domingo, 21 de febrero de 2010

RPH

Está lloviendo, pero lloviendo de lo lindo desde hace unos diez minutos. Debe de haber caído en este rato toda la lluvia que cae en Murcia en dos años.
Hace un par de semanas una tormenta como ésta, de ésas que la época de lluvias está mandando como primeros avisos (una especie de "ahí vooooooy") de su retorno, nos hizo levantarnos a las cuatro y media de la mañana para recoger toda el agua que caía del tejado en forma de goteras. Bueno, o mejor dicho del no-tejado, porque lo que pasaba era que nos lo estaban arreglando, poniendo tela asfáltica y todas esas cosas para erradicar por fin las goteras, y para eso se quita el tejado antiguo. Pero todo el mundo sabe que para hacerte mechas tienes que pasar por ese momento horrible en el que te llenan el pelo de mejunges y papeles albal antes de quedar convertida en algo medianamente parecido a Leticia Ortiz; y eso le pasó a nuestro tejado.
Gracias a Dios, a nuestro tejado ya le han quitado los papeles de plata y le han dejado un pelo sedoso, gracias a lo cual puedo estar escribiendo mientras escucho cómo el agua golpea el tejado en lugar de achicar agua como la otra noche.

Y me viene esto a la cabeza, porque ayer tuve una sensación semejante en Angokong: después de recorrerme todo el país en coche en viaje de trabajo, con muchos kilómetros a la espalda, varios pequeños escándalos en el corazón, mucha vida social de esa fabricada en un instante, mucho sudar, mucho que coordinar y un poco que negociar, llegar a Angokong fue como de pronto entrar bajo ese techo recién reparado que ya no tiene goteras, y bajo el cual oyes con gusto la lluvia mientras estás seco y calentito. ¿Que qué hay en Angokong?: Las Hermanas Hospitalarias. Y son hospitalarias porque trabajan en los hospitales, supongo; pero para mí ayer el apellido les venía de la hospitalidad; porque nada más pisar su casa, te sientes como en tu propia casa. Te cuidan, te acogen, te integran en su día a día, se ocupan de que todo esté como tiene que estar, con sencillez pero con una sensibilidad perfecta para averiguar lo que uno necesita. "Estarás seca, ¿quieres más agua?", "Prueba estas bananas, que son de nuestro patio, están buenísimas", "Pero, ¿tan poco vas a comer?", "¿Qué tal os fue en los hospitales?".
Ayer fueron las Hospitalarias, pero podrían haber sido las Operarias Parroquiales en Niefang, las Hermanas de la Caridad en Micomeseng o en Mokom, las hermanas de Jesús-María en Luba... como ya ha sido muchas otras veces. Hace dos días, también durante la gira, con las hermanas franciscanas de Akonibe, aunque ni siquiera nos habíamos visto nunca, pasó en un momento algo parecido: nada más entrar allí, me sentí en casa, como si fuese una pequeña "sucursal" del sentirse querido y recibido sin esperar nada a cambio. Fueron apenas quince minutos lo que pasé con las hermanas, pero en ese pequeño rato ya me hicieron sentir acogida, cuidada, y sin darse cuenta me regalaron una buena dosis de la paz que respiran ahí dentro (es un convento de clausura). No faltaron los dulces para el camino, hechos por ellas mismas. ¿Se fabrica el cariño en diez minutos?

Pues esto, que no sólo cuento yo, sino cualquiera que pasa por sus casas, constituye lo que Miguel y yo hemos dado en llamar la “Red de Protección de Hermanas” (RPH), y que consiste en que todo el país está salpicado de personas, las hermanas (trabajen o no con FRS), dispuestas a acogerte y cuidarte, a echarte una mano en el apuro que tengas, a recibirte aunque llegues en momento inoportuno, a ofrecerte lo mejor de sí mismas.

Con razón hace tiempo se les llamaba “madres”.

