que han vivido tantos cambios en una sola vida.

Desde aquí, desde esta terraza de “nuestra” casa en la calle “Amanecer de África” de Elá Nguema paso los últimos días en esta isla antes de terminar esta aventura y regresar de nuevo al hogar, al verdadero hogar en Madrid, que nos espera.

sábado, 20 de agosto de 2011

Casi agitando el pañuelito blanco

Hemos vuelto a Guinea. Sólo por unos días, con billete de ida y vuelta.
Llegar fue una sensación extraña: encontrar algunos de los objetos que había dejado aquí en el mismo sitio en el que los había dejado hacía que sintiera que de algún modo estaba volviendo a casa... y es que esta fue nuestra casa durante más de un año. Sin embargo, tal como intuía entonces, ahora corroboro que no fue nunca un hogar: hay demasiadas emociones negativas que aún están pegadas a las paredes de esta oficina, como algún póster o foto que nos hubiéramos dejado olvidados al hacer las maletas para volver a España.
Lo que también estaba aquí era la gente, los compañeros, esos que hicieron y hacen que de algún modo hubiera y haya algo de hogar; esa pequeña familia que se constituye y se cuida mutuamente: Carmen, Mabel, Laurita, Dani... Es un vínculo curioso el que se establece aquí. De algún modo nos protegemos mutuamente, velamos unos por otros. Y pobre del ambiente cuando hay alguien que no lo hace (y pasa, claro que pasa...).

Hay luces y sombras en este regreso. Las luces son que el ambiente de la oficina se ha dulcificado infinitamente y se piensa más en las personas, que algunos proyectos que quedaban medio iniciados cuando nos íbamos van avanzando "viento en popa a toda vela", y que en la calle hemos encontrado muchos más vestigios de una sociedad acogedora: taxistas que te dan conversación, niños a los que preguntas una dirección y te acompañan amablemente a tu destino, taxistas que no te das cuenta que ya han terminado su hora de servicio y te recogen, te llevan a casa y al llegar no quieren cobrarte (hecho sin precedentes), los malíes de la tiendita de Musa, que siguen siendo absolutamente encantadores y aférrimos trabajadores; centros de salud como "La Libertad" en los que parece que ya casi ni nos necesitan, los agentes de salud que por fin han firmado su nombramiento como funcionarios y cuando te ven se acuerdan de ti y te dan las gracias por lo que hiciste por ellos hace ya dos años...; las sombras son las cosas que siguen exactamente igual que cuando te fuiste y no avanzan, los "lastres" que siguen minando el proyecto desde dentro porque que no creen en la cooperación al desarrollo y actúan en consecuencia; las aglomeraciones de aeropuerto en las que nadie es capaz de hacer una fila, la gente trata de colarse, el chino que hay detrás de mí es insultado y relegado continuamente al último lugar por la simple razón de ser chino, dos chicas llegan a las manos para conseguir un billete de avión, la "gente con teléfono móvil" sin billete pero con "primitos" lo consigue con dos llamadas sin ningún escrúpulo por robar la plaza a los que compraron su billete con una semana de antelación(el espectáculo dantesco del aeropuerto que Miguel describe en su blog me hace dudar seriamente de si vamos a conseguir algo algún día aquí)...

Y mientras miro lo que aquí sucede con los ojos críticos y cómodos del que sabe que en una semana está de vuelta en casa, me asomo a esta ventana al mundo que es internet y me entero de las cosas que pasan en nuestro país, y tengo que cerrar los ojos y agitar la cabeza en un "no" preocupado cuando veo que la gente no tiene derecho a expresar su opinión en la calle, o que si no hay elecciones de por medio la policía nacional recibe indicaciones y "cartas blancas" muy diferentes a las que recibía en las concentraciones preelectorales del 15-M. Y leo al Presidente de la Conferencia Episcopal hacer declaraciones estúpidas e incoherentes con el mensaje del Evangelio que se supone que sustenta, y veo a la gente en las calles a la que le puede la ira y pierde la razón, y a los profesionales que supuestamente deben mantener el orden, abusando de su poder e impartiendo la justicia a su antojo sin controlar sus rabietas

Y en conclusión me doy cuenta de que "en todas partes cuecen habas".

