miércoles, 31 de diciembre de 2014

Con banda sonora épica

Cuando eres consciente de que tu año 2014 empezó jugando a Ameba en un salón vacío y termina corriendo por las calles de Madrid con una colchoneta de playa naranja, te invade la certeza de que todo va por el camino correcto y llevas la compañía adecuada. Estos dos detalles son sólo el se abre y el se cierra comillas con el que citar este 2014. Ha sido un año intenso, dentro del mayor período de estabilidad que había vivido hasta ahora. Y dentro de un paréntesis que al cerrarse me arroja de nuevo a esa incertidumbre en la que a estas alturas (y porque siempre tengo mucho viento a mi favor) me muevo con bastante soltura. Si hago repaso rápido de los "grandes eventos" de este año me encuentro con "el hogar" y con "la aventura": me encuentro la mudanza a Hobbiton, este hogar confortable donde, como en La Comarca, se come bien y se disfruta de la vida en compañía de la gente a la que se quiere; me encuentro también el GR-20 en Córcega, el mayor reto físico que he superado hasta ahora, con la friolera (fría en pleno verano... es que las islas Mediterráneas tienen mucho de criar fama y echarse a a dormir) de veinte mil metros de desnivel acumulado; el órdago a grande laboral que termina con mi aparente "derrota", aunque en esa lógica que sólo entiende una parte de este mundo me siento más bien como un jinete de Rohan en la batalla de los campos de Pelennor; el nacimiento de Ágape, como el resultado de gozosos dolores de parto y vislumbrando desde su cuna una saludable y prometedora vida; la vuelta a la bici por Madrid, como quien monta a un fiel caballo o se come la ciudad a grandes bocados; el festival de danza a final de curso, atreviéndome por fin a mostrar el fruto del duro trabajo de muchos años de esfuerzo, sabiendo que queda mucho que mejorar, pero orgullosa de haber alcanzado una especie de primera línea de meta. Y pintar muebles, y colgar el armario de la cocina (y que siga en su sitio 10 meses después), y adquirir la casi absoluta certeza de cuál es mi vocación, y tantas otras cosas, grandes y pequeñas, que si me paro otro rato a pensar me harán sonreír unas cuantas veces más. Pero no, porque me voy ahora mismo a disfrutar de las mejores croquetas de este mundo antes de comerme las uvas para decirle un "¡Hola!" entusiasmado a ese 2015 que llama ya a la puerta. Y encima, haber vivido todo esto de la mano de la persona que te queda como un guante. Visto lo visto, qué bien me encaja ahora mismo como banda sonora de mi vida mi nuevo tono de llamada del móvil. ¡Al abordaje del 2015!

martes, 23 de diciembre de 2014

Paredes desnudas, corazón lleno

Acabo de cerrar el despacho. Una última mirada y veo las paredes desnudas. De algún modo se queda vacío. Sin embargo, se queda lleno. Lleno de tantas vivencias, de tantas historias, de tantos secretos, de tanto dolor y tanta alegría, de tanta ternura y tanta rabia, de tanta frustración y tanta ilusión, de tantas buenas y malas noticias. Las sillas marrones, austeras y desgastadas, han servido de descanso a tantos, han sido fundamentales en esos cientos, miles de "pasa un momento y hablamos". Se queda vacío, pero lleno de vosotros. Como mi memoria y mis emociones que, después de casi tres años compartiendo vuestras vidas y acompañando vuestras luchas, ya son distintas, porque llevan vuestra huella. Sois grandes hombres y mujeres, capaces de levantaros una y mil veces para volver a intentarlo. Sois gente noble, capaces de hacer lo que sea por el que os quiere bien. Sois gente tierna, capaces de daros por completo en el último abrazo. No os voy a olvidar nunca a todos y cada uno de vosotros y vosotras. Ha sido un privilegio compartir este trecho de vuestro camino, adentrarme con vosotros en vuestros bosques sagrados. Y ahora que nos separamos en esta encrucijada, no os quepa duda: os voy a echar de menos. Hasta siempre.