(Nota: la tormenta ha sido tan fuerte que el techo nuevo no ha resistido: goteras de nuevo. Pero siga valiendo el símil).

sábado, 6 de febrero de 2010

En todoterreno por África

Es sábado. Son las 9:00h. La luz entra por entre las cortinas de la habitación. Me despierto al lado de Miguel. Tras unos mimos de buenos días, bajamos a desayunar a la cocina. Como es sábado, se desayuna con tiempo y a lo grande, con cereales, galletas, magdalenas y hasta queso manchego (mi tesoro).
A medio desayuno baja Jesús, un consultor que ha venido a trabajar sobre el Sistema de Información Sanitaria, pero que a los diez minutos de conocerle ya te das cuenta de que podría hacer cientos de consultorías, porque ha aprovechado bien los años y sabe casi de todo, desde lo secretos del buceo hasta los últimos detalles del tratamiento de las aguas, pasando por arregalar coches, destiladoras o hacer protocolos de urgencias u organizarte en un pis-pas un campo de refugiados. Me hace darme cuenta de cuánto me queda por aprender, y me encanta escucharle.
Y es que de pronto la sede está a pleno rendimiento como casa. También ha llegado Paloma, que irá a coordinar el área de Ebinayong.
Después de desayunar, una duchita y a trabajar un rato, porque, entre otras mil cosas, hay que preparar una sesión para empezar a trabajar sobre la calidad asistencial de nuestros profesionales sanitarios con las hermanas, en la reunión de coordinación de la próxima semana. Me toca documentarme, ordenar algunas ideas trabajadas con Dani. Al final de la mañana ya tengo un guión de la sesión, que además será mi "puesta de largo" como sanitaria de sede.
A las 13:30 h ya nos vamos para la playa. Este finde conduzco yo, porque por fin tengo carnet de conducir guineano.
Dentro del coche Jesús está al loro todo el rato para echarme una mano en mis primeros momentos conduciendo este mastodonte que no se cala ni aunque lo intentes a posta y con toda tu alma, e intento hacerme a la idea de mis nuevas dimensiones. Le voy cogiendo el tranquillo poco a poco, entre acelerones y cambios de marcha.
Guille, de copiloto, me guía para llegar hasta la playa de Bome. Allí comemos de lo lindo mientras nos contamos las vidas, nos conocemos algo mejor y arreglamos un poco el mundo.
Después de comer, partida de palas. Hemos batido el récord: 195 palazos. Y hemos empezado con el juego a distancia, que promete ser muy, pero que muy divertido. En ese aún no hemos batido ningún récord...
Quince minutitos corriendo por la playa, un remojón, y otra vez de vuelta a casa, de nuevo en el mastodonte todoterreno. Me veo alta y siento que gano en independencia al ser capaz por fin de conducir por estas carreteras de tierra roja, o de suelo de grava, o de asfalto recién estrenado.
Llegamos a casa, y el iPod de Miguel y sus pequeños altavoces de viaje nos ponen banda sonora, y nos arrancamos a bailar en el macro-hueco que ha dejado la cama que se han llevado de nuestra habitación (para amueblar la nueva casa en la que se quedarán los chopocientos consultores que van a ir llegando a lo largo del año), y que la ha convertido en una magnífica sala de baile. Bailamos contentos con el bañador mojado; por un momento todo es perfecto.
Estamos bien. Estamos felices. Vamos en todoterreno con la brisa pegándonos en la cara por este país de África, tan complicado para trabajar, pero tan sencillo para vivir.

viernes, 29 de enero de 2010

Horas Extras

Siempre me he negado a doblar. Cuando el IMSALUD me llama para pedirme que trabaje por las tardes cuando ya trabajo por las mañanas o viceversa, mi respuesta es clara: "no, lo siento, es que ya estoy trabajando." Es una cuestión de principios: no creo que se vea igual al paciente número 15 que al número 45 de la lista. Y no soy la única que pienso así, por mucho compañero mío que doble mes tras mes (los admiro profundamente: no sé cómo resiten). Además, siento que por muchos pacientes que vea en un día, sean 20, 40 ó 55 (mi récord; no es mucho para la media nacional española), nada va a cambiar, no se adelanta trabajo. Mañana volverá a estar llena la lista, porque la demanda va a seguir y seguir y seguir, día tras día hasta el infinito, porque no hay ningún objetivo al que llegar, sino el ir solucionanado lo del día a día para que la población conserve la salud, simplemente porque por suerte los mínimos en salud están cubiertos hace tiempo en España.