En pocos días nos despediremos de esta tierra, probabablemente para siempre . Porque ya ha estado bien, porque si decidimos en el futuro hacer más cooperación habrá que probar otros lugares y otras cosas y averiguar por fin si aquí, que nos hemos quejado hasta la saciedad, nos quejamos de vicio o con criterio (como sabiamente decía Miguel al pasarse de Amena a Orange "probablemente Orange me dé también mil problemas, pero siento que ha llegado el momento de cagarse en la p.m. de otros").

Y así, este último paso por este paisito me deja bastante buen sabor de boca hasta el momento: no trabajo doce horas diarias, me dedico "a la ciencia y el conocimiento" y no a "apagar fuegos" a todas horas, tengo sólo tres frentes abiertos (frente a los veinticinco que tenía permanentemente abiertos cuando hacía la coordinación sanitaria), vivo en una casa con agua corriente y luz (¡gracias por acogernos, Carmen!) y la estancia es tan corta que apenas da tiempo a enfadarse con nadie. Buena despedida.

¡Adios y buena suerte, Guinea!

martes, 7 de junio de 2011

Danzar el encuentro

Hoy he vuelto a clase de contact. De contact improvisation; esa danza que no comprendes bien hasta que la bailas. Como cualquier danza, es mucho más que una disciplina física,p orque no olvidemos que la danza es una forma de arte. Pero lo del contact va más allá, y tiene una dimensión de trascendencia que difícilmente se experimenta en otros tipos de danza ni en otras disciplinas artísticas.

El contact se baila, aunque no siempre, en contacto con otra persona. Existen también los solos de contact, aunque ni siquiera estos son auténticamente solos, porque como decía uno de los profes de los que he recibido algún que otro taller intensivo "los solos no son solos, sino que bailamos con el suelo". El contact es una danza abierta a escuchar por definición. Consiste en moverse en contacto con otro, de forma improvisada. Y moverse en contacto con otro de forma improvisada requiere una escucha permanente. Una escucha a través de unas orejas invisibles que están en cada poro de la piel, y que nos informan de lo que quiere el otro, y tratan de adecuar mi movimiento al que tú quieres, aunque sin renunciar a lo que quiero yo. Y eso, como en las relaciones humanas, sólo funciona si los dos tratamos de escuchar y aceptamos considerar las propuestas del otro. Si alguno rompe esa regla, el juego no funciona, porque o bien yo te impondré mi danza, o tú me impondrás la tuya... Se rompió el consenso y vino la imposición o el veto... ¡de qué rabiosa actualidad están las enseñananzas del contact! Podríamos decir que el contact es una danza de la tolerancia y de la asertividad. Porque ni tu propuesta es menos valiosa que la mía, ni yo he de renunciar a lo que mi danza me pide. Y así, en un encuentro de piel, músculos y algo más que es intagible, los bailarines se mueven; de hecho, en el más fructífero de los casos, no se mueven, sino que se diría que fluyen.
Además, no tratan de mostrar nada en concreto. Por más que el contact esté lleno de suspensiones en el aire, y hasta de gestos acrobáticos, estos, si se danza bien, deben surgir naturalmente, y no desde una intención "de escaparate". No se trata de "mostrar todo lo que sé", como en otros tipos de danza. Se trata de estar contigo, y de que, desde esa naturalidad, si es el caso, surjan grandes cosas.
Por todo esto, para mí el contact se ha erigido en símbolo de unidad, de tolerancia, de encuentro (es mágico ese momento en el que bailas con alguien con quien nunca has cruzado una sola palabra y sin embargo de pronto sientes una conexión tan intensa que hace de la danza un fluir delicioso, un pequeño milagro), de escucha, de encuentro con la trascendencia. Ese momento en el que "conectas" con alguien a través de los poros de tu piel tiene algo que trasciendo a lo meramente físico o incluso lo mental (aunque los receptores propioceptivos del sistema nervioso probablemente jueguen un importantísimo papel). Y todo esto sin olvidar la libertad de no tener una coreografía, sino dejarte llevar por lo que hoy se mueve en tu interior... y en el del otro, para hacer de esta danza de hoy y ahora y contigo, un encuentro único e irrepetible.

