sábado, 21 de agosto de 2010

Un puntito de magia

Esta noche hay un puntito de magia. Volvemos del aeropuerto de Malabo hacia Elá Nguema. Está lloviendo. El limpia-cristales del taxi resbala sobre la luna delantera, fragmentada en añicos por algún golpe más o menos reciente, como en muchos taxis de aquí. Suena una música que es algo así como reguetón, pero a la guineana:

“Esta noche te voy a hacer mi señora… “

La letra es desastrosa, rozando lo jocoso; pero hay que reconocer que tiene ritmo. El taxista sube el volumen, y mirando por las ventanillas me siento como dentro de la escena de una película, por la cuasi-autopista desierta, viendo pasar la ciudad semi-iluminada a nuestro lado. “Esta noche hay un puntito de magia”, le digo a Juan, que va sentado a mi lado en la parte trasera del taxi.

Venimos de dejar a Ceci en el aeropuerto. Por razones que sólo entiende quien (y entiende todo el que) ha vivido en este país, Ceci tiene que salir sin visado de salida y con el visado de entrada caducado hace una semana. Estaba nerviosa. Hasta hemos ensayado la escena unos minutos antes en la terraza de casa. Juan era el policía que, con cara de pocos amigos, le preguntaba por su visado. El roll-playing ha salido bien. “¿Cómo lo podemos arreglar?”, le preguntaba Ceci a Juan_policía, intentando ser lo suficientemente ambigua como para no dejar demasiado ni demasiado poco claro que estaba preguntando el costo de salir del país sin más problemas.

Ya en el aeropuerto, después de pasar los trámites de revisión de maletas, véase una especie de escáner humano a golpe de abrir cremallera y hurgar en el interior de tus pertenencias (cuánta ropa interior usada de diversas nacionalidades ha tenido que tocar esta gente) y después de realizar la facturación, llegaba el momento de la verdad: Juan y yo, que hemos decidido acompañarla para dar apoyo moral y poner cara de cooperantes_buenos_buenísimos si había algún problema, o sacar mi cotizado carnet de protocolo blanco y recién plastificadito en España por si servía de algo, después de darle un beso y un abrazo, nos hemos quedado detrás de la mesa donde por fin tenía que enseñar su pasaporte a la policía. Desde donde estábamos, sólo se oían fragmentos de la conversación. Un “¿cuánto tienes?” llega a mis oídos. Ceci saca tres billetes de color morado, y deposita en la mesa el pago de su “visado” de salida. Lo ensayado se cumplía tal cual. El policía, después de guardar el pago en su bolsillo, le hace una señal para que la acompañe a una estancia interior, que todavía se ve desde donde Juan y yo estamos situados. No la perdemos de vista. Y de pronto, me siento como si Juan y yo fuéramos miembros de la Orden del Fénix, camuflados en el mundo de los Muggle, y dispuestos a sacar nuestra varita mágica ante cualquier movimiento que nos resultase sospechoso. Con un Accio Billetes, los 30000 CFA salen del bolsillo y vienen a nuestras manos, y con un Expecto Patronus creamos una fuerza protectora que impide que a Ceci le pase nada malo, y le permite volver sana y salva a Madrid. Vuelvo en mí misma y me doy cuenta de que tanto leer Harry Potter me está trastornando un poco… pero no me importa.

Por fin Ceci, después de la foto y el escáner de las huellas dactilares de rigor, se vuelve, sonríe, nos dice adiós con la mano, y se dirige a la sala de embarque. ¡Prueba superada! La Orden del Fénix se retira y coge un taxi.


Lo dicho: esta noche tiene una pizca de magia.

lunes, 16 de agosto de 2010

¡Aquí huele a "ratÓnnnn"!