Este trabajo es distinto. Por primera vez en mi vida estoy haciendo horas extras porque me da la gana. Sí, porque me da la gana, porque hay trabajo que sacar adelante, objetivos que cumplir y que merece la pena que sean cumplidos. Porque hay que tener a tiempo la planificación del próximo año, para poder presupuestarla dentro de plazo, para que se liberen los fondos para poder llevar a cabo las actividades, esas actividades que vamos pensando entre unos y otros y con las que creemos que podemos contribuir a que el sistema sanitario de este país, y de rebote la salud de sus habitantes, sea algo mejor.

Estas dos últimas semanas han sido de locos. Mucha gente trabajando por la mañana y por la tarde cuando nuestro horario acaba a las 3; pero es que no se pueden quedar las cosas sin hacer, porque nos va el año que viene en ello.

"¿Cómo va el cronograma?", "¿El congreso de laboratoristas va a ser en fin de semana?", ¿El curso de diagnóstico de VIH y consueling lleva dietas?", "He visto unos esterilizadores que salen a precio asequible y que irían genial para los paritorios", "¡Modelos de auscultación! ¡sería genial! Lo presupuestamos", "¿Qué os parece si durante el año próximo formamos a alguien de aquí para que continúe en 2011 con la radio? ¿Hay dinero en el presupuesto de la radio como para eso?", "¿Cuándo se ha planificado hacer las letrinas en Machinda?","Acabo de tener un pedazo de idea: vamos a mandar auxiliares a formarse como matronas en Camerún", "Habría que hacer un manual para formación continua del personal de los centros. A mí no me importa hacerlo...", "¿Cómo queda junio? Un poco cargado. Nos van a echar la bronca los equipos: vamos a pasar algo a julio"...

Y así, poco a poco, se va construyendo el boceto de lo que será el año 2010 en FRS.

Pero lo empezado en 2009 sigue ahí, y también hay que hacerle hueco mientras se planifica. Hay todo un manual de tres tomos que editar para los agentes de salud que están haciendo el curso para ser auxiliares comunitarios, y ya ha costado alguna que otra noche sin dormir a alguno el tenerlo listo a tiempo. Pero dicen que los agentes, al ver el tomo 1, se han puesto súper contentos porque ya tienen algo con lo que dar rienda suelta a sus ganas de estudiar; y es que para muchos es tarde para aprender a coger apuntes.

No sé, quizás aquí es más obvio que las horas extras son necesarias, que se hacen porque hacen falta, que merecen la pena. No pienso aguantar a este ritmo todo un año, porque no sería sano.Pero si las cosas siguen como parecen hasta ahora, no creo que me importe, de vez en cuando, sólo cuando haga falta, sacar un huequito para las horas extras.

Supongo que se trata de creer en lo que haces.


Horas extras_02

jueves, 21 de enero de 2010

De Ncolombong al mar

Vivimos en el barrio de Ncolombong. Es un barrio grande, y alto. A la parte "céntrica" de la ciudad se llega bajando, bajando... Y la parte céntrica termina en el gigantesto, ostentoso y recién construidito Paseo Marítimo. Y más allá, el mar.
Esta ciudad no es muy grande, sino más bien todo lo contrario. Y los sitios habituales por los que la gente se mueve, o al menos nosotros, son sota, caballo y rey; y nosotros, lógicamente, sólo podemos acceder a ellos bajando.
Para gente andarina como nosotros, y hasta el momento sin carnet de conducir guineano, el recurso al vehículo motorizado sólo se utiliza en los siguientes casos:
-que alguien se ofrezca a acercarnos a donde sea en coche
-que salgamos con alguien que lleva el coche incorporado (mayormente Dani y Laura)
-que la prisa apremie, en cuyo caso se coge un taxi
-que el peso pese (valga la redundancia), razón suficiente para coger un taxi también.