He salido de clase con el cuerpo bien sudado y con el alma bien henchida.

Mmmm... ¡¡¡esto es vida!!!

jueves, 19 de mayo de 2011

"No somos antisistema; el sistema es antinosotros"

De todas las pancartas que había ayer en la Puerta del Sol, que eran muchas, a cual más ingeniosa, esta fue la que más grabada se me quedó. Quizás porque al oír la palabra "antisistema", por alguna razón (¿tendrán los medios algo que ver con esto?), se nos evoca la imagen de un chalao violento que quema papeleras ante el edificio donde se desarrolla la cumbre del G-20, y lo que ayer vi en la Puerta del Sol estaba mucho más en sintonía con lo que yo y otros muchos pensamos que hay que hacer para protestar contra el sistema.
Lo que vi era un grupo de gente preocupada, cabreada, harta, indignada... y profundamente pacífica. Gente decidida a reivindicar lo que es suyo, pero de forma coherente con lo que reivindica, sin necesidad de quemar papeleras o romper el mobiliario urbano. Con ganas de luchar, pero demostrando que la lucha no implica violencia. De hecho, cuando a alguien se le ocurría salirse por peteneras, (como por ejemplo cuando a alguien se le ocurrio empezar a romper el cartel gigante de L´oreal y Paz Vega) en seguida la multitud le propinaba una descomunal pitada, y le coreaba aquello de "¡No les deis razones!". Razones... para desalojar a los cientos de personas allí congregadas y que, pese a ser una concentración ilegal, entienden que "el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado", y por lo tanto se saltan la ley porque, siendo en este caso "ilegales" se saben absolutamente legítimos.
Lo que vi era sobre todo, aunque no sólo, gente joven. Como decía Piltra esta mañana "probablemente los jóvenes mejor preparados de este país". Jóvenes con carrera universitaria, gente que ha leído, gente que incluso ya lleva unos años desempeñando su trabajo. Muchos de ellos, paradójicamente en el paro (paradójicamente eso les da también la posibilidad de quedarse acampados en la plaza día y noche). Probablemente muchos de ellos liados en otras mil causas y plataformas. Otros simplemente indignados y cansados de hablar en los bares de esta mierda de sistema injusto que hace más pobres a los pobres y más ricos a los ricos, que se vende como libertad y nos hace esclavos. En definitiva, como se coreba a ratos, cansados de que "Lo llaman democracia y no lo es".
Lo que vi también era una amalgama de gente diferente, pero unida por una causa común... y eso pone los pelos de punta. Porque no era un partido político (gracias a Dios ningún partido ha conseguido "adueñarse" de esto) ni siquiera una plataforma la que convocaba la acampada. Simplemente se va juntando gente y gente y gente.... gente muy distinta, pero con la idea común de que hay que cambiar las cosas. Gente de distintas edades, gente de distintos signos políticos, con o sin creencias religiosas... Y lo que se respiraba ayer era que eso da igual. Que hay muchas cosas que nos unen, muchas cosas por las que los jóvenes (y no sólo los jóvenes) queremos luchar juntos.
Y vi un ambiente de "buen rollo" y de respeto mutuo que me llegó dentro. Ayer había tanta gente que era imposible no pisar a alguien o darle un pequeño empujón al intentar pasar de un lado otro. Todo el mundo pedía paso amablemente, o perdón por el pisotón, o se preocupaban porque el de atrás, que es más bajito, no se esté enterando bien de lo que se habla en la asamblea, y le invita a pasar adelante. Gente civilizada, gente de paz, gente culta, gente comprometida y gente de bien... Eso es lo que vi ayer.
No se sabe muy bien para qué servirá lo que está pasando estos días, pero creo que es valioso por sí mismo. Simplemente por el hecho de haber reunido a la gente por una causa común; el hecho de que la gente ya no sólo comente en los bares, sino que esté decidida a plantarse frente a la clase política, los banqueros y todos los que retroalimentan este sistema injusto y esclavizador... Simplemente eso ya es valioso... Y lo que venga después, Dios dirá...

