sábado, 18 de diciembre de 2010

Palmeras, discursos y gymkanas

Las 9:00 de la mañana del jueves. A menos de una semana de regresar a casa, parecía que todavía quedaba una eternidad. Estos últimos han sido días de auténtico sprint, de meter a presión en las veinticuatro horas del día todo lo que quedaba por hacer para irme a casa con "los deberes hechos": el traspaso a Carmen, el cierre del PAC III, la formulación del PAC IV y las últimas actividades del año, del tamaño de dos reuniones de trabajo con el Ministerio, para entre treinta y sesenta personas cada una: la locura.
Pero lo hemos logrado. Lo hemos logrado por el trabajo en equipo, lo hemos logrado por esa inmensa mayoría de nuestro equipo que ha demostrado saber trabajar en equipo. Y gracias , todo hay que decirlo, al café...

Esa mañana de jueves se iniciaba la última actividad "grande" con el Ministerio de este año: las jornadas de Atención Primaria de Salud. Directores Generales, Jefes de Programas, Directores Técnicos de Hospitales, Directores de Centros de Salud y representantes de FRS. Tina y Zenón, absolutamente profesionales, montan rápidamente su stand de organización. No es ya ni la primera ni la segunda reunión de esta magnitud en la que están, y tienen totalmente depurada la técnica: saben tratar con toda esta gente "importante", tienen todo listo, llevan las cuentas de todo, se quedan hasta que se les necesite... Y encima se han puesto guapísimos. Trabajan genial. Son estupendos profesionales, y además grandes personas.

Poco antes de las 10h, y casi por sorpresa, hace su aparición el Ministro de Estado de Sanidad. Todo el mundo está expectante ante su discurso. Se diría que ha decidido aparecer en el último momento aprovechando que tiene a una gran parte de los sanitarios del país reunidos. Su discurso es duro, pero equilibrado. Este hombre dice cosas interesantes. Habla sobre humanizar la sanidad, sobre asumir responsabilidades, sobre la vocación sanitaria... Pero a mí hay una parte del discurso que se me queda grabada: habla de los cooperantes, y dice que el cooperante en Guinea es como la palmera, que de ella se saca todo para usarlo (las hojas, el corazón, los frutos...) y no se la cuida nada, no se le da nada. En ese momento me siento comprendida, y siento como si de algún modo todo este pueblo me estuviera pidiendo disculpas y comprensión por las veces en las que me ha hecho sentir mal; como si me dijeran "discúlpanos, así somos, pero de verdad que somos buena gente..." Y de algún modo sentí que algunas cosas se reconciliaban en mi fuero interno.

Las jornadas fueron largas y densas. Todo el mundo tenía ganas de hablar, de compartir, de aportar. Se oyeron las voces de siempre y algunas nuevas. Se oyó al Ministerio y se oyó a FRS, y quedó claro que "nos queremos" mutuamente, que es ya una evidencia innegable que tenemos que trabajar juntos y que lo aceptamos de buen grado. El ambiente fue distendido, casi con un toque "familiar". Hace dos años FRS no se concocía en el país; hace dos días nos han asignado un despacho como asesores en el Ministerio de Sanidad. Quién iba a contarme que iba a presenciar algo así cuando hace más de diez años en Madrid vendía entradas para una fiesta de universidad con la que en una minúscula ONG tratábamos de sacar dinero para hacer un pequeño manantial en el diminuto poblado de Ayakmiken... Algunos de los de entonces (Carmen, Dani, Goretti, yo...) somos ahora parte de algo mucho más grande y con mucho más impacto y es maravilloso pensar que hemos llegado juntos hasta esto, que seguimos siendo "los mismos con otras camisetas", aunque rodeados de otra mucha más gente, y que estamos contribuyendo a lograr algo grande.