La experiencia de coger un taxi merece un post aparte . La experiencia de caminar de casa hasta el mar es en cierto modo un paseo no sólo por sus calles, sino por lo que esta ciudad es o al menos por las sensaciones que produce en mí:

Salgo de casa y cierro la puerta de hierro tras de mí. A la izquierda, el montón de basura de la zona va creciendo día tras día, hasta que mágicamente un día desaparece para volver a comenzar a nacer y a crecer, en una infinita sucesión de ordenadamente insalubres acumulaciones de residuos. Cruzo la calle y llego andando un poquito al primer cruce, donde en la casa de la esquina se vende desde que llegamos ( y presumiblemente desde hace mucho más) una especie de depósito gigante, lo cual se hace saber en un cartel de fabricación casera. Si es de noche, no hay luz. El alumbrado termina (y empieza) en la zona del hospital. Más allá, más vale ir provisto de una buena linterna para alumbrar bien la acera, ya que las alcantarillas están en una eterna fase de finalización en la que los agujeros están ahí, pero no así sus tapas correspondientes. Esto las convierte en un híbrido entre alcantarilla y papelera en un involuntario intento de suplir la falta de éstas últimas. También los coches que pasan por la carretera son una buena ayuda para alumbrar la acera, pero sólo los que no tienen la maldita manía de viajar con las luces largas encendidas, como ignorando que de esa forma el peatón queda cegado y malhumorado.
Pero es que aquí las calles se conciben para los coches, y no para los peatones. Las aceras son sitemáticamente invadidas por coches "aparcados" que se creen en pleno derecho de ocupar lo que todo el mundo da por supuesto que es suyo. Los pasos de cebra son meros dibujos blancos en la calzada, porque nadie espera que por plantarse delante de unas rayitas blancas ningún coche vaya a tener la deferencia de hacer ni amago de pararse. Sólo se respetan los semáforos, y no siempre, y sólo si funcionan.
Sigo mi camino hacia el mar, y enfilo una calle llena de bares: "Bar Atasco Las Hermanas" es uno de ellos, pero hay muchos más, de madera, pequeñitos, siempre con clientes que charlan animados, en mayor o menor estado de embriaguez según la hora.
-¡China!- me gritan unos niños desde la acera de enfrente.
Les es difícil distinguir a los blancos de los chinos, y por probabilidad tienen casi más posibilidades de acertar diciendo "China".
Otros te gritan "¡Hermana!", lo cual da una idea rápida de quién ha hecho la cooperación aquí tradicionalmente, o incluso "¡Cubana!" (los médicos que hay en los hospitales de este país son mayoritariamente de la brigada de cooperación cubana) o simplemente "¡Hola!". A los niños y las mujeres les saludo siempre, porque me hace gracia que les llame la atención mi presencia y decidan decir "Hola". Es como si te dijeran "Bienvenida, me caes bien, me gusta que estés aquí". A los hombres no siempre, porque enseguida te das cuenta que su "Hola" es como si te dijeran "¿Puedo ligar contigo?", y si les das media pizca de confianza te lo preguntarán directamente y sin escrúpulos.
Llego al cruce donde está el Supermercado Hermanos Martínez del barrio. Aquí el caos de tráfico es casi una constante. No hay paso de cebra, y hay que cruzar lo equivalente a unos cuatro carriles apretados. Miro a un lado, miro a otro y me lanzo a cruzar. El polvo del último taxi que ha pasado a toda velocidad sobre la carretera de tierra me envuelve por un momento.
Giro a la izquierda y empiezo a bajar la calle, la primera cuesta pronunciada. Los taxis pitan continuamente a los peatones que consideran potenciales clientes para ofrecerles sus servicios. A ambos lados de la calle hay varias pequeñas abacerías, pequeñas tiendas de estructura de madera en las que uno puede encontrar desde zumo en brick hasta unas sandalias en la mínima expresión del espacio.
_¡Buenas tardes, blancos!-nos grita el sastre animosamente cuando pasamos por delante de su diminuta sastrería de ventana amplia desde la que se puede ver perfectamente cómo trabaja.
Un poco más adelante, la calle sube un poco, y en la cúspide de la subida, a mano derecha, nos espera la carpintería parcialmente al aire libre donde los tablones se acumulan y varios hombres trabajan la madera. Tienen de muestra unas camas, o unas sillas, o el producto que esa semana se les haya ocurrido trabajar. Son ellos los que trabajaron nuestras palas playeras, las que les harán ricos tarde o temprano cuando se pongan de moda ;)
Desde la carpintería se ve en la acera contraria la tapia del Hospital Regional de Bata. Un gran montón de basura va creciendo apoyado en ella según pasan los días de la semana, hasta que alguien decida quemarlo, quizás harto del olor que desprende, o hasta que el servicio irregular (o de incomprensible regularidad) de recogida de basuras decida que ya es demasiada basura. Si a esta altura aún no cruzaste la calle, te ves obligado a cruzar.
Esta zona se llama coloquialmente "Zona Sanitaria" o simplemente "Zona", porque allí confluyen el Hospital Regional, el Centro de Salud María Gay (apoyado por FRS y uno de los más importantes de Bata) y la Delegación de Sanidad, representación del Ministerio de Sanidad en la zona continental.
El cruce de Zona es uno de los más caóticos de la ciudad, porque es una importante zona de paso. Dos o tres semáforos hacen por regular el tráfico a duras penas. Si tomáramos el cruce hacia la izquierda, entraríamos en Monte Bata, la zona que a mí más me llena de sensación de caos. Es una zona comercial por excelencia, donde se juntan decenas de tiendas de chinos con vendedores ambulantes o que exponen sus mercancías en el suelo. Los altavoces hacen una peculiar publicidad demasiado rica en decibelios de las tiendas de discos.
La música llega hasta el cruce de Zona, y nos acompaña unos metros más hasta que dejamos Monte Bata bien a la espalda.
Siguiendo la calle encontramos un edificio verde con una inscripción pequeña en la fachada que dice "Use condón": es la sede Instituto Carlos III, parte de la Cooperación Española. Es el Centro Nacional de Referencia para el Control de Endemias. La inscripción deja claro que el HIV les quita el sueño ahí dentro.