El domingo no se sabía lo que estaba pasando en Sol; ayer, miércoles, era imposible no haberse enterado. Y, qué genial, no porque los medios hablen de ello, sino porque el boca-oreja e internet son ya imparables, y el que más el que menos ayer había recibido cuatro invitaciones para ir con no sé quién un rato a Sol y se encontró con al menos tres personas allí sin haber quedado con ellas. Porque no hacen falta ya los medios clásicos para transmitir información, y me da igual lo que quiera decir Intereconomía o Libertad Digital al respecto, porque ayer estuve allí y sé lo que pasó, y cientos de personas lo van a saber, porque ahora mismo pienso colgar este post en mi Facebook.

Os dejo un enlace a una entrevista a un chaval de 19 años acampado en Sol en la Ser. No tiene desperdicio...



http://www.youtube.com/watch?v=NKJQGahGMIs&feature=player_embedded


A mí personalmente todo esto me da esperanzas de que en realidad sí que "Otro mundo es posible". Tenemos derecho a soñar con él.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Palmeras, discursos y gymkanas

Las 9:00 de la mañana del jueves. A menos de una semana de regresar a casa, parecía que todavía quedaba una eternidad. Estos últimos han sido días de auténtico sprint, de meter a presión en las veinticuatro horas del día todo lo que quedaba por hacer para irme a casa con "los deberes hechos": el traspaso a Carmen, el cierre del PAC III, la formulación del PAC IV y las últimas actividades del año, del tamaño de dos reuniones de trabajo con el Ministerio, para entre treinta y sesenta personas cada una: la locura.
Pero lo hemos logrado. Lo hemos logrado por el trabajo en equipo, lo hemos logrado por esa inmensa mayoría de nuestro equipo que ha demostrado saber trabajar en equipo. Y gracias , todo hay que decirlo, al café...

Esa mañana de jueves se iniciaba la última actividad "grande" con el Ministerio de este año: las jornadas de Atención Primaria de Salud. Directores Generales, Jefes de Programas, Directores Técnicos de Hospitales, Directores de Centros de Salud y representantes de FRS. Tina y Zenón, absolutamente profesionales, montan rápidamente su stand de organización. No es ya ni la primera ni la segunda reunión de esta magnitud en la que están, y tienen totalmente depurada la técnica: saben tratar con toda esta gente "importante", tienen todo listo, llevan las cuentas de todo, se quedan hasta que se les necesite... Y encima se han puesto guapísimos. Trabajan genial. Son estupendos profesionales, y además grandes personas.

Poco antes de las 10h, y casi por sorpresa, hace su aparición el Ministro de Estado de Sanidad. Todo el mundo está expectante ante su discurso. Se diría que ha decidido aparecer en el último momento aprovechando que tiene a una gran parte de los sanitarios del país reunidos. Su discurso es duro, pero equilibrado. Este hombre dice cosas interesantes. Habla sobre humanizar la sanidad, sobre asumir responsabilidades, sobre la vocación sanitaria... Pero a mí hay una parte del discurso que se me queda grabada: habla de los cooperantes, y dice que el cooperante en Guinea es como la palmera, que de ella se saca todo para usarlo (las hojas, el corazón, los frutos...) y no se la cuida nada, no se le da nada. En ese momento me siento comprendida, y siento como si de algún modo todo este pueblo me estuviera pidiendo disculpas y comprensión por las veces en las que me ha hecho sentir mal; como si me dijeran "discúlpanos, así somos, pero de verdad que somos buena gente..." Y de algún modo sentí que algunas cosas se reconciliaban en mi fuero interno.

