viernes, 18 de junio de 2010

La bendita tozudez del Sol de Bata

El sol, como cada tarde, se ponía en el horizonte. Desde el malecón, desde el Paseo Marítimo, desde la parte trasera del edificio ruinoso y en obras de Radio Bata, desde la terraza del piso alto alto del Centro Cultural Español... desde todos esos y tantos otros lugares de la capital continental, varios ojos, entre curiosos y estupefactos, asistían cada tarde al puntual espectáculo de luces y colores.
El Sol, sabedor de ser el más importante deleite visual de la ciudad, el sustituto del cine o el teatro, cada noche se engalanaba como un actor antes de salir al escenario. No se disfrazaba, sino que hacía todo lo posible por realzar su belleza, como una chica coqueta que sabe maquillarse.
Aquella tarde se había envuelto en la mejor de sus luces, sus tonos naranjas habían sido especialmente elegidos, hasta había decidido ponerse un poquito más abajo de su ecuador ese girón de nube grisácea que le hacía irresistiblemente romántico y melancólico. Todo estaba ya preparado para el espectáculo, el Sol sentía en su ombligo unas leves cosquillas justo el momento previo a pasar aquella parte del cielo a partir de la cual se consideraba inaugurada la puesta de sol, respiró hondo mirando al mar que se extendía tranquilo bajo sus ya tenues rayos y se lanzó haciendo acopio de toda su presencia escénica.
Pero cuál sería su sorpresa cuando, a los pocos segundos de empezar el descenso rumbo al horizante, le envolvió un sentimiento gris, mucho más gris que la nube-falda que le cosquilleaba en su hemisferio sur: NADIE le miraba hoy. No era capaz de encontrar ni una sola mirada que le prestara atención. Ni un solo habitante de Bata le estaba esperando esa tarde. Todos parecían ocupados, muy ocupados. La prisa y las ocupaciones y las preocupaciones les habían atrapado. Bata estaba llena de oficinas, a su vez llenas de señores y señoras con miradas graves e incluso agresivas y de ordenadores, de teclados de ordenadores, de hojas Excel, de horas extras, de presupuestos, de teléfonos, de informes, de facturas y de prisas. Mucha prisa. Muchos plazos. Muchas citas. Muchas citas que se solapaban con otras citas. Cronogramas, listas de tareas y tareas sólo para listas (y listos).
El Sol se sintió profundamente solo.
Pero no sólo solo. Sino triste; y no sólo triste; sino triste y preocupado por los hombres y mujeres que no sólo se habían olvidadado de mirarle a él, sino que, en su autofabricada urgencia y en su autoimpuesta prisa, se habían olvidado incluso de mirarse a los ojos los unos a los otros.
Sólo existía la prisa, y la prisa los embaucaba y los encerraba. Los ponía de mal humor. Los condenaba a la soledad por más que soledad acompañada.
El Sol se secó con rabia y dignidad serena una lágrima en forma de llama. Y una vez pudo sobreponerse a lo que estaba viendo, se sintió profundamente afortunado. Afortunado, porque no tenía ninguna prisa por llegar a su horizonte, a su destino. Decidió que el espectáculo debía continuar, y representó su papel como el mejor de los días, como si tuviera sobre sí las decenas de miradas que habitualmente le espiaban. Se esmeró en los brillos finales para hacer aún más hermoso su reflejo sobre el cálido y manso mar. Había decidido que cada día seguiría saliendo y cada día se esmeraría en representar una puesta de sol aún más bella que la del día anterior. Tenía la esperanza de que, de este modo, algún día algún hombre o alguna mujer no podrían resistirse a la belleza de su espectáculo, y volvería a mirarle como siempre. El Sol, aun siendo presumido y ávido de atención como cualquier actor, en este caso no anhelaba que esto sucediera para sentirse observado sobre su aéreo y acuático escenario. Sino porque eso significaría que el ser humano, libre de la prisa y las serias obligaciones de los señores serios, habría decidido volver a apreciar las cosas importantes de la vida. Y, quizás, si le miraban a él, sería porque habrían vuelto a mirarse a los ojos los unos a los otros.
Y es por eso quizás que el otro día, cuando encontré al Sol sereno, tranquilo y hermoso como nunca al mirarlo sobre la balaustrada del Paseo Marítimo, sentí que me hacía un guiño, y que el viento cálido me susurraba: "No olvides lo verdaderamente importante. Recuerda qué pequeñas cosas son las que dan sabor a la vida"

martes, 25 de mayo de 2010

[Se cierra corchete ]

En unas diecisiete horas estaré cogiendo un avión que me llevará de nuevo rumbo a Guinea. Es una sensación extraña. Lo dije ya aquel día a Bola y a Agus: no sé cuál es el paréntesis, si éste de venir a Madrid o aquel de irme a Guinea. Fue entonces cuando llegamos a la conclusión de que esto era más bien un paréntesis dentro de un paréntesis; o sea, un corchete ([]).