martes, 31 de diciembre de 2013

Lo que se deja el 2013

Pasa el 2013 al álbum de años vividos. Otro que se va, dejando tras de sí un cúmulo de experiencias, logros, retos, ocasiones de superación, momentos bajos y altos… Es momento de balance, como esos programas de la televisión que se empeñan en la tarde de hoy en repasar los acontecimientos más importantes del año que está a punto de cerrarse. Y mirando a vista de pájaro surgen algunos de los logros, momentos y aprendizajes de este año. Este año nos deja una mudanza, un salón vacío (la “sala del pánico” o “sala multiusos”), la decisión de dejar de cenar para dormir mejor, el más intenso de mis caminos de Santiago, la decisión de formarme como psicoterapeuta, los doscientos setenta y tantos kilómetros de la Scottish Oddesey, enseñar a bailar a una amalgama de personas con distintas capacidades para El Principito, el resurgimiento con más fuerza que nunca de Gafalambres Teatro, la traumática salida de AJIVA, Semana Santa en casa de Sandalio (y Reyes) y entender que el Dios transmitido no coincide en muchas cosas con el experimentado, aprender a cultivar lechugas, zanahorias, espinacas y canónigos, paseos por la Casa de Campo, hacer cumbre en el Veleta y casi en el Mulhacén, sobrellevar el noviembre más frío de España desde 1997 sin calefacción por decisión propia, convertir la práctica totalidad de nuestra dieta en ecológica (cortesía de Bioretiro), incorporar el müesli casero a nuestro desayuno diario, merendar cada día sandwich de paté de calabacín, berenjena, tomatón, calabaza o  champiñones con pan hecho en casa,  impartir dos cursos sobre acompañamiento a personas con drogodependencia, sobrevivir al ambiente laboral más hostil al que me he enfrentado nunca y seguir teniendo meridianamente claro que me encanta mi trabajo, salir con la cabeza bien alta en la muestra de Navidad de la escuela de danza, dar de comer a un manatí,  el cuentacuentos de El Canto del Pájaro, las vacaciones de verano más largas e intensas desde que terminé COU, la biotropía, descubrir y empezar a practicar Yoga, disfrutar y aficionarme a la historia como nunca con “Isabel”, engancharme a “The Newsroom”… Y seguro que me dejo algunas cosas más.

No considero 2013 uno de mis mejores años. Y, sin embargo, ahora que repaso todo lo vivido y conseguido, siento que soy muy afortunada de vivir todo lo que vivo, de tener cerca a mucha de la gente que tengo cerca, de tener la oportunidad de crecer. Y que, aunque echo de menos algunas cosas y siento que he perdido otras, 2013 deja un balance positivo. Y, sobre todo, me mantiene en el camino hacia un 2014 para el que, como compartía esta mañana con mis pacientes en nuestras campanadas improvisadas en el comedor del centro de día (otro momentazo), lo que deseo, lo que pido, es una de las armas más poderosas del mundo: ILUSIÓN. Feliz y lleno de ilusión 2014. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

20 años



"20 años trabajando por un barrio mejor": ese era el lema estampado en la camiseta que nos regalaron ayer a las decenas de monitores que asistimos al encuentro de celebración de los veinte años de AJIVA. No tan lejos de las cien personas entre antiguos monitores, parejas, hijos, párroco y trabajadoras sociales. Y a pesar de todo, sólo una pequeña parte de las muchas personas a las que AJIVA se les ha cruzado en la vida y de algún modo lo ha cambiado todo para siempre.
A mí este aniversario me pilla un año después de dejar la asociación, y no de la forma que más me hubiera gustado. Y, sin embargo, todo lo negativo (que lo hubo y mucho) de los últimos tiempos ayer se volvía minúsculo e insignificante al hacer consciente y cierto lo mucho que AJIVA ha aportado no sólo a mí, sino a muchas otras personas del barrio, monitores y chavales. Ayer conecté de nuevo con mucha intensidad con lo que significa AJIVA para mí, y tuve dos certezas: que es un privilegio haber podido formar parte de algo tan mágico como AJIVA; y que es muy difícil volver a encontrar otro lugar en el que se despierten sentimientos tan positivos y tan potentes, que te impliquen de una forma tan personal y tan íntima y con los que puedas identificarte de una manera tan especial. Ahí está el resquicio de la nostalgia: el de saber que, ahora que nos hemos ido, es difícil volver a formar parte de algo tan... tan AJIVA.  
Dejar AJIVA no es algo fácil, deja un hueco importante, y lleva un tiempo reubicarse; porque llega un momento en que es algo así como parte de tu personalidad. Y al dejarlo, aunque por un lado de repente te sobra tiempo por todas partes (AJIVA es un pozo sin fondo de tiempo dedicado), lo cual al principio se agradece, por otro algo se queda añorando ese no sé qué que nos ha tenido enganchados y al pie del cañón de buena gana durante mucho tiempo.
Ya era consciente, pero ayer, al compartir de nuevo ese algo invisible  y difícilmente explicable con monitores de tantas generaciones anteriores y posteriores, aún lo fui más: AJIVA, al igual que para muchos de nuestros chavales y otros muchos monitores, es para mí una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Y me siento muy afortunada de haber sido (y de algún modo seguir siendo para siempre) parte de ella.
http://www.youtube.com/watch?v=vh8ZFbe-J5o
http://www.youtube.com/watch?v=Ac9upnxGou0