Las jornadas fueron largas y densas. Todo el mundo tenía ganas de hablar, de compartir, de aportar. Se oyeron las voces de siempre y algunas nuevas. Se oyó al Ministerio y se oyó a FRS, y quedó claro que "nos queremos" mutuamente, que es ya una evidencia innegable que tenemos que trabajar juntos y que lo aceptamos de buen grado. El ambiente fue distendido, casi con un toque "familiar". Hace dos años FRS no se concocía en el país; hace dos días nos han asignado un despacho como asesores en el Ministerio de Sanidad. Quién iba a contarme que iba a presenciar algo así cuando hace más de diez años en Madrid vendía entradas para una fiesta de universidad con la que en una minúscula ONG tratábamos de sacar dinero para hacer un pequeño manantial en el diminuto poblado de Ayakmiken... Algunos de los de entonces (Carmen, Dani, Goretti, yo...) somos ahora parte de algo mucho más grande y con mucho más impacto y es maravilloso pensar que hemos llegado juntos hasta esto, que seguimos siendo "los mismos con otras camisetas", aunque rodeados de otra mucha más gente, y que estamos contribuyendo a lograr algo grande.

Al final del segundo día de jornadas, agotados tras trasnochar en la sede día tras día desde hace una semana para terminar todo el trabajo pendiente, a las seis de la tarde, por fin se clausuró el acto y nos fuimos a comer con la gente del Ministerio. Comimos a gusto como broche de la jornada. Y cuál fue mi sorpresa cuando al final de la comida, el Director General de Asistencia se levanta, y con su voz profunda y solemne comienza a dar un discurso. No era un discurso político, no era un discurso ni tan siquiera sanitario; era un discurso para Miguel y para mí. Era un discurso para agradecer delante de todos el servicio que habíamos prestado a Guinea y para desearnos lo mejor. Me emocionó el discurso. Me emocionó porque los guineanos no demuestran con frecuencia su cariño. Me emocionó porque de forma inesperada me hizo ver que el mito de la palmera en realidad no es tan cierto, y que este pueblo, orgulloso a veces como un adolescente, en el fondo entiende y sabe valorar las cosas importantes. Me di cuenta también de que alguna de esta gente de los grandes despachos se me han colado en el corazón como personas; y también que, como dije allí, cuando bajé del avión en Bata aquel tres de noviembre del dos mil nueve no podía imaginar la cantidad de cosas que iba a aprender en este paisito, las oportunidades que iba a tener de trabajar en ciertas áreas que nunca habría tenido en España.

Las calurosas despedidas dieron fin al último acto del año con el Ministerio. Agotados, volvimos a casa.
Y pese a estar agotados, decidimos acercarnos a la casa de los consultores (la antigua casa de Dani y Laura) para tomar algo y despedir a los que al día siguiente se iban a España de vacaciones de Navidad. Bueno, eso nos dijeron, porque en realidad todo era una artimaña para en realidad celebrar la despedida de Miguel y mía. Se lo habían currado muchísimo. Nos han conocido mucho en estos meses, y saben que lo que más nos podía gustar era una gymkana, llena de pruebas con las que ensuciarnos, hacer el ganso y perder el control por un rato. Harina y agua, cata de líquidos, clases de kárate y contact, un vídeo chorra en el que con infinito cariño nos imitaban y se reían de todas nuestras manías y costumbres, unas camisetas con el mítico slogan "perezón, perezón", el juramento hipocrático y licenciatura de Miguel como "médico" con suficiente respado y una tela con pinturas africanas para colgar en nuestro nuevo pisito y tenerles presentes a todos cuando, separados, sigamos cada uno nuestros caminos. Reí a carcajadas. Reí a carcajadas como hacía tiempo que no reía. Necesitaba jugar. Jugar con gente a la que aprecio y que tienen ya un rincón importante en nuestras vidas; porque han demostrado ser, entre otras cosas, transparentes, generosos e idealistas.