Al final del segundo día de jornadas, agotados tras trasnochar en la sede día tras día desde hace una semana para terminar todo el trabajo pendiente, a las seis de la tarde, por fin se clausuró el acto y nos fuimos a comer con la gente del Ministerio. Comimos a gusto como broche de la jornada. Y cuál fue mi sorpresa cuando al final de la comida, el Director General de Asistencia se levanta, y con su voz profunda y solemne comienza a dar un discurso. No era un discurso político, no era un discurso ni tan siquiera sanitario; era un discurso para Miguel y para mí. Era un discurso para agradecer delante de todos el servicio que habíamos prestado a Guinea y para desearnos lo mejor. Me emocionó el discurso. Me emocionó porque los guineanos no demuestran con frecuencia su cariño. Me emocionó porque de forma inesperada me hizo ver que el mito de la palmera en realidad no es tan cierto, y que este pueblo, orgulloso a veces como un adolescente, en el fondo entiende y sabe valorar las cosas importantes. Me di cuenta también de que alguna de esta gente de los grandes despachos se me han colado en el corazón como personas; y también que, como dije allí, cuando bajé del avión en Bata aquel tres de noviembre del dos mil nueve no podía imaginar la cantidad de cosas que iba a aprender en este paisito, las oportunidades que iba a tener de trabajar en ciertas áreas que nunca habría tenido en España.

Las calurosas despedidas dieron fin al último acto del año con el Ministerio. Agotados, volvimos a casa.
Y pese a estar agotados, decidimos acercarnos a la casa de los consultores (la antigua casa de Dani y Laura) para tomar algo y despedir a los que al día siguiente se iban a España de vacaciones de Navidad. Bueno, eso nos dijeron, porque en realidad todo era una artimaña para en realidad celebrar la despedida de Miguel y mía. Se lo habían currado muchísimo. Nos han conocido mucho en estos meses, y saben que lo que más nos podía gustar era una gymkana, llena de pruebas con las que ensuciarnos, hacer el ganso y perder el control por un rato. Harina y agua, cata de líquidos, clases de kárate y contact, un vídeo chorra en el que con infinito cariño nos imitaban y se reían de todas nuestras manías y costumbres, unas camisetas con el mítico slogan "perezón, perezón", el juramento hipocrático y licenciatura de Miguel como "médico" con suficiente respado y una tela con pinturas africanas para colgar en nuestro nuevo pisito y tenerles presentes a todos cuando, separados, sigamos cada uno nuestros caminos. Reí a carcajadas. Reí a carcajadas como hacía tiempo que no reía. Necesitaba jugar. Jugar con gente a la que aprecio y que tienen ya un rincón importante en nuestras vidas; porque han demostrado ser, entre otras cosas, transparentes, generosos e idealistas.

Hace dos días, con el discurso del Ministro, empezaba mi reconciliación final con esta experiencia que a ratos me ha resultado tan dura. Creo que he empezado a descargar una mochila que llevaba sobre los hombros y eso me está haciendo sentir, como dice Dani, que "estoy volviendo a ser yo". Es más, no simplemente vuelvo a ser yo, sino yo con la huella de esta experiencia que apenas empiezo a vislumbrar todo lo que me ha aportado.

viernes, 19 de noviembre de 2010

All included

Me bajo del taxi, y allí me espera Ann, sonriente como siempre, delante de la valla metálica. Nos saludamos y me acompaña hasta la caseta. Carteles en inglés salpican las paredes de aquella pequeña oficina donde una educada señorita me solicita mi documento y me pide el nombre de la entidad en la que trabajo. Me inscriben como visitante y me dan una tarjeta (imantada o algo así). Ya estoy lista para cruzar la valla. La valla se cruza pasando la tarjetita (sigo suponiendo que imantada o algo así) por un lector. Ann tiene la suya y pasa sin problemas. A mí, que soy torpe en estas lides, me cuesta un poco más, pero finalmente el torno de metal gira y cruzo al otro lado. Lo que se veía desde la entrada, interrumpido en el campo de visión por el metal intermitente de la valla, se abre ahora delante de mí, inmenso, vasto y sin nada que nos separe.