Con esa frase y el ceño fruncido recibía un día a Dani hace tiempo la responsable continental del programa de Tuberculosis. En su despacho olía a "ratÓnn", con una fuerte y acentuada "O" y unas nasales enes; y es que eso aquí pasa hasta en las mejores familias.
Aquí la fauna se sucede la una a la otra, casi como por ciclos, porque en realidad esta casa no es más que un pequeño ecosistema, con su cadena alimentaria y todos sus demás complementos. Si exterminas a unos, aparecen los otros. Es así, y así hay que aceptarlo.
Están las salamanquesas, que aunque te den algún que otros sustillo cuando vas de noche por la cocina y de repente se mueven por la pared, pues oye, se comen a los mosquitos. Si quitas las salmanquesas, aumentan los mosquitos. Están los ratones, que dejan todo requetecagado y roído; pero, oye, mantienen a raya a las cucarachas; si quitas los ratones, aumentan las cucharachas. Podrían estar los gatos como en casa de Ana, pero exigen demasiada responsabilidad y atención y su orina huele muy mal; pero oye, se comerían a los ratones. Están las cucarachas, que también lo dejan todo lleno de cagadas y esparcen la mierda por la que circulan con sus gigantescas patas y alas; pero, oye... vaya, lo siento, no consigo encontrar ninguna utilidad, ni tan siquiera en la cadena trófica, para las cucarachas. Supongo que algún sentido tendrá su existencia...

Bueno pues, como decía, no nos animamos a tener gato. Como consecuencia, los ratones se han ido haciendo fuertes. Al principio era sólo Gutemberg, el que compartió las campanadas de año nuevo con nosotros desde su escondrijo en la encuadernadora. Pero a él se le fueron sumando Saimaza, el que vivía en la cafetera; Zanussi, el que se montaba los festines bajo el frigorífico y hasta Chueca, el que no se atrevía a salir de nuestro armario, aunque rascaba la puerta por dentro cada noche (resultaba muy tétrico despertarse y oírlo a las cuatro de la mañana, como en una película de terror en la que algún fantasma se esconde en el ropero y rasca por las noches :S ).
Llegó un momento en el que la multiplicación llegó a un ritmo tal que ya no éramos capaces de distinguir quién era quién. Si la familia ratona era tan grande que ya ni los conocíamos, había que tomar una decisión. Como dice Miguel para justificar el cruel veredicto que dictamos entre todos los seres humanos que habitamos esta casa, "no había opción: eran ya más que nosotros". Así que la batalla comenzó: la rapidez de reproducción ratonil contra la aguda inteligencia humana. Y la aguda inteligencia humana llegó desde la sabiduría de una adorable monjita en la década de sus setenta, farmaceútica en uno de nuestros centros de salud, y que tras muchas otras décadas en Guinea decía conocer el mejor remedio contra los roedores: Indometacina. Para los legos en la materia explicaré que la Indometacina es un antiinflamatorio potente que se usa sobre todo para enfermedades reumáticas. La salvación contra el dolor de muchos humanos resultaba ser un poderoso veneno contra los ratones: se había declarado la guerra química en la casa-sede de Mbá Nguema.
Catalina, que así se llama la religiosa experta exterminadora de ratones, buscó en los almacenes perdidos de María Gay el tesoro que nos liberaría de nuestros incómodos okupas: un envase clínico de mil pastillas de indometacina "gran reserva", véase caducadas desde el 2005. La noticia se difundió, y en la antigua casa de Dani y Laura, donde ahora viven un tropel de consultores y otros cooperantes-FRS, se probaron los nuevos artefactos a modo de minúsculo Iroshima. Llevados por la urgencia, y aún sin tan siquiera haber comprobado en profundidad la efectividad del arma, comenzó la instrucción militar a gran escala: el bote de indometacina pasó de casa en casa, y los "soldados" más adiestrados enseñaban a los novatos el proceso de preparación de los cebos. Se trataba de machacar cuidadosamente en mortero las pastillas antiinflamatorias, elegir un cebo suculento (galletas Gullón Tropical, raspas de queso, y hasta pan con aceite pensado para perdición de los ratones_señorito_andaluz). Una vez elegido el cebo, se coloca sobre un papelito y se espolvorea generosamente con los polvos de indometacina, se coloca en lugar accesible pero íntimo (los ratones son tímidos, y prefieren comer a escondidas) y a esperar.
Así lo hicimos en nuestro "hogar", y cuál fue nuestra sorpresa cuando al día siguiente los cebos habían desaparecido de sus lugares. Reímos con risa malévola al intuir lo que pasaría en breve. Pero no: los días pasaban y los ratones seguían paseando a placer por nuestra cocina, nuestros pasillos, nuestra oficina y nuestros dormitorios. Y hasta parecía que nos hacían una mueca jocosa al "esprintar" patinando ante nuestras narices sobre las baldosas. Más tarde aparecieron los cebos, movidos de sitio, pero sin comer. Los ratones se habían reído de nosotros y nos habían hecho creer que habían picado el anzuelo, cuando simplemente se habían dedicar a juguetear con nuestros cebos. Desmoralizados, empezaba a fallarnos la confianza en nuestra arma química.
Pero cinco días depués del lanzamiento del arma de destrucción masiva, mientras subía las escaleras pensando en que por el olor que salía por el pasillo se debían de haber atascado de nuevo las tuberías, se me abrieron mucho los ojos como cuando intuyes algo claramente y me sorprendí a mi misma exclamando "¡Aquí huele a ratÓnnn!". Y entonces comprendí en toda su profundidad el significado de la frase que aquella mujer sabia había dicho aquel día a Dani. Decir "¡Aquí huele a ratÓnnn!" quiere decir " Aquí huele a putrefacto, a cuerpo en descomposición, a cadáver, a anaerobio". Y supe que muy probablemente habíamos triunfado. Entonces, después de haber sido asesinos a sueldo, pasamos en un momento, cual Mortadelo, a cambiar de disfraz y ponernos el de forense. Por algo soy la nariz más aguda a este lado del Misisippi; así que, uno por uno fui buscando los cadáveres usando mi pituitaria como radar. Y allí fueron saliendo, algunos ya cubiertos de gusanos: uno en la bombona de butano, otro entre las cajas en la oficina, otro junto a los armarios de la cocina...
El problema es que mi pituitaria dice, y la de Carmen me apoya, que el cuarto individuo se encuentra metido en la caja del aire acondicionado, así que en estos casos no sabemos cómo se procede al levantamiento del cadáver. Suponemos que habrá que llamar a un técnico.