Hace dos días, con el discurso del Ministro, empezaba mi reconciliación final con esta experiencia que a ratos me ha resultado tan dura. Creo que he empezado a descargar una mochila que llevaba sobre los hombros y eso me está haciendo sentir, como dice Dani, que "estoy volviendo a ser yo". Es más, no simplemente vuelvo a ser yo, sino yo con la huella de esta experiencia que apenas empiezo a vislumbrar todo lo que me ha aportado.

viernes, 19 de noviembre de 2010

All included

Me bajo del taxi, y allí me espera Ann, sonriente como siempre, delante de la valla metálica. Nos saludamos y me acompaña hasta la caseta. Carteles en inglés salpican las paredes de aquella pequeña oficina donde una educada señorita me solicita mi documento y me pide el nombre de la entidad en la que trabajo. Me inscriben como visitante y me dan una tarjeta (imantada o algo así). Ya estoy lista para cruzar la valla. La valla se cruza pasando la tarjetita (sigo suponiendo que imantada o algo así) por un lector. Ann tiene la suya y pasa sin problemas. A mí, que soy torpe en estas lides, me cuesta un poco más, pero finalmente el torno de metal gira y cruzo al otro lado. Lo que se veía desde la entrada, interrumpido en el campo de visión por el metal intermitente de la valla, se abre ahora delante de mí, inmenso, vasto y sin nada que nos separe.

Se trata de una gran extensión de hierba recién cortada, jaspeada por trozos boscosos-selváticos, de forma que la naturaleza parece controlada, pero no ausente. Una carretera no demasiado ancha cruza la gran extensión de terreno, sube por encima de una colina y se pierde en la distancia. A unos 500 metros se vislumbran unos chalets adosados, al más puro estilo americano. Vamos caminando por la carretera y un par de coches se paran para saludar a Ann, que les devuelve el saludo amablemente. Nos preguntan si queremos que nos acerquen a algún lugar. Después de consultarme Ann les responde que no: vamos a pasear, y así de paso veo todo esto un poco mejor. Ann me explica que hay varios tipos de casas, que estas de la colina son para la gente joven y soltera. Tiene cocina amueblada con los últimos avances en electrodomésticos: lavadoras, secadoras, etc. Hay luz veinticuatro horas. Hay Internet rápido. Hay agua corriente y potable en los grifos. Hay un hospital, con posibilidad hasta de hacer rayos X y todos los servicios imaginables. Hay dos piscina, un campo de golf, otro de volleyball, otros de tenis…

Aunque lo parezca, no estamos en un resort turístico. Aunque lo parezca, no estamos en EEUU ni en Europa. Estamos a tan sólo 10 km de Malabo. Estamos en Punta Europa, la ciudad-residencia de los trabajadores de las empresas petrolíferas americanas.

Ann trabaja en la fundación de la Universidad John Hopkins de Baltimore. Trabaja en un proyecto de Salud Reproductiva financiado por una empresa de gas norteamericana. Por eso le dan derecho a alojarse aquí mientras está en Malabo trabajando con el Ministerio en la actualización de los protocolos de salud reproductiva. Me comenta que ella no está alojada en los chalecitos adosados, sino en unas casas prefabricadas, donde duermen los obreros, las cuales tampoco están nada mal: tienen su agua, su luz, su Internet etc… Qué no tendrán las de los técnicos o los directivos…

Según me cuenta Ann, esto es realmente para los trabajadores como esos paquetes turísticos “all included”. Hasta la comida la traen semanalmente en contenedores desde EEUU, y está incluida en el sueldo. Parece que han decido que a esta gente le parezca que no ha salido de su patria. Tienen el restaurante a su disposición para hacer tres o cuatro abundantes comidas cada día. Los jueves hay fiesta, promovida por los venezolanos (que también los hay).