Si sigo bajando, pronto me acerco al cuartel general de la policía. Desde las rejas se puede ver el amplio parque móvil que posee. El domingo pasado unas gotitas rojas en el suelo, presumiblemente procedentes de alguna nariz aporreada en el transcurso de un altercado de borrachera de la noche anterior, permitían doblar la esquina siguiéndolas hasta la puerta del lugar donde las autoridades tratarían de poner remedio a las quejas del agredido. Hay que decir que no es común ver violencia en las calles. Guinea es un país "tranquilo".

Dejando la comisaría atrás, en la acera de enfrente se levantan los muros del cuartel del ejército. Delante podemos ver las torres de GETESA, la empresa de telefonía móvil, que se elevan infinitamente sobre los tejados de Bata, hasta el punto de servir de referencia por ser visibles prácticamente desde cualquier punto de la ciudad.

Aquí se abre un rotonda. La cruzamos tomando la salida de la izquierda. Aquí el tráfico es mucho menor, y nos permite cruzarla sin mucho miedo y a las bravas, atravesándola por enmedio. Bajamos de nuevo una cuesta pronunciada y llegamos a la Plaza del Reloj, lugar emblemático de la ciudad, y donde se levanta un monumento a los caídos en lo que aquí llaman "el golpe de libertad". A las espaldas del monumento, un mausoleo en construcción, suponemos que para los héroes de aquella gesta.
En la misma plaza está el supermercado EGTC, regentado por libaneses, un esbozo más de occidente en la zona de la ciudad donde las empresas y los extranjeros tienen su residencia y hacen su vida.