Moralejas: la insuficiencia hepática por indometacina en ratón casero común tiene un período de latencia de entre tres y cinco días; y nunca subestimes la capacidad de una monja septuagenaria como planificadora de muertes en masa.

martes, 3 de agosto de 2010

No siempre es fácil

No... No siempre es fácil. Hay momentos duros. Y te sorprende al cabo de los meses descubrir que las cosas que te cuestan no son precisamente las que imaginaste cuando pensabas en venir para acá. Máxime cuando tienes más o menos cubiertas ciertas comodidades (el agua, la luz, el ventilador y hasta el aire acondicionado, la comida a la occidental...) y te das cuenta de que las que te cuestan son otras más "psicológicas": la invasión permanente de tu casa, que, además de ser compartida sin que tú elijas ni con quién ni cuándo, no es una casa, sino una oficina, con la falta de "libertades domésticas" que eso supone; el desgaste de ver a los mismos siempre y en todos los contextos, forzando una intimidad que no tienes en Madrid ni con tus mejores amigos (aunque como contrapartida estoy segura que unos pocos de ellos posiblemente llegarán a serlo); la claustrofobia de estar privado de la oportunidad de dar rienda suelta a tus aficiones favoritas; de nuevo la claustrofobia de vivir en el trabajo y con la gente del trabajo, lo cual implica no disfrutar de la bendición de desconectar tu cabeza del trabajo en las 24 horas del día durante más de un año, incluidos domingos y fiestas de guardar; la incomodidad de medir tus palabras en la calle para no decir ninguna "inconveniencia"; y un lo suficientemente largo etcétera para a veces tener ganas de coger el primer avión a casa...

Reconozco que hoy estoy un poco pesimista; y también reconozco que ya va siendo hora de volver (en estas post-vacaciones ya lo veo meridianamente claro). Y también reconoceré que esta experiencia me ha enseñado muchas cosas: de lo que quiero y no quiero para mi vida; de lo que es y no es la cooperación; de las idealizaciones que se hacen de la misma; del estilo de vida que supone ser cooperante, y que en muchos casos no cuadra con patrones idílicos forjados en las mentes; de lo que es tratar con gente con poder; de qué trabajo me gusta hacer y cuál no; de cuáles son mis límites en la convivencia y en el trabajo; sobre para qué cosas soy menos extraordinaria y más bien más normalita de lo que creía; de qué cosas son realmente "la libertad", e incluso "La Libertad"; de qué cosas valoro de mi tierra y de mi gente, con todas sus imperfecciones; de lo importante que es cuidarse mutuamente en todo momento cuando viajas en pareja; ... y el gran tesoro que es tener una pareja como la que yo tengo, con la que viajar por el mundo y por la vida es algo grande.