Se trata de una gran extensión de hierba recién cortada, jaspeada por trozos boscosos-selváticos, de forma que la naturaleza parece controlada, pero no ausente. Una carretera no demasiado ancha cruza la gran extensión de terreno, sube por encima de una colina y se pierde en la distancia. A unos 500 metros se vislumbran unos chalets adosados, al más puro estilo americano. Vamos caminando por la carretera y un par de coches se paran para saludar a Ann, que les devuelve el saludo amablemente. Nos preguntan si queremos que nos acerquen a algún lugar. Después de consultarme Ann les responde que no: vamos a pasear, y así de paso veo todo esto un poco mejor. Ann me explica que hay varios tipos de casas, que estas de la colina son para la gente joven y soltera. Tiene cocina amueblada con los últimos avances en electrodomésticos: lavadoras, secadoras, etc. Hay luz veinticuatro horas. Hay Internet rápido. Hay agua corriente y potable en los grifos. Hay un hospital, con posibilidad hasta de hacer rayos X y todos los servicios imaginables. Hay dos piscina, un campo de golf, otro de volleyball, otros de tenis…

Aunque lo parezca, no estamos en un resort turístico. Aunque lo parezca, no estamos en EEUU ni en Europa. Estamos a tan sólo 10 km de Malabo. Estamos en Punta Europa, la ciudad-residencia de los trabajadores de las empresas petrolíferas americanas.

Ann trabaja en la fundación de la Universidad John Hopkins de Baltimore. Trabaja en un proyecto de Salud Reproductiva financiado por una empresa de gas norteamericana. Por eso le dan derecho a alojarse aquí mientras está en Malabo trabajando con el Ministerio en la actualización de los protocolos de salud reproductiva. Me comenta que ella no está alojada en los chalecitos adosados, sino en unas casas prefabricadas, donde duermen los obreros, las cuales tampoco están nada mal: tienen su agua, su luz, su Internet etc… Qué no tendrán las de los técnicos o los directivos…

Según me cuenta Ann, esto es realmente para los trabajadores como esos paquetes turísticos “all included”. Hasta la comida la traen semanalmente en contenedores desde EEUU, y está incluida en el sueldo. Parece que han decido que a esta gente le parezca que no ha salido de su patria. Tienen el restaurante a su disposición para hacer tres o cuatro abundantes comidas cada día. Los jueves hay fiesta, promovida por los venezolanos (que también los hay).

A nuestra izquierda, bien valladas, se ven lo que parecen las instalaciones de la plataforma petrolífera propiamente dicha.

“Esta es sólo una de los cientos de plataformas petrolíferas que hay en el mundo”, me dice Ann. “Si todas proporcionan este nivel de vida a sus trabajadores, ahora entiendo por qué es tan alto el precio del petróleo”.

Tras coronar la colina, nos cruzamos con una chica rubia que sube la cuesta del otro lado de la colina en bicicleta. Suda la gota gorda. Ann la anima con un gesto simpático. Sonríe mientras respira de forma entrecortada por el esfuerzo.

“Esto en como una ciudad”, le digo a Ann. “Sí, solo que a mí se me hace rara una cosa: no hay niños. Es artificial”.

No se permite traer niños. Al parecer, por el riesgo de paludismo. Sólo hay niños por tiempos cortos, para visitar a sus abuelos, por ejemplo.

Llegamos al “Club House”, el bar-restaurante amueblado con gusto exquisito donde al parecer la gente se reúne para charlar, ver cine… El restaurante queda contiguo. Su hamburguesa es famosa… Desde los amplios ventanales del bar se ve la bahía: preciosa.

Pedimos dos zumos de arándano y comenzamos nuestra sesión de trabajo. Hablamos de los protocolos de atención prenatal que Ann lleva varias semanas revisando y de los cuales hemos intercambiado impresiones por e-mail. Después de un par de horas de trabajo, charlamos de otras cosas: de mi experiencia en Guinea, de la experiencia de Ann en un montón de países de Latinoamérica. De su implicación en grupos de trabajo de Salud Pública de alto nivel, de sus colaboraciones para la OMS o la Cochrane. Me habla de que en los años ochenta decidió irse de EEUU, caundo en la época de Reagan comenzó el consumismo desatado, las invasiones de países latinoamericanos... Se fue y no ha vuelto, salvo de vacaciones para visitar a su familia. Me pregunta por lo que voy a hacer cuando vuelva a España, me pregunta si pienso seguir estudiando. Me dice que después de una expereincia como esta para un sanitario ya no es lo mismo, y que lo normal es enfocarse hacia la Salud Pública. Le digo que no lo sé, que está por ver. Que de momento todo lo que quiero son unas vacaciones y un poco de intimidad.