A nuestra izquierda, bien valladas, se ven lo que parecen las instalaciones de la plataforma petrolífera propiamente dicha.

“Esta es sólo una de los cientos de plataformas petrolíferas que hay en el mundo”, me dice Ann. “Si todas proporcionan este nivel de vida a sus trabajadores, ahora entiendo por qué es tan alto el precio del petróleo”.

Tras coronar la colina, nos cruzamos con una chica rubia que sube la cuesta del otro lado de la colina en bicicleta. Suda la gota gorda. Ann la anima con un gesto simpático. Sonríe mientras respira de forma entrecortada por el esfuerzo.

“Esto en como una ciudad”, le digo a Ann. “Sí, solo que a mí se me hace rara una cosa: no hay niños. Es artificial”.

No se permite traer niños. Al parecer, por el riesgo de paludismo. Sólo hay niños por tiempos cortos, para visitar a sus abuelos, por ejemplo.

Llegamos al “Club House”, el bar-restaurante amueblado con gusto exquisito donde al parecer la gente se reúne para charlar, ver cine… El restaurante queda contiguo. Su hamburguesa es famosa… Desde los amplios ventanales del bar se ve la bahía: preciosa.

Pedimos dos zumos de arándano y comenzamos nuestra sesión de trabajo. Hablamos de los protocolos de atención prenatal que Ann lleva varias semanas revisando y de los cuales hemos intercambiado impresiones por e-mail. Después de un par de horas de trabajo, charlamos de otras cosas: de mi experiencia en Guinea, de la experiencia de Ann en un montón de países de Latinoamérica. De su implicación en grupos de trabajo de Salud Pública de alto nivel, de sus colaboraciones para la OMS o la Cochrane. Me habla de que en los años ochenta decidió irse de EEUU, caundo en la época de Reagan comenzó el consumismo desatado, las invasiones de países latinoamericanos... Se fue y no ha vuelto, salvo de vacaciones para visitar a su familia. Me pregunta por lo que voy a hacer cuando vuelva a España, me pregunta si pienso seguir estudiando. Me dice que después de una expereincia como esta para un sanitario ya no es lo mismo, y que lo normal es enfocarse hacia la Salud Pública. Le digo que no lo sé, que está por ver. Que de momento todo lo que quiero son unas vacaciones y un poco de intimidad.

Anochece y se hace la hora de irme. Con una simple llamada telefónica un autobús del recinto me recoge y me pregunta dónde quiero que me lleve. Le indico la dirección de casa, un poco retirada del centro de la ciudad, con miedo a que me diga que hasta ahí no me puede llevar. No dice nada. Todo está incluido.


Al acercarnos a la salida, bajo del autobús, dejo la tarjeta, y un guarda me abre la valla para pasar al otro lado. Me monto de nuevo en el autobús. Por la autopista voy pensando en lo que he visto esta tarde, en que hay un trozo de una lujosa EEUU en medio de un país que a duras penas comienza a despegar.

Me deja el autobús. Camino un poco y llego casa. No hay luz, y no se sabe cuándo volverá.

En Punta Europa, seguramente, hay sesión de cine en la sala del Club House.

sábado, 16 de octubre de 2010

Aires de Mali

"Musa". La verdad es que no tengo claro si se escribe así. Antes de venir aquí, "Musa" era para mí simplemente una marca de mayonesa. Después de este año, "Musa" tiene otro significado completamente diferente.