Pero no quiero que este sea un post triste y desengañado, igual que no quiero que los cuatro meses y medio que me quedan aquí sean un mero cierre, un mero consumir lo que queda y punto, sino que me comprometo a intentar hacer de ellos algo especial con las últimas ganas que me quedan. No quiero olvidar aquella frase que tantas veces me ha cargado las pilas desde hace tiempo: "Lo que hagáis, hacedlo con todo el alma". Eso es :si haces algo, pon toda la carne en el asador, pon toda tu energía, todas tus ganas y todas tus fuerzas. Sin tibiezas. Con pasión.
No lo olvides.

No lo olvidéis.

sábado, 3 de julio de 2010

Sin ruedines y con la melena al viento

Dejo una vez más este país. Vuelvo al mío. La otra vez, cuando salí de España, cuando el avión despegaba, se me caían unos cuantos buenos lagrimones. Yo creo que el americano que iba sentado en el asiento de al lado debió de pensar que me dejaba en tierra al amor de mi vida, a un hijo, o algo así. Y no. Simplemente me alejaba de nuevo del mundo conocido, del hogar, y me aventuraba otra vez a este mundo a ratos hostil, y siempre, por mucho que lo intentes, extranjero. Volvía además a un lugar laboral desconocido, con Dani saliendo del proyecto y oliéndose su vacío ya antes de hacerse real. Me iba de cabeza a un mundo en el que iba a tener que ponerme las pilas para estar a la altura de las circunstancias, porque me soltaban por fin como cuando aprendes a montar en bici y te sueltan por primera vez sin ruedines. La quemazón con la que me había ido en el mes de abril, los enfados y sofocones de los últimos días de abril aún estaban demasiado patentes en mi memoria, y lo que quería era salir corriendo, pisar terreno conocido y sentirme en un entorno amigable, en el barrio, entre mi familia y mi gente y olvidarme del país del proyecto y de todo.

Ahora, en cuatro horas, vuelvo a coger el vuelo que me llevará a España. Ha sido un mes intenso este, de mucho trabajo, de muchas nuevas mochilas colgadas a la espalda, de muchos nuevos retos, de consolidar muchos aprendizajes, de espabilar en muchos aspectos, de muchos “querer es poder” porque no queda más remedio. Y, sin embargo, creo que puedo decir que empiezo a cogerle el gustillo a esto. Quizás porque, por necesidad, empiezo a tener en mente casi toda la información de nuestro pequeño mundo-proyecto. Creo que puedo decir que ahora sí tengo una idea de conjunto de todo lo que nos traemos entre manos, de lo que estamos haciendo. Y lo que más me apasiona: creo que, después de conocer toda esa información, empiezo a tener criterio propio para intuir por dónde deben ir las cosas, empiezo a tener claro qué es y qué no es bueno para el proyecto y para lo que nos traemos entre manos; y una vez que tienes esto claro, es inevitable empezar a planificar. La cabeza empieza a volar, y no puedes parar de pensar, porque en un proyecto tan macroscópico como este, no puedes más que empezar a ver posibilidades por todas partes (¿será el “síndrome Dani”?), máxime cuando en el Ministerio empiezan a manifestarnos, sugerirnos, pedirnos, y a veces casi exigirnos que estemos más cerca en el nivel central, que transmitamos nuestro “saber hacer”, que quieren que les transfiramos la experiencia, porque (es un secreto a voces), “donde está FRS, las cosas funcionan”.