Este corchete me ha dejado muchas sensaciones fuertes: el barrio, con todo ese significado que ha cobrado de un tiempo a esta parte, sobre todo por esos amigos a los que tanto he echado de menos, porque son fuente continua de nuevos retos vitales, de nuevos sueños, de bendita absurdez y de sencillo optimismo, porque siguen teniendo "la locura adecuada"; la familia, por mucho que siempre parezca que no sabes expresarles suficientemente bien lo mucho que te importan; la paz de sentirse en casa, de saberse en terreno conocido; el tiempo de calma y l oportunidad de hacer un saludable zoom para darse cuenta de una forma más realista de lo que te gusta y no te gusta de aquella experiencia, de lo que te llena inmensamente y lo que te hastía o te atrapa en esta vida de aquí. Tiempo para sincerarse con una misma, nos gusten o no las conclusiones; el Trofeo AJIVA y ser consciente de la inmensa fortuna de haber vivido sensaciones tan fuertes en esos locales, y constatar con cierta ¿tristeza? que es difícil encontrar otro algo que genere sensaciones tan fuertes, y negarse en lo más íntimo a terminar de entregárselas al pasado; la obra watabatera, y volver a ese hogar teatral (el Caro), a ese escenario que, como recordaba con Pablo, ha sido a lo largo de diez años desde una oficina de recursos humanos hasta un acantilado, pasando por un álbum de fotos o un vagón de metro, o la casa de Andrea y Marcos. Ha sido tantas cosas, que es una parte de la vida de los que nos hemos dejado muchas tardes de domingo soñando, creando, expresando, compartiendo... encima de esas tablas de madera que el tiempo va desgastando. Ha sido en parte lo sucedido en ese escenario lo que nos metió este gusanillo del teatro que te acompaña aunque estés a muchos miles de kilómetros de cualquier cosa parecida a un escenario y que te impulsa a decir de forma casi irracional "necesito hacer teatro", igual que echas de menos la ducha, montar en bici o el gazpacho; asomarse a las nuevas vidas que emprenden unos y otros: los que se casan, los que arreglan casas y las pintan de morado, los que el Nilo en casa y terrazas de ensueño con sillas coloridas y familiares, los que sueñan con vivir en una flor de loto invertida...

Y de fondo, como poniendo el marco, todas esas pequeñas cosas: un zumo de melocotón en una terraza, el aire fresco al caer la noche, la toalla suavita al salir de una buena ducha, dejarse caer en bici cuesta abajo por la calle Atocha, sentir el calor de la gente en cada abrazo (récord para el abrazo de Juanjo), sentir que te han echado de menos tanto como tú a ellos, sentir que las cosas fundamentales siguen tal y como las dejaste...

Es bonito constatar que salir de aquí no fue una huída, porque esta mi/nuestra vida de aquí está llena de cosas infinita e intangiblemente valiosas.

Y ahora, se cierra el corchete. Toca volver a aquella otra realidad que ahora mismo podría casi dudar si ha sido un sueño.

Pero tengo otro corchete escondido en la manga: nos vemos en julio. Hasta pronto.