lunes, 31 de diciembre de 2012

Adios, 2012.

Se va ya el 2012. Ya ha pasado por el barrio la San Silvestre, y ya hemos cumplido con el tradicional rito de ir a verla pasar, de animar, y de gritar absurdos al paso de la gente. Ya se pone el sol del 2012. Y como siempre que acaba un año, me gusta hacer balance. Balance de lo aprendido, de las experiencias sumadas, de las experiencias volcadas a la mochila de la vida.

Ha sido un año de aprender sobre cooperación; aprender sobre ella justo el año que dejo de dedicarme a ella. Y quién sabe si no volveré a dedicarme a ella jamás, porque de pronto es la realidad micro en lugar de la macro la que llama poderosamente mi atención, la que me seduce a meter de lleno la cabeza y las manos en ella. Ha sido también el año de volver a la medicina clínica cuando ya empezaba a creer que la bata estaba definitivamente colgada. Sin embargo... he vuelto sin bata, y a una consulta mucho más especial, en la que lo "psico" y lo "social" pesan casi más que lo "bio", una consulta en la que lo que importa es acompañar personas: 2012 ha sido también el año de descubrir el increíble privilegio de acompañar personas (y esto ha sido tan importante que merecerá un post aparte en breve). 
También ha sido el año de contemplar una nueva etapa en AJIVA, de descubrir que las semillas sembradas empiezan a aportar fruto. El año de empezar a ver los toros más desde la barrera, con lo que eso tiene de nostálgico y de difícil cuando se ha sido torero.
Ha sido también el año de "Constantinopla", pensada aunque no estrenada. El año de la biotropía, de vislumbrar que hay mucha gente soñando con otro mundo posible y que ya está pasando a la acción; y sonreír satisfecha al ser consciente de que, como diría Harvey Dent, "la noche es más oscura justo antes del amanecer". También el año de avanzar en la danza contemporánea y empezar a sentir que me voy enterando más o menos de qué va la cosa. 
Año también de mucha manifestación y mucha reivindicación, con poca esperanza en que sirva de algo "práctico", simplemente por sentir que estás donde quieres estar.

¿Y los proyectos para el 2013? Explorar a fondo eso de la biotropía, sacar por fin el título de coordinador de tiempo libre, comenzar la formación de psicoterapeuta ¿gestalt? ¿rogeriana?, orar más y dejar que el silencio cale más en mi vida, seguir reivindicando, sembrar optimismo, cambiar de casa, viajar a Esocia, estrenar "Constantinopla" y un montaje de Tricicle, crear e ilusionarme con "El Principito", cuidar a mis amigos (a los de compartir el día a día), a mi familia, ir de excursión con mis sobrinas, estudiar medicina (de familia y drogodependencias), hacer la oposición "por si...", matricularme en la escuela municipal de danza, volver a clases con mi antigua profe de danza Y si da tiempo, sacarme el First.Y lo que traiga el año, lo no previsible, el encanto de la sorpresa.
El año empieza cargado de proyectos e ilusiones. Pido no tener prisa para vivirlo, que lo urgente no ahogue a lo importante. Y que en el ocaso del 2013 me sienta, al menos, tan afortunada como hoy por mi (nuestra) VIDA con mayúsculas.