Tiene aún mucho que mejorar FRS, pero es cierto que tenemos una gran riqueza. Y una gran oportunidad, porque se nos escucha. Y esto es, sobre todo, un mérito de Dani, porque, por lo que dicen, antes nadie sabía ni qué era FRS, y ahora, por los pasillos del Ministerio, vas parando una y otra vez, y no sólo para estrechar manos y decir “hola, qué tal”, sino porque en casi todos los departamentos se nos conoce, tenemos algo pendiente, algo por hablar, por concretar o por cerrar...

Lo macro y lo micro. Lo macro y lo micro. Es lo apasionante de este proyecto. Lo micro, sobre todo, gracias a las hermanas y a los expatriados. Las hermanas, con su delicadeza, con su dar importancia a lo pequeño, con la delicadeza de dejarle como sorpresa un cuaderno nuevo y un puñado de chicles en el asiento al conductor que me traía ahora al aeropuerto, porque después de dejarme se iba corriendo al curso de informática al que, por mucho que de vez en cuando le regañe, la Hna Pilar no ha dudado en incluirle como al resto del personal sanitario, porque tiene clara la importancia de que hasta el conductor se forme y se supere. Y valga simplemente el ejemplo, porque hay otros muchos como este de hoy. Los expatriados, con las ganas de partirse el pecho por esto; porque, hoy por hoy, diría que todos somos unos idealistas ávidos de dar y de aprender, y sabemos la seriedad de lo que nos traemos entre manos, la gran responsabilidad que se nos confía. Mención especial a Ana, que ya ha empezado a ser y va a ser por largo rato compañera de fatigas, insominios, fracasos y logros.

Y yo ahí, privilegiada en un puesto que roza lo macro y lo micro, que me permite saber todo lo que se cuece y que, hoy por hoy lo puedo decir, me ayuda a crecer por los retos que me plantea, hasta por los sudores que a veces me causa.

Y aunque a ratos quiero salir corriendo de aquí, me canso del Gran Hermano, de la ciencia-ficción de Madrid, de la claustrofobia de este micro-país_micro-ciudad_microambiente; de las horas extras que se echan y que cada vez te dan menos igual; aunque con frecuencia echo de menos el barrio, la familia, “hacer el bruto” y mil volteretas con las sobrinas, las clases de baile, hacer teatro, trabajar con chavales e irme de campamento, mis amigos “locos con la locura adecuada”, las noches en Robledo, a veces hasta pasar consulta en un pueblo y esas tantas otras cosas… pues puedo decir que hoy por hoy, le empiezo a coger el aire a esto, empiezo a sentirme segura, empiezo a sentirme en mi sitio.

No sé por cuánto tiempo, pero pienso disfrutar esto que empiezo a disfrutar precisamente ahora mismo.