Musa tiene una tienda. Bueno, quizás es la tienda la que tiene a Musa; porque pases cuando pases, Musa está en su tienda, la mayoría de las veces atareado, vendiendo a unos y a otros. Su tienda es de madera y pequeñita, muy pequeñita; pero tiene de todo. Y todo perfectamente colocado teniendo en cuenta el difícil orden que se puede mantener en una tienda diminuta y llena de cosas. Tiene pescado congelado y tiene regletas de enchufes; tiene lejía y panes; tiene Coca-Cola y peines; tiene desodorante y lámparas de bosque. Y, lo que más me gusta: tiene delante del mostrador tres enormes sacos como los que salen en las tiendas de las películas del oeste; uno de azúcar, otro de arroz y otro de harina. Me gusta cuando hunde el vaso en el saco y va sacando el cereal o el azúcar y lo echa en una bolsa transparente de plástico.

Otras veces está en la puerta, sentado. Y siempre que nos ve, nos saluda. Sabe que somos los blancos que vivimos en la casa de al lado; y yo creo que le caemos muy bien. Cada semana vamos a comprarle dos tiras de agua de 2000, 5000 francos de saldo o 2 batidos de mango y melocotón. Sabemos que algunas cosas son más caras en la tienda de Musa que en el supermercado, pero no nos importa y se las compramos a él; porque preferimos "hacerle gasto a Musa".

Y preferimos hacerle gasto a Musa porque ha pasado a representar algo así como al colectivo de personas que emigran a un país con la voluntad de trabajar duro para mejorar su situación. Guinea ha pasado en poco tiempo de ser un país del que salían numerosos inmigrantes rumbo a Gabón o a Camerún a ser un país receptor de inmigración desde que su nivel económico de algún modo ha subido. Son muchos los africanos de países de la zona que vienen a Guinea buscando trabajo por cuenta ajena o propia.

Musa es de Mali. Un día vimos la tienda cerrada por la noche, pero con luz dentro. Entonces caímos en la cuenta de que muy probablemente Musa vive en su tienda... en su pequeña tienda. Y desde por la mañanita ya la tiene abierta, y hasta bien entrada la noche. Cada vez que voy a comprar, me acuerdo de que creemos que Musa vive en la tiendita, y me pongo un poco triste.

Musa es serio, pero dulce; como todos lo malíes que hemos conocido aquí. Se le ilumina un poco la cara cuando le llamas por su nombre. Por eso cada vez que entro en su tienda me gusta saludarle con un "¡Hola, Musa!".

Hasta donde sabemos a Musa le ha costado algunos disgustos estar aquí: le afectó la oleada de robos que hubo hace unos meses en el barrio, le han molestado algunos con uniforme y una vez Miguel y yo presenciamos como unos adolescentes guineanos trataban de tomarle el pelo pagándole menos de lo que le debían por lo que habían comprado (sí, generalizando podríamos decir que el guineano medio es bastante racista). Musa en ningún caso se puso violento. Se notaba que estaba enfadado, pero lo único que hizo fue bajar la mirada por un momento, y sin perder los nervios, les exigió lo que le debían mientras seguía trajinando con sus cosas. Miguel se puso serio también con los chavales en un momento que a mí me resultó bastante tenso; y finalmente le dieron lo que le debían. Cuando por fin se fueron le compramos a Musa las dos tiras de agua habituales; y al despedirnos, con una sonrisa le dio a Miguel las gracias.

Nuestras sospechas que de que Mali debe de ser un lugar lleno de gentes maravillosas vienen por conocer a gente como a Musa o a Alí (el guachi de la antigua casa de Dani y Laura, siempre sonriente, amable y dispuesto a ayudar en lo que pueda); también después de oír decir a un guineano culto que acababa de regresar de allí frases como "son mucho más buenos que nosotros", o "tendríamos que aprender mucho de ellos, que son muy trabajadores: cultivan en el desierto".

En resumen, si Miguel y yo tenemos ganas de conocer Mali en un futuro no demasiado lejano no es porque hayamos visto fotos maravillosas en un catálogo de agencia de viajes; sino por haber topado aquí con personas como Musa o Alí (y otros malíes con los que nos hemos topado en comercios y otros rincones de la ciudad) y cuya amabilidad y dulzura te dejan con ganas de conocer no sólo un lugar, sino a un pueblo.