Anochece y se hace la hora de irme. Con una simple llamada telefónica un autobús del recinto me recoge y me pregunta dónde quiero que me lleve. Le indico la dirección de casa, un poco retirada del centro de la ciudad, con miedo a que me diga que hasta ahí no me puede llevar. No dice nada. Todo está incluido.


Al acercarnos a la salida, bajo del autobús, dejo la tarjeta, y un guarda me abre la valla para pasar al otro lado. Me monto de nuevo en el autobús. Por la autopista voy pensando en lo que he visto esta tarde, en que hay un trozo de una lujosa EEUU en medio de un país que a duras penas comienza a despegar.

Me deja el autobús. Camino un poco y llego casa. No hay luz, y no se sabe cuándo volverá.

En Punta Europa, seguramente, hay sesión de cine en la sala del Club House.

sábado, 16 de octubre de 2010

Aires de Mali

"Musa". La verdad es que no tengo claro si se escribe así. Antes de venir aquí, "Musa" era para mí simplemente una marca de mayonesa. Después de este año, "Musa" tiene otro significado completamente diferente.

Musa tiene una tienda. Bueno, quizás es la tienda la que tiene a Musa; porque pases cuando pases, Musa está en su tienda, la mayoría de las veces atareado, vendiendo a unos y a otros. Su tienda es de madera y pequeñita, muy pequeñita; pero tiene de todo. Y todo perfectamente colocado teniendo en cuenta el difícil orden que se puede mantener en una tienda diminuta y llena de cosas. Tiene pescado congelado y tiene regletas de enchufes; tiene lejía y panes; tiene Coca-Cola y peines; tiene desodorante y lámparas de bosque. Y, lo que más me gusta: tiene delante del mostrador tres enormes sacos como los que salen en las tiendas de las películas del oeste; uno de azúcar, otro de arroz y otro de harina. Me gusta cuando hunde el vaso en el saco y va sacando el cereal o el azúcar y lo echa en una bolsa transparente de plástico.

Otras veces está en la puerta, sentado. Y siempre que nos ve, nos saluda. Sabe que somos los blancos que vivimos en la casa de al lado; y yo creo que le caemos muy bien. Cada semana vamos a comprarle dos tiras de agua de 2000, 5000 francos de saldo o 2 batidos de mango y melocotón. Sabemos que algunas cosas son más caras en la tienda de Musa que en el supermercado, pero no nos importa y se las compramos a él; porque preferimos "hacerle gasto a Musa".

Y preferimos hacerle gasto a Musa porque ha pasado a representar algo así como al colectivo de personas que emigran a un país con la voluntad de trabajar duro para mejorar su situación. Guinea ha pasado en poco tiempo de ser un país del que salían numerosos inmigrantes rumbo a Gabón o a Camerún a ser un país receptor de inmigración desde que su nivel económico de algún modo ha subido. Son muchos los africanos de países de la zona que vienen a Guinea buscando trabajo por cuenta ajena o propia.

Musa es de Mali. Un día vimos la tienda cerrada por la noche, pero con luz dentro. Entonces caímos en la cuenta de que muy probablemente Musa vive en su tienda... en su pequeña tienda. Y desde por la mañanita ya la tiene abierta, y hasta bien entrada la noche. Cada vez que voy a comprar, me acuerdo de que creemos que Musa vive en la tiendita, y me pongo un poco triste.

Musa es serio, pero dulce; como todos lo malíes que hemos conocido aquí. Se le ilumina un poco la cara cuando le llamas por su nombre. Por eso cada vez que entro en su tienda me gusta saludarle con un "¡Hola, Musa!".