jueves, 29 de abril de 2010

Nos faltaba un papel

Si recordáis capítulos anteriores, en diciembre se convocó el examen del concurso-oposición para los agentes de salud. Era una lucha que se había empezado varios meses antes y que ya a esas alturas había consumido muchas energías y esperanzas. Por fin, el 5 de diciembre, casi recién llegados Miguel y yo, hicimos el examen. Luego vino el curso de formación de tres meses para los quinientos que aprobaron, y que si aprobaban también el curso pasarían a tener el título de Auxiliar de Enfermería Comunitaria y con él adquirirían la posibilidad de ser nombrados funcionarios. Y pasó el curso, con sus ires y venires, sus sofocos, sus giras de supervisión llenas de kilómetros y diplomacias, sus problemas de coordinación... Y acabó el curso y llegó el examen final. Parecía que se enfilaba la luz al final del túnel. El examen no fue moco de pavo, y tuvo también sus sofocones, sus madrugones y sus "trasnochones" para organizar, evaluar, preparar y negociar.
Y también pasó el examen, y llegó el momento de los nombramientos. Finalmente eran muchos los propuestos para nombramiento y contrato. ¡Sí, objetivo conseguido! Y ahora venía la borágine: el papeleo. Imagínense más de trescientas personas con un nivel primario de estudios procedentes de los poblados recónditos del interior del país sumergidos de pronto en una macro-gymkana por las cabeceras de distrito y capitales del país en la que tenían que conseguir la friolera de unos 7 papeles oficiales. Y todo esto en tiempo récord: cuatro días. La maquinaria FRS se puso en marcha, hordas de hermanas recorrieron los despachos de las delegaciones, subdelegaciones y ministerios dispuestas a conseguir que sus equipos de agentes consiguieran los papeles a tiempo. No íbamos a permitir que el sueño de personas que llevaban veinte años trabajando gratis se fuese al traste.
Y llegó el viernes, la fecha limite. Y todo transcurría con normalidad, y estaba todo listo y preparado, y nuestras hermanas habían conseguido que más o menos todos "sus" agentes de salud tuvieran todos los papeles. Y entonces, llegó la noticia: "Pero cómo no va a ser necesario, si ese papel es el más importante".
Un gran ¡Kié! ¿¡Pero cómo!? (expresión de sorpresa que todo el mundo usa aquí una media de dos veces al día) invadió mi mente. Nos estaban diciendo que casi al límite del plazo a TODOS nuestros agentes (los casi doscientos) les faltaba un papel. Gajes de la mala comunicación. Pero allí estábamos. Un papel, un mísero papel se interponía para finalizar por fin este proceso con final feliz. Las ilusiones de todas estas personas puestas en duda por un trozo de papel firmado, un papel cuya existencia desconocía hace dos semanas y cuyo nombre ya nunca olvidaré: "El certificado de no haber sido separado de la función pública".
Pero somos cabezotas. Cabezotas hasta el final. Y lo íbamos a conseguir. También hay que decir que yendo con las hermanas por delante todo se hace un poco más sencillo, y sólo diré que ese fin de semana nos llevamos a casa los impresos oficiales de la Delegación y en cadena de montaje los rellenamos. Por un fin de semana nos convertimos en un ministerio en miniatura. Para hacerse una idea, por cada uno de los casi doscientos había que hacer un paquetito con fotocopia del DNI, carta de instancia personalizada con los datos de cada agente, teléfono, nota de ingreso y efectos timbrados. Un infierno que nos llevó todo el fin de semana a destajo. Había que dejarlo todo preparado para que en la breve ampliación de plazo que nos concedieron (un día hábil) se pudiera hacer todo el trámite: pagos en tesorería, ingresos, firmas y sellos... ¡de nuevo para doscientas personas! Colapso administrativo seguro. Pero diseñamos una estrategia pensada al milímetro, casi como quien planea el asedio a una ciudad, con planos de situación de edificios y todo para lograr hacerlo todo en el menor tiempo posible.
Ese viernes maldije, juré en arameo, me dije mil veces a míu misma aquello de "qué bien está mi madre en su casa" y me pregunté qué hacía yo allí, a las diez de la noche de un viernes, rellenando instancias de la Función Pública cuando se supone que yo había venido a este país a hacer la coodinación sanitaria de un proyecto. El sábado ya decidí tomármelo de otra forma, y cuando me vi madrugando para seguir haciendo instancias y fotocopias, decidí empezar a tomármelo con más humor y amor. Y me reí de mí misma que por Navidad pedí un libro de Medicina Tropical para saber mucho más y hacer mejor mi trabajo, cuando en realidad estas fotocopias eran irónica y probablemente lo más importante que había hecho en los seis meses que llevo aquí. Porque al final, lo que estaba haciendo ese sábado madrugando para hacer papelotes, era ser voz de los sinvoz, hacer un trámite que ellos jamás hubieran podido hacer en ese tiempo record sin todos nosotros. En el fondo, era luchar para que se hiciera justicia, y que personas que hace muchos años que merecen un sueldo no se queden sin él de por vida porque "les faltaba un papel". Era al final una lucha personal y común con las hermanas contra la pesada maquinaria de la burocracia y de la incompetencia que se interponía en nuestro camino.
Y vencimos: ganamos al reloj. No nos quedaron uñas a Mª Ángeles, a Pamen y a mí, que el lunes a las 8:30h estábamos como un clavo con los expedientes de nuestros doscientos agentes en la puerta de la Tesorería y de la Delegación de la Función Pública, mirando el reloj a cada rato y preguntándonos unas a otras con miedo a la respuesta "¿tú crees que nos da tiempo?". Pero ganamos. Y ganaron todos nuestros agentes. Y, en medio de la impersonalidad y la frialdad, encontramos a D. Maximiliano, que hizo todo lo posible desde su posición de secretario para que el trámite saliera adelante, que puso un toque de humanidad en la fría burocracia.
Y finalmente, a día de hoy, los expedientes de todos están ya listos para que nuestros doscientos agentes sean nombrados y, por fin, triunfen los más débiles.
Esta vez no fue la Medicina Tropical. Nunca se sabe...