viernes, 18 de junio de 2010

La bendita tozudez del Sol de Bata

El sol, como cada tarde, se ponía en el horizonte. Desde el malecón, desde el Paseo Marítimo, desde la parte trasera del edificio ruinoso y en obras de Radio Bata, desde la terraza del piso alto alto del Centro Cultural Español... desde todos esos y tantos otros lugares de la capital continental, varios ojos, entre curiosos y estupefactos, asistían cada tarde al puntual espectáculo de luces y colores.
El Sol, sabedor de ser el más importante deleite visual de la ciudad, el sustituto del cine o el teatro, cada noche se engalanaba como un actor antes de salir al escenario. No se disfrazaba, sino que hacía todo lo posible por realzar su belleza, como una chica coqueta que sabe maquillarse.
Aquella tarde se había envuelto en la mejor de sus luces, sus tonos naranjas habían sido especialmente elegidos, hasta había decidido ponerse un poquito más abajo de su ecuador ese girón de nube grisácea que le hacía irresistiblemente romántico y melancólico. Todo estaba ya preparado para el espectáculo, el Sol sentía en su ombligo unas leves cosquillas justo el momento previo a pasar aquella parte del cielo a partir de la cual se consideraba inaugurada la puesta de sol, respiró hondo mirando al mar que se extendía tranquilo bajo sus ya tenues rayos y se lanzó haciendo acopio de toda su presencia escénica.
Pero cuál sería su sorpresa cuando, a los pocos segundos de empezar el descenso rumbo al horizante, le envolvió un sentimiento gris, mucho más gris que la nube-falda que le cosquilleaba en su hemisferio sur: NADIE le miraba hoy. No era capaz de encontrar ni una sola mirada que le prestara atención. Ni un solo habitante de Bata le estaba esperando esa tarde. Todos parecían ocupados, muy ocupados. La prisa y las ocupaciones y las preocupaciones les habían atrapado. Bata estaba llena de oficinas, a su vez llenas de señores y señoras con miradas graves e incluso agresivas y de ordenadores, de teclados de ordenadores, de hojas Excel, de horas extras, de presupuestos, de teléfonos, de informes, de facturas y de prisas. Mucha prisa. Muchos plazos. Muchas citas. Muchas citas que se solapaban con otras citas. Cronogramas, listas de tareas y tareas sólo para listas (y listos).
El Sol se sintió profundamente solo.
Pero no sólo solo. Sino triste; y no sólo triste; sino triste y preocupado por los hombres y mujeres que no sólo se habían olvidadado de mirarle a él, sino que, en su autofabricada urgencia y en su autoimpuesta prisa, se habían olvidado incluso de mirarse a los ojos los unos a los otros.
Sólo existía la prisa, y la prisa los embaucaba y los encerraba. Los ponía de mal humor. Los condenaba a la soledad por más que soledad acompañada.
El Sol se secó con rabia y dignidad serena una lágrima en forma de llama. Y una vez pudo sobreponerse a lo que estaba viendo, se sintió profundamente afortunado. Afortunado, porque no tenía ninguna prisa por llegar a su horizonte, a su destino. Decidió que el espectáculo debía continuar, y representó su papel como el mejor de los días, como si tuviera sobre sí las decenas de miradas que habitualmente le espiaban. Se esmeró en los brillos finales para hacer aún más hermoso su reflejo sobre el cálido y manso mar. Había decidido que cada día seguiría saliendo y cada día se esmeraría en representar una puesta de sol aún más bella que la del día anterior. Tenía la esperanza de que, de este modo, algún día algún hombre o alguna mujer no podrían resistirse a la belleza de su espectáculo, y volvería a mirarle como siempre. El Sol, aun siendo presumido y ávido de atención como cualquier actor, en este caso no anhelaba que esto sucediera para sentirse observado sobre su aéreo y acuático escenario. Sino porque eso significaría que el ser humano, libre de la prisa y las serias obligaciones de los señores serios, habría decidido volver a apreciar las cosas importantes de la vida. Y, quizás, si le miraban a él, sería porque habrían vuelto a mirarse a los ojos los unos a los otros.
Y es por eso quizás que el otro día, cuando encontré al Sol sereno, tranquilo y hermoso como nunca al mirarlo sobre la balaustrada del Paseo Marítimo, sentí que me hacía un guiño, y que el viento cálido me susurraba: "No olvides lo verdaderamente importante. Recuerda qué pequeñas cosas son las que dan sabor a la vida"

martes, 25 de mayo de 2010

[Se cierra corchete ]

En unas diecisiete horas estaré cogiendo un avión que me llevará de nuevo rumbo a Guinea. Es una sensación extraña. Lo dije ya aquel día a Bola y a Agus: no sé cuál es el paréntesis, si éste de venir a Madrid o aquel de irme a Guinea. Fue entonces cuando llegamos a la conclusión de que esto era más bien un paréntesis dentro de un paréntesis; o sea, un corchete ([]).