Giramos a la izquierda pasando por delante del monumento y tomamos una calle que desemboca en la plaza del Ayuntamiento, donde encontramos otra rotonda. Ahora sí, si cogemos la primera o la segunda salida, llegaremos indefectiblemente a nuestro objetivo: el mar.
El Paseo Marítimo se abre ante nosotros, majestuoso y solitario. Nadie pasea por el Paseo, paradójicamente. Es como si nadie lo hubiera descubierto, o sólo unos pocos. Esos pocos son algunos estudiantes adolescentes que se ven de vez en cuando haciendo sus deberes en grupo, frente al mar. Me gusta pensar que esos pocos estudiantes que buscan el mar, que eligen ese escenario para estudiar juntos, que suelen ser los mismos que se acercan con frecuencia al Centro Cultural Español, que está unos pocos metros más allá, están despertando una sensibilidad nueva, están aprendiendo a soñar mirando al gigante azul con una Bata más habitable, con el eslogan que los políticos usan pero que en realidad sólo ellos, futuro de este país, podrán hacer realidad de verdad de la buena: "Por una Guinea Mejor".




miércoles, 6 de enero de 2010

Palas playeras

"Había una vez, en la remota Guinea Ecuatorial, un par de cooperantes que cada domingo iban a la playa. Tras la primera visita a la selvática costa (esas costas en las que las palmeras y el forraje llegan casi casi hasta el nivel del mar) decidieron que echaban de menos en su equipaje algo, que de haber sabido que éste era uno de los principales entretenimientos de los fines de semana, hubieran traído de España: unas palas playeras. Sí, sí, unas palas de esas que se usan para jugar con la pelotita a la orilla del mar, y con la que toda pareja que visita la Costa del Sol cuenta en su haber…
Animosos e ilusionados, decidieron que buscarían uno de esos artilugios en las tiendas de los chinos de la ciudad, que es el lugar preferente donde las parejas de la Costa del Sol compran sus palas. Y, sí, en Bata abundaban las tiendas de chinos, sobre todo en Monte-Bata, la zona comercial por excelencia, donde una tras otra estas tiendas se suceden hasta tal punto que si compras algo en una de ellas más tarde te resultará difícil recordar en cuál de las cien fue. Pues bueno, allá que se fue nuestra pareja a Monte-Bata, con la optimista idea de encontrar las palitas. Y cuál fue su sorpresa cuando una tras otra se iban sucediendo las caras de extrañeza con rasgos orientales cuando iban preguntando tienda por tienda. NADIE en la ciudad sabía lo que eran unas palas playeras. Y los fines de semana se iban siguiendo unos a otros, y domingo tras domingo suspiraban por sus palas frustradas. En una ocasión incluso vieron a unos franceses de lejos que tenían unas palas reglamentarias, de competición, y sintieron cómo la envidia les corroía interna e intensamente.
Y así pasaron las semanas de aquel veraniego invierno, y llegaron las Navidades, y la Nochebuena, y la Nochevieja, y los Reyes Magos. Y el cooperante lo tuvo claro: encargaría al carpintero del barrio unas palas playeras para regalárselas a la cooperanta, y así poder pasar hermosas mañanas domingueras en la playa. Buscó en Internet una foto, y se plantó en el taller de carpintería, pidiéndole a uno de los carpinteros que le fabricara algo similar.
-No es posible- dijo el carpintero con cara de extrañeza al ver tan raro artilugio.
El cooperante ya se iba a ir frustrado, cuando otro carpintero que llevaba un rato observando por encima de los hombros de ambos intervino:
-Déjame ver.
Se quedó pensativo mientras miraba la fotografía.
-Sí se puede- dijo finalmente.
Y se pudo. Aquel carpintero de barrio, de tienda modesta, de local humilde, fabricó dos flamantes palas de playa que fueron regaladas a la cooperanta e hicieron las delicias de la parejita en los fines de semana subsiguientes.

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Pasó el tiempo, pasó el tiempo, y la parejita se fue a vivir a Nkué, una pequeña ciudad del interior donde debían desarrollar una buena parte de su trabajo. Unos meses más tarde volvieron a Bata por unos días, y se sorprendieron al pasar por delante de la carpintería. Muchos cambios se habían obrado en el modesto local: además de poseer un generador, el local había pasado a ser de material permanente y había un coche aparcado con un rótulo pintado: “Carpintería Dios es bueno”. Parecía que algo había pasado en la vida y en los ingresos de aquel carpintero de barrio. Al entrar un poco en la nueva carpintería no encontraron ni rastro del antiguo carpintero.
-¿Le tocó la lotería? ¿Se lió con la hija de algún pez gordo?- se preguntaban los cooperantes.
Ese fin de semana, en la playa de Asonga, lo entendieron todo: un hombre se les acercó y les repartió una octavilla: “Palas playeras. ¡Muy divertidas!” Y debajo aparecía la fotografía que el cooperante había llevado aquella tarde navideña a la carpintería. La playa rebosaba de parejas que jugaban a las palas mientras el enorme sol rojo africano se preparaba para tirarse de cabeza al mar, como cada atardecer."