martes, 30 de agosto de 2011

Postal desde Cul Guatá

Escribo desde una estampa pintoresca, curiosa y representativa. Es sábado por la mañana, estoy en Malabo (la capital), que está situada en una isla. Nuestra casa (la de la fundación) está en el barrio de Elá Nguema, un barrio donde vive la gente, la población normal. Nuestra casa es bonita, y privilegiada para los estándares de aquí. Tiene agua (no corriente, pero sí un pozo con una bomba eléctrica que se enciende una vez al día para llenar los grandes cubos de agua que luego usamos “a cacitos”), tiene un generador para cuando se va la luz (que se va cada dos por tres). Nuestra “casa de paso” (por aquí pasa mucha gente que va y viene desde España o desde la sede de Bata, en el continente) está en el piso de arriba de esta casa rosa pastel. En el piso de abajo vive una familia. Son familiares de una de las monjas de nuestros centros de salud, y muy muy amables.

Tenemos una terracita. Desde ella se ven las calles de alrededor, con su trasiego de gente, con una constante procesión de niños que se acercan con sus cubos en la mano al surtidor de agua. Esta zona se llama “Cool Water”, por el surtidor de agua. Aquí se pronuncia “Cul-guatá”. Los mismos niños luego salen con sus cubos en la cabeza, en ese ejercicio de equilibrio que ellos hacen como si tal cosa, y que a los europeos indefectiblemente nos admira cuando lo contemplamos. Un poco más allá del surtidor se ve el mar, que se junta en el horizonte con las nubes. Aquí casi siempre está nublado. Y el día que no está nublado, el sol pega tan fuerte que el calor es insoportable. Huele a humedad, porque lleva dos noches lloviendo a cántaros, una lluvia que golpea el tejado de chapa con fuerza y te hace sentir entre atronado y a resguardo. A mí el mar en este país se me hace inalcanzable. Me da la sensación de que está vetado de algún modo (quizás por lo difícil que es entrar y salir de aquí). Se puede ver, pero es difícil de alcanzar. Suena la radio de algún vecino, con reguetón, con bachata , con Shakira, con Danza Kuduro (que también es la canción del verano aquí: maravillas de la globalización), con “Chiquitita” de Abba, con Pimpinela, con otros grandes éxitos de la España de antaño… Por la derecha se ve el bosque, verde oscuro, con montañas no demasiado altas, con una vegetación tupida, aunque no tanto como en el continente. Está ahí, a un paso.

Dos militares pasan por la calle. Llevan el fusil en la mano. Nunca me acostumbraré a eso… La gente sí está acostumbrada y ni se inmutan. Son un viandante más. Los taxis rojos y blancos pitan al pasar, buscando clientes. Pasan despacio, porque estas callejuelas del barrio están eternamente en obras y no quieren dejarse los bajos en un socabón.

Me gusta Malabo. Me da “buen rollo”. Me siento mucho más acogida. Ayer un taxista me dio un pañuelo de papel porque me manché con el barro al bajar del taxi.

Me gustan las calles del centro, con sus edificios coloniales. No me es difícil imaginar la ciudad hace cincuenta años, cuando esto era una provincia, como Cáceres o La Coruña. Y esa idea me sigue haciendo preguntarme lo que pensarán los más viejos del lugar, que han vivido tantos cambios en una sola vida.

Desde aquí, desde esta terraza de “nuestra” casa en la calle “Amanecer de África” de Elá Nguema paso los últimos días en esta isla antes de terminar esta aventura y regresar de nuevo al hogar, al verdadero hogar en Madrid, que nos espera.

sábado, 20 de agosto de 2011

Casi agitando el pañuelito blanco

Hemos vuelto a Guinea. Sólo por unos días, con billete de ida y vuelta.
Llegar fue una sensación extraña: encontrar algunos de los objetos que había dejado aquí en el mismo sitio en el que los había dejado hacía que sintiera que de algún modo estaba volviendo a casa... y es que esta fue nuestra casa durante más de un año. Sin embargo, tal como intuía entonces, ahora corroboro que no fue nunca un hogar: hay demasiadas emociones negativas que aún están pegadas a las paredes de esta oficina, como algún póster o foto que nos hubiéramos dejado olvidados al hacer las maletas para volver a España.
Lo que también estaba aquí era la gente, los compañeros, esos que hicieron y hacen que de algún modo hubiera y haya algo de hogar; esa pequeña familia que se constituye y se cuida mutuamente: Carmen, Mabel, Laurita, Dani... Es un vínculo curioso el que se establece aquí. De algún modo nos protegemos mutuamente, velamos unos por otros. Y pobre del ambiente cuando hay alguien que no lo hace (y pasa, claro que pasa...).