Hasta donde sabemos a Musa le ha costado algunos disgustos estar aquí: le afectó la oleada de robos que hubo hace unos meses en el barrio, le han molestado algunos con uniforme y una vez Miguel y yo presenciamos como unos adolescentes guineanos trataban de tomarle el pelo pagándole menos de lo que le debían por lo que habían comprado (sí, generalizando podríamos decir que el guineano medio es bastante racista). Musa en ningún caso se puso violento. Se notaba que estaba enfadado, pero lo único que hizo fue bajar la mirada por un momento, y sin perder los nervios, les exigió lo que le debían mientras seguía trajinando con sus cosas. Miguel se puso serio también con los chavales en un momento que a mí me resultó bastante tenso; y finalmente le dieron lo que le debían. Cuando por fin se fueron le compramos a Musa las dos tiras de agua habituales; y al despedirnos, con una sonrisa le dio a Miguel las gracias.

Nuestras sospechas que de que Mali debe de ser un lugar lleno de gentes maravillosas vienen por conocer a gente como a Musa o a Alí (el guachi de la antigua casa de Dani y Laura, siempre sonriente, amable y dispuesto a ayudar en lo que pueda); también después de oír decir a un guineano culto que acababa de regresar de allí frases como "son mucho más buenos que nosotros", o "tendríamos que aprender mucho de ellos, que son muy trabajadores: cultivan en el desierto".

En resumen, si Miguel y yo tenemos ganas de conocer Mali en un futuro no demasiado lejano no es porque hayamos visto fotos maravillosas en un catálogo de agencia de viajes; sino por haber topado aquí con personas como Musa o Alí (y otros malíes con los que nos hemos topado en comercios y otros rincones de la ciudad) y cuya amabilidad y dulzura te dejan con ganas de conocer no sólo un lugar, sino a un pueblo.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Lo mismo se plancha un huevo que se fríe una corbata

Me quejo. Me quejo muchísimo cada día. Me quejo de todo lo que me quema y me agota de aquí. Pero de vez en cuando me doy cuenta de que, por muy difícil que me esté resultando esta experiencia en muchos aspectos, lo que es innegable es que he aprendido (aún estoy aprendiendo) muchas cosas.
Algunas de esas cosas son de un corte más "espiritual", y me reservo la reflexión para cuando me vaya (supongo que será incluso unos meses después de volver a casa cuando realmente me dé cuenta de los muchos aspectos en los cuales he aprendido aquí); pero en un plano más terrenal, si echas recuento, se me va llenando la maleta de aprendizajes variados, de nuevas experiencias, de cosas que ignoraba y que ahora conozco un poco más. Y también me doy cuenta de que muchas de las cosas que estoy haciendo aquí soy capaz de hacerlas porque traigo buenos aprendizajes en el bolso de mano, y no (o al menos no sólo) aprendizajes académicos y universitarios, sino que aquellas mil y una actividades extrambóticas que he ido haciendo en mis ratos libres a lo largo de mi vida son ahora las principales suministradoras de mi particular "caja de herramientas" para sobrevivir a esta experiencia.
Y es que, en realidad, y como reza el título de este post "Aquí lo mismo se plancha un huevo que se fríe una corbata"; o sea, que aquí se hace de todo-todito tengas el puesto que tengas, así que todo lo que vengas sabiendo hacer "de serie" viene que ni pintado; y lo que no, si andas con los ojos muy abiertos, lo vas a aprender seguro.
Como ejemplo, os contaré que precisamente reflexionaba sobre todos estos vericuetos del aprendizaje y lo aprendido esta mañana, cuando me encontraba con que tengo que amueblar tres salas de parto, y sin dudarlo he echado mano a esa "caja de herramientas" en la que esta vez me he encontrado el método tradicional de mi madre para amueblar habitaciones: pintar sobre una cuadrícula la habitación a escala y recortar los mueblecitos en forma de pequeños cuadraditos de papel de dimensiones proporcionales, para intentar cuadrarlo todo sin necesidad de hacer pruebas en ninguna sala. Y es que para muchas cosas no hay manual de instrucciones, y el sentido común y todo lo que hayas hecho o visto hacer antes son tus principales aliados. Aquí cada día es una cosa, y hay que tirar de recursos: otro día toca distribuir material a nivel nacional de la forma más racional posible, y ahí la experiencia de los campamentos es clave; o diseñar un tríptico (y salen a relucir las miles de horas echadas en CAPS preparando exposiciones para el hall de la facultad); o programar una actividad (como los cientos programadas en AJIVA), o hablar en un evento, o hacer un presupesto ( y los diez años en el grupo de teatro echan un buen cable en estos y en otros muchos casos); o ser un ser capaz de manejar quince asuntos abiertos al mismo tiempo (y entonces eres consciente de que tu ventaja reside en haber sido médico de atención primaria con seis minutos por paciente , lo cual te ha convertido por fuerza en un "ser multitarea" para poder mirar en ese tiempo récord la última cifra de tensión del paciente mientras le haces las recetas, te fijas en esa nueva mancha que le ha salido en el brazo y le preguntas qué tal está por lo de la muerte de su madre).