Bueno, pues esta historia sólo es cierta hasta los puntos suspensivos (¡mi regalo de Reyes han sido unas súper-palas playeras por encargo!). Pero, ¿a qué sería bonito que el resto del cuento también se cumpliera? Si sucede, os informaré puntualmente.

viernes, 1 de enero de 2010

Aquí también hay Puerta del Sol

Además de internet, el teléfono y todos esos medios tecnológicos que en un plis-plas consiguen acercarte al más recóndito lugar (o simplemente a tu casa de España), si dejamos que la imaginación, el buen humor y las ganas se adueñen de las situaciones, mágicamente conseguiremos que de pronto el salón-oficina de la sede de FRS se convierta en la Puerta del Sol, que el reloj que el padre de Miguel le regaló para este viaje pase a ser el reloj de la madrileña plaza, que el filtro de agua de pronto sea el campanario que cada año da las campanadas desde el corazón de la Península y hasta que dos comentaristas (entre ellos el supuesto Félix, que comenta también nuestros partidos del torneo de chapas de los domingos) nos expliquen, como oímos cada año en casa, el modo correcto de tomar las uvas, para que nadie de los presentes en la abarrotada plaza (nuestro ratón "Guttemberg", al que hemos bautizado así porque siempre se esconde detrás de la encuadernadora; los gusanos crujientes que pasean a su bola por el suelo del salón; los mosquitos que planean sobre nuestras cabezas buscando su particular cena; y hasta las cucarachas de 5-7 cm de la cocina adyacente al salón y a las que de tanto verlas estamos pensando en ponerles nombre también) se equivoque en tan delicado proceso.
Si además tenemos cuidado de sincronizar nuestros relojes con los vuestros para montar la parafernalia a las 00:00 horas en punto, y así lo hicimos, podemos afirmar contentos que ayer NOS TOMAMOS LAS UVAS CON TODOS VOSOTROS.



¡¡¡FELIZ 2010!!!

viernes, 25 de diciembre de 2009

Huevos rellenos de jamón y grafís


Las 19:15, y en la catedral de Bata la Misa del Gallo, que estaba anunciada para las 19:00h, aún no ha comenzado, ni tiene visos de comenzar todavía. A las 19:30h por fin se oye el organillo electrónico que marca las bases de las canciones religiosas que cantará el coro, que aquí intentan parecerse a algo así como a los temazos de José Luis Perales en sus mejores momentos, que no sabéis lo admirado que es por estas latitudes.

La catedral es bonita. Es de estilo neoclásico, aunque esto no es lo que la hace bonita. Lo que impresiona son los frescos que hay pintados en el techo, en colores pastel, colores alegres y suaves. Representan escenas de la vida de Jesús, pero de un Jesús negro, con unos apóstoles también de color. La transfiguración, la oveja perdida, la anunciación… No sé por qué, quizá por los colores, quizás por la sencillez de los dibujos, pero me da paz mirarlos.