jueves, 1 de abril de 2010

Cubos y autobuses

La esperanza toma formas inesperadas.

Salimos con el coche a vaya usted a saber dónde, quizás al supermercado, quizás a la playa, quizás a la Delegación... Circulamos por la calle.. Todo como siempre. Los puestos de verduras callejeros, la gente con sus ires y venires, el tráfico caótico... Llegamos a un semáforo de algún cruce de la ciudad, y algo me llama la atención, algo muy simple, pero que casi me hace frotarme los ojos: es un cubo de basura, un contenedor verde, de esos grandes que están diseñados para que un camión de la basura los enganche y los vuelque.
-¡Ayvá! ¡Un cubo de basura! -exclamo señalando, incrédula.
-¡Anda!-me responde alguien en el coche, que también se queda mirando al, en este contextos tan poco cotidiano objeto.
Seguimos circulando, y a los pocos metros vemos otro igual.
-¡Mira, mira! ¡Otro! (...) Y ahí otro...

Seguimos circulando, y nos vamos percatando de esta nueva población que se ha asentado en las calles de Bata, y que parece que, por el momento, han venido para quedarse: los cubos de basura.
Poco a poco, según seguimos circulando, nos vamos dando cuenta de que no hay unos pocos, sino muchos. Más tarde nos damos cuenta de que el montón de basura de la tapia del Hospital ha desaparecido gracias a estos nuevos pobladores. Vamos cayendo en la cuenta de que, no sólo se han colocado cubos de basura, sino que se están colocando precisamente en los lugares donde la gente iba contruyendo, por acumulación, las características montañas de basura.
Me cuesta creer que aquello de "¡¿sería tan difícil poner cubos de basura?!" que tantas veces he exclamado con una mezcla de indignación y desesperanza por fin tiene respuesta, y la respuesta deseada.
Todavía, cada vez que voy con el coche por las calles, me sale una sonrisilla cuando los contemplo. Quién me iba a contar hace unos meses en Madrid, donde tantos contenedores de tantos sendos colores salpican nuestro paisaje urbano, que unos simples cubos de basura, cubos en los que se mezclan todos los residuos sean del tipo que sean (con perdón), me iban a hacer sonreír este año.

...............