Y esto en el trabajo. Pero si hablamos del día a día doméstico, encontramos gran variedad de cosas que hay que hacer aquí y no en España, que he aprendido aquí y que ya quedarán para siempre en esa caja, para usarlas en otra situación que se tercie: conducir un todoterreno por terrenos fangosos y encharcados que te obligan a poner el 4x4; sacar agua del pozo, filtrarla y clorarla; manejar un grupo electrógeno; matar ratones con indometacina; usar un estabilizador de tensión y combinarlo con otro con batería en un intrincado sistema de cables y enchufes para no quedarte ni sin corriente ni sin ordenador; poner bien una mosquitera; conducir en una ciudad africana (el que lo hayan hecho comprenderá a qué tipo de proeza me refiero); desarrollar sistemas creativos de ahorro de agua; atender a una compañera accidentada en el baño de la sede en plan Mc Giver... y un amplio etcétera que me hacen sentir un pelín más desenvuelta en el mundo y en la vida.

Hoy me doy cuenta de lo afortunada que soy por todo lo que pude aprender antes de llegar a esta tierra, y de algunas de las cosas sobre las que esta experiencia me está enseñando.

Y es que si algo está claro es que cuantos más retos, más aprendizaje.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Gracias, Harry; gracias J.D.

A veces este mundo es demasiado "complicado". A veces se satura un poco (o un mucho) la cabeza de tanto darle vueltas a cosas "importantes": Secretarios de Estado, Ministros, Directores Generales. Reuniones, acuerdos, convenios. Políticas, estrategias, hojas de ruta. La OMS, el FNUAP, el FDS, el PNUD, la OTC. Encrucijadas de decisiones que afectan al proyecto. Proyectos de otros que afectan a nuestras decisiones. Mirar casi con bola mágica las posibles consecuencias de las decisiones estratégicas que tomamos, con una interrogación por respuesta por parte de la susodicha esferita en muchas ocasiones. Ver clara una opción, y al momento siguiente ver como buena otra que es casi opuesta. Actividades que se retrasan porque no dependen de nosotros, pero de las que a su vez dependen otras nuestras que también se retrasan. El reloj anual con su inexorable cuenta atrás. Actividades que no se pueden realizar. Partidas de dinero que se agotan, otras que sobran. Dinero que no se puede cambiar de partida. Otro dinero que es Expediente X si se puede o no usar de una forma o de otra. Negociar con unos y con otros, sin herir sensibilidades; siendo lo suficientemente cortés y lo suficientemente asertiva. Llevar a la gente a tu terreno haciéndole creer que son ellos los que toman tal decisión. La lucha por no hacer simplemente, sino hacer con calidad... Mi propio perfeccionismo ultraexigente con la lengua fuera, porque al final he llegado a la conclusión de que casi lo único que aspiro a llevarme de aquí es la sensación de haber hecho mi trabajo lo mejor posible.

Hacer malabares con una mezcla de ciencia, protocolo y finanzas. Demasiado complicado a ratos.