Hay luces y sombras en este regreso. Las luces son que el ambiente de la oficina se ha dulcificado infinitamente y se piensa más en las personas, que algunos proyectos que quedaban medio iniciados cuando nos íbamos van avanzando "viento en popa a toda vela", y que en la calle hemos encontrado muchos más vestigios de una sociedad acogedora: taxistas que te dan conversación, niños a los que preguntas una dirección y te acompañan amablemente a tu destino, taxistas que no te das cuenta que ya han terminado su hora de servicio y te recogen, te llevan a casa y al llegar no quieren cobrarte (hecho sin precedentes), los malíes de la tiendita de Musa, que siguen siendo absolutamente encantadores y aférrimos trabajadores; centros de salud como "La Libertad" en los que parece que ya casi ni nos necesitan, los agentes de salud que por fin han firmado su nombramiento como funcionarios y cuando te ven se acuerdan de ti y te dan las gracias por lo que hiciste por ellos hace ya dos años...; las sombras son las cosas que siguen exactamente igual que cuando te fuiste y no avanzan, los "lastres" que siguen minando el proyecto desde dentro porque que no creen en la cooperación al desarrollo y actúan en consecuencia; las aglomeraciones de aeropuerto en las que nadie es capaz de hacer una fila, la gente trata de colarse, el chino que hay detrás de mí es insultado y relegado continuamente al último lugar por la simple razón de ser chino, dos chicas llegan a las manos para conseguir un billete de avión, la "gente con teléfono móvil" sin billete pero con "primitos" lo consigue con dos llamadas sin ningún escrúpulo por robar la plaza a los que compraron su billete con una semana de antelación(el espectáculo dantesco del aeropuerto que Miguel describe en su blog me hace dudar seriamente de si vamos a conseguir algo algún día aquí)...

Y mientras miro lo que aquí sucede con los ojos críticos y cómodos del que sabe que en una semana está de vuelta en casa, me asomo a esta ventana al mundo que es internet y me entero de las cosas que pasan en nuestro país, y tengo que cerrar los ojos y agitar la cabeza en un "no" preocupado cuando veo que la gente no tiene derecho a expresar su opinión en la calle, o que si no hay elecciones de por medio la policía nacional recibe indicaciones y "cartas blancas" muy diferentes a las que recibía en las concentraciones preelectorales del 15-M. Y leo al Presidente de la Conferencia Episcopal hacer declaraciones estúpidas e incoherentes con el mensaje del Evangelio que se supone que sustenta, y veo a la gente en las calles a la que le puede la ira y pierde la razón, y a los profesionales que supuestamente deben mantener el orden, abusando de su poder e impartiendo la justicia a su antojo sin controlar sus rabietas

Y en conclusión me doy cuenta de que "en todas partes cuecen habas".

En pocos días nos despediremos de esta tierra, probabablemente para siempre . Porque ya ha estado bien, porque si decidimos en el futuro hacer más cooperación habrá que probar otros lugares y otras cosas y averiguar por fin si aquí, que nos hemos quejado hasta la saciedad, nos quejamos de vicio o con criterio (como sabiamente decía Miguel al pasarse de Amena a Orange "probablemente Orange me dé también mil problemas, pero siento que ha llegado el momento de cagarse en la p.m. de otros").

Y así, este último paso por este paisito me deja bastante buen sabor de boca hasta el momento: no trabajo doce horas diarias, me dedico "a la ciencia y el conocimiento" y no a "apagar fuegos" a todas horas, tengo sólo tres frentes abiertos (frente a los veinticinco que tenía permanentemente abiertos cuando hacía la coordinación sanitaria), vivo en una casa con agua corriente y luz (¡gracias por acogernos, Carmen!) y la estancia es tan corta que apenas da tiempo a enfadarse con nadie. Buena despedida.

¡Adios y buena suerte, Guinea!