Pocos días antes o después (ya no recuerdo qué fue primero), volviendo de la playa por la carretera que va al mercado de Ikunde, veo una pequeña señal como las de tráfico, de color azul. "PARADA BUS", dicen unas letras mayusculas blancas sobre el fondo.
No me lo creo. "¿Ha estado esta señal aquí todos estos meses y no me he dado cuenta?" "¿Es herencia de un antiguo servicio de vaya usted a saber hace cuánto, ahora en desuso?". Voy sumida en estos pensamientos cuando mi vista perpleja se topa con otra parada, y unos metros más tarde, con otra. Algo por dentro no nos deja creer lo que nos preguntamos mientras paseamos en el todoterreno por las calles de esta que ahora es de algún modo nuestra ciudad"¿Servicio de autobuses urbanos en Bata?" Parece de ciencia ficción. Bromeamos sobre el asunto, y especuoamos con que se tratará de una buena intención sin más, una idea feliz de alguien en alguna Delegación Regional que con suerte se materializará en dos o tres años.
Unos días después, un autobús verde, como los que en Madrid hacen las rutas interurbanas, nos precede en nuestro camino por las calles de Bata. No nos atrevemos a creerlo del todo. "Será un autobús de esos que tranportan al personal de las empresas, sólo que más moderno", decimos y pensamos.
Es un domingo, al coger un taxi para bajar a Misa en los Salesianos, que le pregunto al taxista sobre el tema de las paradas, y me confirma que se acaba de estrenar un servicio de autobuses en Bata, que hace el recorrido de forma regular y con una buena frecuencia. Pregunto al taxista sobre cómo lo ven él y sus compañeros, ya que hasta ahora eran el único medio de transporte público en Bata; y me responde que a ellos no les interesa, pero que está bien porque hay gente que no se puede pagar un taxi (un taxi cuesta al cambio unos 45 céntimos de euro), y que van a usar el servicio. Me bajo del taxi sonriente, acordándome también de los cubos de basura, y no puedo dejar de pensar que de algún modo estamos asistiendo a pequeños momentos importantes de este país que, por qué no desmarcarse por un rato del escepticismo habitual , de repente pasa a tener algunos pequeños servicios básicos que repercuten directamente en las personas.

Depende del día. Hay días en que piensas que nada va a cambiar. Hay días que piensas que interesa poco el cambio. Hay días que piensas, con enfado, aquello de "cada uno tiene el país que se merece". Hay días que te toca pegarte con este u otro cargo intermedio que te hace más que difícil el trabajo. Hay días en los que echas de menos hasta que la cajera del supermercado te salude, o al menos te mire.
Pero también hay días en los que Tina te muestra toda su hospitalidad y te hace sentir en tu casa cuando te invita a comer en su casa; en los que las parteras de Machinda acuden arregladas a recibir un seminario y fríen a preguntas a los ponentes; en los que, de pronto, las calles se llenan de cubos y autobuses.

Lo dicho: la esperanza toma formas inesperadas.

sábado, 20 de marzo de 2010

Paquito

Son las once de la noche. Estoy sola en casa, porque todo el mundo ha decidido irse por ahí hasta altas horas, pero a mí me apetecía más quedarme tranquila en casa, cenar un poco de leche con cereales y escribir y leer un rato, disfrutando por una noche de ese "estar solo en casa" que hace rato que hemos perdido desde que somos familia numerosa y que tan bien viene de vez en cuando.
Antes de subir a la habitación, voy a asegurarme de que la puerta está bien cerrada. Esta gente ha salido un poco a trancas y barrancas y se han dejado todas las llaves sin echar. Cojo las llaves y me dispongo a cerrar el cerrojo de la cancela blanca, y me encuentro con que no cierra bien. Intento cerrar, pero algo falla en el cerrojo.
_¿Te has quedado?- me grita una voz conocida desde la oscuridad del patio.
_¡Hola, Paquito!-le digo mientras le busco entre la sombra de la noche. Paquito es muy negro, y como cuando está el generador puesto, como esta noche, no damos las luces del patio para no sobrecargarlo, hay que hacer un esfuerzo para verle- Pues sí, es que mañana me toca levantarme pronto para trabajar un poco.
-Ah... -Paquito se ríe.
-Este cerrojo no cierra-digo mientras sigo probando con la llave.
Paquito no pierde un minuto y se pone a mirar qué demonios le pasa al cerrojo. Busca un martillo, le da unos golpes al cerrojo y en menos de cinco minutos el cerrojo está arreglado.
-Esta casa... Siempre hay algo nuevo- dice Paquito mientras le da unos martillazos.
-Gracias, Paquito. ¡Qué haríamos sin ti!. Buenas noches.
Paquito se ríe de nuevo y me da las buenas noches.