Este corchete me ha dejado muchas sensaciones fuertes: el barrio, con todo ese significado que ha cobrado de un tiempo a esta parte, sobre todo por esos amigos a los que tanto he echado de menos, porque son fuente continua de nuevos retos vitales, de nuevos sueños, de bendita absurdez y de sencillo optimismo, porque siguen teniendo "la locura adecuada"; la familia, por mucho que siempre parezca que no sabes expresarles suficientemente bien lo mucho que te importan; la paz de sentirse en casa, de saberse en terreno conocido; el tiempo de calma y l oportunidad de hacer un saludable zoom para darse cuenta de una forma más realista de lo que te gusta y no te gusta de aquella experiencia, de lo que te llena inmensamente y lo que te hastía o te atrapa en esta vida de aquí. Tiempo para sincerarse con una misma, nos gusten o no las conclusiones; el Trofeo AJIVA y ser consciente de la inmensa fortuna de haber vivido sensaciones tan fuertes en esos locales, y constatar con cierta ¿tristeza? que es difícil encontrar otro algo que genere sensaciones tan fuertes, y negarse en lo más íntimo a terminar de entregárselas al pasado; la obra watabatera, y volver a ese hogar teatral (el Caro), a ese escenario que, como recordaba con Pablo, ha sido a lo largo de diez años desde una oficina de recursos humanos hasta un acantilado, pasando por un álbum de fotos o un vagón de metro, o la casa de Andrea y Marcos. Ha sido tantas cosas, que es una parte de la vida de los que nos hemos dejado muchas tardes de domingo soñando, creando, expresando, compartiendo... encima de esas tablas de madera que el tiempo va desgastando. Ha sido en parte lo sucedido en ese escenario lo que nos metió este gusanillo del teatro que te acompaña aunque estés a muchos miles de kilómetros de cualquier cosa parecida a un escenario y que te impulsa a decir de forma casi irracional "necesito hacer teatro", igual que echas de menos la ducha, montar en bici o el gazpacho; asomarse a las nuevas vidas que emprenden unos y otros: los que se casan, los que arreglan casas y las pintan de morado, los que el Nilo en casa y terrazas de ensueño con sillas coloridas y familiares, los que sueñan con vivir en una flor de loto invertida...

Y de fondo, como poniendo el marco, todas esas pequeñas cosas: un zumo de melocotón en una terraza, el aire fresco al caer la noche, la toalla suavita al salir de una buena ducha, dejarse caer en bici cuesta abajo por la calle Atocha, sentir el calor de la gente en cada abrazo (récord para el abrazo de Juanjo), sentir que te han echado de menos tanto como tú a ellos, sentir que las cosas fundamentales siguen tal y como las dejaste...

Es bonito constatar que salir de aquí no fue una huída, porque esta mi/nuestra vida de aquí está llena de cosas infinita e intangiblemente valiosas.

Y ahora, se cierra el corchete. Toca volver a aquella otra realidad que ahora mismo podría casi dudar si ha sido un sueño.

Pero tengo otro corchete escondido en la manga: nos vemos en julio. Hasta pronto.