Después del primer canto, viene la sorpresa, la agradable sorpresa.: un xilófono de madera rompe el silencio majestuoso de la catedral, unas maracas se unen, también un tan-tan, y un coro de mujeres mayores empieza a cantar en fang mientras se mueven suavemente con una especie de “pompones” blancos en las manos que agitan en el aire. No sé lo que dicen, pero el canto me resulta infinitamente bello, me traslada de repente a esos reportajes de televisión en los que una cámara a vista de pájaro sobrevuela las selvas y poco a poco se va colando entre la maleza y llega a un recóndito poblado donde la gente canta a sus dioses. Y tengo una vez más la misma reflexión que he tenido un montón de veces: ¿por qué se empeñan en malcopiar lo que no es suyo cuando lo suyo es profundamente bello? La misma reflexión que cuando veo a las niñas con el traje de comunión más hortera que podáis imaginar, con todos los encajes y floripondios posibles, al estilo del Norte pero sin ningún gusto; cuando veo a los niños que, aún peor, hacen la Primera Comunión vestidos de smoking y con pajarita; y me pregunto por qué no las visten con un popó blanco, sin más; la misma reflexión que cuando Fernando, el conductor del equipo de Machinda, me dice que habría que deshacer los poblados cercanos a Bata, y hacer otra ciudad igual, y me esfuerzo por explicarle que lo que hay que hacer es que la gente viva dignamente en los poblados, tenga luz y agua corriente, las pequeñas construcciones pasen de ser de madera a ser de cemento, se abastezcan las tiendas y se cree un buen sistema de transporte público, puestos de salud adecuados y poco más. Porque la calidad de vida no tiene por qué ser construir ciudades monstruosas llenas de rascacielos.

Después de la Misa, volvemos a casa. Es ya muy de noche y, como de costumbre, al pasar el Hospital no hay alumbrado, así que tenemos que sacar los frontales. El ambiente es medio-festivo en la calle.

En casa-sede nuestra pequeña, minúscula familia, se dispone a celebrar la Nochebuena. ¿El menú? Huevos rellenos de jamón y grafís. Es una adaptación a los productos locales de una de las recetas de mi madre que más me gustan: los huevos rellenos de jamón y gambas. Los grafís son unos langostinos de río, que aquí la gente pesca con unas redes artesanas hechas de madera. Estos grafís son especiales, porque nos los regalaron Pepe y Fernando, del equipo de Machinda, como regalo de bienvenida hace unas semanas, cuando volvían agotados de la campaña de vacunación en la que vacunaron a nada menos que quinientos niños (podéis ver fotos en el flickr de Miguel). Los grafís son típicos de la zona de Machinda. El jamón es jamón serrano de verdad de la buena, que Sandra, la coordinadora en Madrid, nos trajo la semana pasada de España para ayudarnos a “acercarnos” a España de algún modo estas Navidades. Así que el menú resulta ser una fusión de los dos lugares entre los que se reparten ahora mismo nuestros corazoncitos: España y Guinea. Miro la receta en el ordenador, redactada por mi madre, pasada a ordenador por mi hermana. Cuando pelo los huevos me acuerdo un momento de Héctor, un chaval de AJIVA que estudia hostelería y que, orgulloso, en la última convivencia de deportes nos enseñaba a los monitores en la cocina la clave para pelar los huevos a máxima velocidad y sin que la clara se quede pegada a la cáscara. Vuelvo por un momento al ambiente de la convivencia, y sonrío. Entonces eran unos ciento y muchos huevos que pelar. Hoy son sólo seis, porque estamos solos Miguel y yo, aunque Skype en seguida se encarga de acercarnos a la familia, en uno de esos milagros tecnológicos que tanto se agradecen.

Mi sobrina de cinco años me cuenta que me ha guardado unos cuantos mazapanes y turrones por si voy luego, y se me nubla un momento la vista.

Por fin cenamos. Como hoy es un día especial, no cenamos en la cocina. Cenaremos en la mesa de reuniones. Es curioso esto de celebrar la Nochebuena en la oficina. La mesa está bonita. Unos mazapanes La Fama comprados en Supermercados Santy, los huevos rellenos, embutidos, frutos secos, vino Lambrusco, Mosto Don Simón, agua Ceiba, parte del último mil de pan que guardamos en el congelador y que vamos tostando. Y unas velas que hemos encontrado por ahí, que están por si (para variar) se va la luz, pero que hoy le darán un toque especial a nuestra mesa. Con el aire acondicionado se está bien en el salón. En el otro extremo de la oficina, nuestro belén hecho de cartulina, palillos y tapones de botella de agua pone el toque navideño a la sede.

Brindamos, yo con Lambrusco, Miguel con mosto, y nos deseamos feliz navidad.