Paquito es nuestro guachi. Bueno, uno de nuestros guachis. Porque tenemos dos. Pero es que Paquito es nuestro guachi preferido.
Guachi viene de guachiman, que a su vez es la adaptación guineana del término anglosajón watchman. O sea, que Paquito es nuestro vigilante.
A Paquito se le coge cariño rápido. O al menos Miguel y yo se lo cogimos en seguida. No es especialmente hablador, ni especialmente simpático. Pero tiene algo que le hace entrañable.
Además, Paquito es la eficacia hecha persona. Además de vigilante, es electricista, y con los problemas de electricidad que tiene esta casa, eso es un valor añadido. Pero no es sólo eso: es que Paquito siempre está dispuesto para lo que se necesite en la casa en su turno de trabajo, aunque no sean "estrictamente sus funciones". Lo mismo te cambia la bombona de butano (porque tú eres un pardillo europeíto recién llegado que no tiene ni fuerza ni maña para apretar bien la manguera) que te da unos martillazos para arreglarte el cerrojo ipso-facto o se pasa las noches tocando los cables y los diferenciales para que tengamos luz en casa.
Paquito no sólo es trabajador, sino que le gusta hacer bien su trabajo. Por ejemplo, siempre pregunta quién queda en la casa o quien falta por llegar, como para tener bien controlado cuándo llegamos todos, o cuando debe preocuparse si ve algún movimiento raro dentro de la casa.
Cuando llegas por la noche a casa, le encuentras en su garita, escuchando la radio, o leyendo algún libro, a la luz de una vela si se ha ido la luz.
Cuando has perdido la cuenta de los turnos de los guachis, y de repente te encuentras con que esta noche le toca a Paquito, te da una alegría, porque sabes que hoy no te tendrás que ocupar de bajar a cambiar la luz de la calle a la luz de generador y viceversa las veinte veces por noche de rigor, sino que él va a estar pendiente de todo; porque sabes que Paquito se toma en serio su trabajo, como si fuera el más importante del mundo. El día que está Paquito, sabes que de un modo o de otro acabará habiendo luz en la casa. Paquito es responsable y muy trabajador.

Cuando me enfado o me ofusco, porque a veces me cuesta el carácter de la gente de aquí, pensar en algunos guineanos, entre ellos Paquito, me hace recuperar la motivación y la paciencia, me hace recordar que merece la pena estar aquí.

Y terminare este homenaje a Paquito con una cancioncilla-chorra que nos inventamos el otro día Miguel y yo en uno de esos momentos cantarines-compositores que nos dan de vez en cuando y que van nutriendo la colección Guinea-Mix (canciones inventadas sobre personajes y circunstancias de esta nuestra gran aventura) que venderemos a la vuelta hasta conseguir ser disco de platino:

(Imagínese a ritmo de Paquito el Chocolatero)

"Paquito, el guachi que quiero
experto en el mundo entero.
Enchufes, diferenciales,
el grupo y todas las fases.
Ti-to-ti-to-ta-ti-tirorí-tirorí ¡LUZ! ¡LUZ!
Ti-to-ti-to-ta-ti-tirorí-tirorí ¡LUZ! ¡LUZ!
Ti-to-ti-to-ta-ti-tirorí-tirorí ¡LUZ! ¡LUZ!
..."

miércoles, 10 de marzo de 2010

Pequeño momento histórico

Miro por la puerta entreabierta, y veo la sala que me acogerá durante las mañanas y tardes de los próximos dos días y medio. Una sala moderna, con una gran mesa de reuniones y varios sillones de oficina a su alrededor. Sólo algunas de ellas están ocupadas. El resto están vacías, esperando al resto de invitados a la reunión, mientras un par de personas se afanan en lo que parece ser la preparación de la misma. Por la ventana del Hotel Club Naútico de Luba se puede ver el mar.


Veintiséis horas antes, me suena el aviso de Skype. Es Dani, que me habla desde el piso de abajo:

Daniel Cobos: puedes bajar
??
Virginia Núñez Martínez: Sí. Allá voooooy


Saludo y me presento. "Hola, soy la Dra. Virginia Núñez, de FRS". Extiendo la mano e inmediatamente es estrechada por las manos de los que están en la sala. Los días en Malabo, con la gente del Ministerio, me hacen recordar esos árboles que flanquean las carreteras, con sus miles de hojas con forma de manos abiertas, como una multitud que tendiera sus miles de manos, dispuestas a ser estrechadas.

-Sí, bueno, pues voy a hablar con ella, a ver si cabe en su plan de trabajo.
Dani cuelga el teléfono.
-A ver, nos han invitado a una reunión con un grupo restringido del Ministerio, porque van a rehacer la política sanitaria del país. Me han llamado a mí para ir como experto, pero yo no puedo ir. ¿Puedes ir tú?