jueves, 29 de abril de 2010

Nos faltaba un papel

Si recordáis capítulos anteriores, en diciembre se convocó el examen del concurso-oposición para los agentes de salud. Era una lucha que se había empezado varios meses antes y que ya a esas alturas había consumido muchas energías y esperanzas. Por fin, el 5 de diciembre, casi recién llegados Miguel y yo, hicimos el examen. Luego vino el curso de formación de tres meses para los quinientos que aprobaron, y que si aprobaban también el curso pasarían a tener el título de Auxiliar de Enfermería Comunitaria y con él adquirirían la posibilidad de ser nombrados funcionarios. Y pasó el curso, con sus ires y venires, sus sofocos, sus giras de supervisión llenas de kilómetros y diplomacias, sus problemas de coordinación... Y acabó el curso y llegó el examen final. Parecía que se enfilaba la luz al final del túnel. El examen no fue moco de pavo, y tuvo también sus sofocones, sus madrugones y sus "trasnochones" para organizar, evaluar, preparar y negociar.
Y también pasó el examen, y llegó el momento de los nombramientos. Finalmente eran muchos los propuestos para nombramiento y contrato. ¡Sí, objetivo conseguido! Y ahora venía la borágine: el papeleo. Imagínense más de trescientas personas con un nivel primario de estudios procedentes de los poblados recónditos del interior del país sumergidos de pronto en una macro-gymkana por las cabeceras de distrito y capitales del país en la que tenían que conseguir la friolera de unos 7 papeles oficiales. Y todo esto en tiempo récord: cuatro días. La maquinaria FRS se puso en marcha, hordas de hermanas recorrieron los despachos de las delegaciones, subdelegaciones y ministerios dispuestas a conseguir que sus equipos de agentes consiguieran los papeles a tiempo. No íbamos a permitir que el sueño de personas que llevaban veinte años trabajando gratis se fuese al traste.
Y llegó el viernes, la fecha limite. Y todo transcurría con normalidad, y estaba todo listo y preparado, y nuestras hermanas habían conseguido que más o menos todos "sus" agentes de salud tuvieran todos los papeles. Y entonces, llegó la noticia: "Pero cómo no va a ser necesario, si ese papel es el más importante".
Un gran ¡Kié! ¿¡Pero cómo!? (expresión de sorpresa que todo el mundo usa aquí una media de dos veces al día) invadió mi mente. Nos estaban diciendo que casi al límite del plazo a TODOS nuestros agentes (los casi doscientos) les faltaba un papel. Gajes de la mala comunicación. Pero allí estábamos. Un papel, un mísero papel se interponía para finalizar por fin este proceso con final feliz. Las ilusiones de todas estas personas puestas en duda por un trozo de papel firmado, un papel cuya existencia desconocía hace dos semanas y cuyo nombre ya nunca olvidaré: "El certificado de no haber sido separado de la función pública".
Pero somos cabezotas. Cabezotas hasta el final. Y lo íbamos a conseguir. También hay que decir que yendo con las hermanas por delante todo se hace un poco más sencillo, y sólo diré que ese fin de semana nos llevamos a casa los impresos oficiales de la Delegación y en cadena de montaje los rellenamos. Por un fin de semana nos convertimos en un ministerio en miniatura. Para hacerse una idea, por cada uno de los casi doscientos había que hacer un paquetito con fotocopia del DNI, carta de instancia personalizada con los datos de cada agente, teléfono, nota de ingreso y efectos timbrados. Un infierno que nos llevó todo el fin de semana a destajo. Había que dejarlo todo preparado para que en la breve ampliación de plazo que nos concedieron (un día hábil) se pudiera hacer todo el trámite: pagos en tesorería, ingresos, firmas y sellos... ¡de nuevo para doscientas personas! Colapso administrativo seguro. Pero diseñamos una estrategia pensada al milímetro, casi como quien planea el asedio a una ciudad, con planos de situación de edificios y todo para lograr hacerlo todo en el menor tiempo posible.
Ese viernes maldije, juré en arameo, me dije mil veces a míu misma aquello de "qué bien está mi madre en su casa" y me pregunté qué hacía yo allí, a las diez de la noche de un viernes, rellenando instancias de la Función Pública cuando se supone que yo había venido a este país a hacer la coodinación sanitaria de un proyecto. El sábado ya decidí tomármelo de otra forma, y cuando me vi madrugando para seguir haciendo instancias y fotocopias, decidí empezar a tomármelo con más humor y amor. Y me reí de mí misma que por Navidad pedí un libro de Medicina Tropical para saber mucho más y hacer mejor mi trabajo, cuando en realidad estas fotocopias eran irónica y probablemente lo más importante que había hecho en los seis meses que llevo aquí. Porque al final, lo que estaba haciendo ese sábado madrugando para hacer papelotes, era ser voz de los sinvoz, hacer un trámite que ellos jamás hubieran podido hacer en ese tiempo record sin todos nosotros. En el fondo, era luchar para que se hiciera justicia, y que personas que hace muchos años que merecen un sueldo no se queden sin él de por vida porque "les faltaba un papel". Era al final una lucha personal y común con las hermanas contra la pesada maquinaria de la burocracia y de la incompetencia que se interponía en nuestro camino.
Y vencimos: ganamos al reloj. No nos quedaron uñas a Mª Ángeles, a Pamen y a mí, que el lunes a las 8:30h estábamos como un clavo con los expedientes de nuestros doscientos agentes en la puerta de la Tesorería y de la Delegación de la Función Pública, mirando el reloj a cada rato y preguntándonos unas a otras con miedo a la respuesta "¿tú crees que nos da tiempo?". Pero ganamos. Y ganaron todos nuestros agentes. Y, en medio de la impersonalidad y la frialdad, encontramos a D. Maximiliano, que hizo todo lo posible desde su posición de secretario para que el trámite saliera adelante, que puso un toque de humanidad en la fría burocracia.
Y finalmente, a día de hoy, los expedientes de todos están ya listos para que nuestros doscientos agentes sean nombrados y, por fin, triunfen los más débiles.
Esta vez no fue la Medicina Tropical. Nunca se sabe...