Intercambio unas palabras con el que resulta ser el Director General del Programa de Vacunación. Hablamos de España, de la época colonial, de la cooperación de los noventa...
Al más puro estilo del país, la hora de empiece se retrasa.
Por fin van llegando los asistentes. Finalmente, el Secretario de Estado de Salud Pública inicia la reunión. Empezamos de pie. Tras la apertura, nos sentamos. Nos explican que estamos allí para actualizar el Plan Nacional de Desarrollo Sanitario, con el apoyo de la OMS. A mi alrededor, los Directores Generales de Farmacia, Planificación, Prevención, Recursos Humanos, Laboratorios, Salud Reproductiva... Un representantes del FNUAP, uno de la OMS, uno de la brigada médico-cubana. Y también yo, representando a ese gran nosotros, FRS.
La prensa anda por allí. Nos graban para el telediario.

"¿Pero tú crees que yo puedo ir?"

Empieza la reunión, y fijamos un poco los objetivos y el plan de estos dos días. La verdad es que las cosas no están muy claras, y nos lleva un rato reconstruir el programa. Finalmente, todo queda más o menos esbozado. Al final de la reunión parece que todos tenemos más o menos claro para qué se nos ha convocado allí.

"¿Ilustre? Soy Daniel, de FRS. Mire, que aunque yo no puedo ir a la reunión, va a ir la Dra Virginia, nuestra Sanitario de Sede. Aunque no como experta, pero sí para llevar un poco la voz de FRS. De acuerdo. Bueno, pues mañana por la mañana le llamo y me comenta cómo va la agenda, si le parece bien. Hasta mañana entonces."

Al día siguiente por la mañana, nos plantamos ante el antiguo documento de Política Nacional de Salud. Data de dos mil dos. El trabajo consiste en actualizarlo. Punto por punto, vamos revisando el documento, opinando, debatiendo, discutiendo, modificando. Llega la parte en que se enumeran los problemas del Sistema Sanitario, y tengo ocasión de ir dando la visión que ayer consensué con Dani que íbamos a dar cuando hablamos por teléfono por la noche , alumbrando mis anotaciones con la linterna y salvando los problemas de cobertura ( yo desde la casa de Elá Nguema, en Malabo; él en Bata) entusiasmados con la idea de poder comentar en un foro como ese las cosas que tantas veces hablamos por la sede, que oímos a las hermanas y a los equipos, a las que damos vueltas unos y otros, y en las que tanto quisiéramos de alguna manera poder incidir para mejorar el sistema de salud.
Para mi sorpresa, pese a ser mujer y la más joven de todos los que están en esa sala, se me escucha con respeto, se atiende a las sugerencias que presento, noto el crédito que se da a todo lo que digo. Y sé que no es a mí, sino a FRS. Y sé que Dani tiene mucha culpa de que en el Ministerio se escuche tanto a FRS, y de rebote a mí en este momento. Dice el coordinador en algún momento de la reunión que somos algo así como la voz "desde el terreno".
"¿Sí, Virginia?", me dice el coordinador de la reunión con interés cada vez que levanto la mano.

-Bueno, pues vamos a buscar, que yo creo que aquí en la Sede tiene que haber algún ejemplar de la antigua política.
Me paso la tarde leyendo las recomendaciones de la OMS, los building blocks, lo que puedo para estar un poco más a la altura de las circunstancias.

Finalmente, tras largas discusiones, se traza una hoja de ruta para rehacer la política de salud del país y el cómo llevarla a cabo. El Ministerio cuenta con nosotros para varios grupos de trabajo de aquí a julio. Planifican hacer cosas en las que nosotros, FRS, ya habíamos planificado también trabajar. Genial, parece que cuadra. Nos ponemos a su disposición.
A la salida de la reunión, tengo una mezcla de cansancio, esperanza, sensación de haber presenciado y sido partícipe de un pequeño momento histórico, miedo a que las buenas intenciones se queden en eso y ganas de seguir trabajando en esto, porque es difícil estar más en lo macro, porque de alguna manera esto va a tener impacto.

-Tú tranquila, Vir.
-Vale. Mañana te cuento.

Cuando en CAPS hablábamos de trabajar con los sistemas públicos de salud, no creo que ninguno imagináramos poder llegar a estar en situaciones como esta.

-Dani te ha hecho un regalo-me dijo Miguel en la Plaza de la Catedral, donde nos encontramos a la vuelta del segundo día de reunión.
Lo sé. Sé que, si Dani hubiera podido, le hubiera encantado estar en una reunión así. Y sé también que lo hubiera hecho mejor que yo. Y sé que él lo sabe.
Sin embargo, decidió confiar en mí.
Gracias, Dani.


domingo, 21 de febrero de 2010

RPH

Está lloviendo, pero lloviendo de lo lindo desde hace unos diez minutos. Debe de haber caído en este rato toda la lluvia que cae en Murcia en dos años.
Hace un par de semanas una tormenta como ésta, de ésas que la época de lluvias está mandando como primeros avisos (una especie de "ahí vooooooy") de su retorno, nos hizo levantarnos a las cuatro y media de la mañana para recoger toda el agua que caía del tejado en forma de goteras. Bueno, o mejor dicho del no-tejado, porque lo que pasaba era que nos lo estaban arreglando, poniendo tela asfáltica y todas esas cosas para erradicar por fin las goteras, y para eso se quita el tejado antiguo. Pero todo el mundo sabe que para hacerte mechas tienes que pasar por ese momento horrible en el que te llenan el pelo de mejunges y papeles albal antes de quedar convertida en algo medianamente parecido a Leticia Ortiz; y eso le pasó a nuestro tejado.
Gracias a Dios, a nuestro tejado ya le han quitado los papeles de plata y le han dejado un pelo sedoso, gracias a lo cual puedo estar escribiendo mientras escucho cómo el agua golpea el tejado en lugar de achicar agua como la otra noche.

Y me viene esto a la cabeza, porque ayer tuve una sensación semejante en Angokong: después de recorrerme todo el país en coche en viaje de trabajo, con muchos kilómetros a la espalda, varios pequeños escándalos en el corazón, mucha vida social de esa fabricada en un instante, mucho sudar, mucho que coordinar y un poco que negociar, llegar a Angokong fue como de pronto entrar bajo ese techo recién reparado que ya no tiene goteras, y bajo el cual oyes con gusto la lluvia mientras estás seco y calentito. ¿Que qué hay en Angokong?: Las Hermanas Hospitalarias. Y son hospitalarias porque trabajan en los hospitales, supongo; pero para mí ayer el apellido les venía de la hospitalidad; porque nada más pisar su casa, te sientes como en tu propia casa. Te cuidan, te acogen, te integran en su día a día, se ocupan de que todo esté como tiene que estar, con sencillez pero con una sensibilidad perfecta para averiguar lo que uno necesita. "Estarás seca, ¿quieres más agua?", "Prueba estas bananas, que son de nuestro patio, están buenísimas", "Pero, ¿tan poco vas a comer?", "¿Qué tal os fue en los hospitales?".
Ayer fueron las Hospitalarias, pero podrían haber sido las Operarias Parroquiales en Niefang, las Hermanas de la Caridad en Micomeseng o en Mokom, las hermanas de Jesús-María en Luba... como ya ha sido muchas otras veces. Hace dos días, también durante la gira, con las hermanas franciscanas de Akonibe, aunque ni siquiera nos habíamos visto nunca, pasó en un momento algo parecido: nada más entrar allí, me sentí en casa, como si fuese una pequeña "sucursal" del sentirse querido y recibido sin esperar nada a cambio. Fueron apenas quince minutos lo que pasé con las hermanas, pero en ese pequeño rato ya me hicieron sentir acogida, cuidada, y sin darse cuenta me regalaron una buena dosis de la paz que respiran ahí dentro (es un convento de clausura). No faltaron los dulces para el camino, hechos por ellas mismas. ¿Se fabrica el cariño en diez minutos?

Pues esto, que no sólo cuento yo, sino cualquiera que pasa por sus casas, constituye lo que Miguel y yo hemos dado en llamar la “Red de Protección de Hermanas” (RPH), y que consiste en que todo el país está salpicado de personas, las hermanas (trabajen o no con FRS), dispuestas a acogerte y cuidarte, a echarte una mano en el apuro que tengas, a recibirte aunque llegues en momento inoportuno, a ofrecerte lo mejor de sí mismas.

Con razón hace tiempo se les llamaba “madres”.

(Nota: la tormenta ha sido tan fuerte que el techo nuevo no ha resistido: goteras de nuevo. Pero siga valiendo el símil).