Hace un año no me hubiera imaginado ni por asomo en esta tesitura. Me miro hoy por hoy, vestida "de princesa", con la cartera y el portátil a cuestas cada día, pendiente del teléfono móvil, cogiendo más aviones en un año de los que he cogido en toda mi vida junta, con un señor que conduce esperándome en el aeropuerto, con mil preocupaciones a cuestas aunque sea sábado, con pensamientos intrusos de trabajo a cada rato... y me cuesta reconocerme. Porque me veo más con mis dos coletas, tirándome con mi bici y mi casco cuesta abajo por la calle Atocha con el aire en la cara, negándome sin atisbo de duda a doblar turno para el IMSALUD, ensimismada en la parada del metro pensando en el posible argumento de la próxima obra de teatro, en un juego nuevo para el campamento o como mucho pensando en el pequeño drama de la mujer deprimida que ayer me contó sus migrañas en el diminuto despacho de la consulta de Fresnedillas.

Quizás dentro de cuatro meses parezca todo un sueño, un sueño apasionante a ratos y a ratos una pesadilla. Tendré una tarjeta acreditativa con el sello de la OMS que me recordará que estuve en foros como la 60ª Reunión del Subcomité de la Región Africana de dicha institución, sentada unas sillas más atrás de los Ministros de Sanidad de esta parte del mundo que se muere a chorros sin que nadie de los que empujamos esta gran mole con toda nuestra alma consiga moverla apenas unos milímetros, atrapados en una nube de burocracia, vicios, y desidia de donantes y donados.

A veces necesito escapar de este mundo, de esta maraña de cabos sueltos o demasiado atados. Con frecuencia ( y cada vez con más frecuencia) necesito volar de aquí y saltar a otro sitio.

Entonces, me espera Harry Potter, callado y dispuesto, en la mesilla de noche. Me tumbo en la cama, abro el sexto libro de la saga y en un minuto ya no estoy aquí en Guinea, sino en en un mundo mágico, donde existen las varitas mágicas, las pócimas, los hechizos; donde las intrigas siempre acaban bien; donde Harry, Ron y Hermione son ya casi como de la familia.

O me espera J.D., el joven protagonista de Scrubs, la serie de médicos más divertida que he visto, y que con su punto absurdo me hace reír y abstraerme veinte minutos por capítulo, me permite escapar por un rato a ese mundo bien por encima del ecuador que tan bien conozco, que al fin y al cabo es mi casa, donde conozco bien las reglas y el terreno que piso.


Harry y J.D. son mi descanso mental en este mundo monotemático veinticuatro sobre veinticuatro horas. Y creo que se merecen un homenaje por la dosis de equilibrio psicológico que me proporcionan.

Por muy de ficción que seáis, gracias a los dos, chicos.

sábado, 21 de agosto de 2010

Un puntito de magia

Esta noche hay un puntito de magia. Volvemos del aeropuerto de Malabo hacia Elá Nguema. Está lloviendo. El limpia-cristales del taxi resbala sobre la luna delantera, fragmentada en añicos por algún golpe más o menos reciente, como en muchos taxis de aquí. Suena una música que es algo así como reguetón, pero a la guineana:

“Esta noche te voy a hacer mi señora… “

La letra es desastrosa, rozando lo jocoso; pero hay que reconocer que tiene ritmo. El taxista sube el volumen, y mirando por las ventanillas me siento como dentro de la escena de una película, por la cuasi-autopista desierta, viendo pasar la ciudad semi-iluminada a nuestro lado. “Esta noche hay un puntito de magia”, le digo a Juan, que va sentado a mi lado en la parte trasera del taxi.

Venimos de dejar a Ceci en el aeropuerto. Por razones que sólo entiende quien (y entiende todo el que) ha vivido en este país, Ceci tiene que salir sin visado de salida y con el visado de entrada caducado hace una semana. Estaba nerviosa. Hasta hemos ensayado la escena unos minutos antes en la terraza de casa. Juan era el policía que, con cara de pocos amigos, le preguntaba por su visado. El roll-playing ha salido bien. “¿Cómo lo podemos arreglar?”, le preguntaba Ceci a Juan_policía, intentando ser lo suficientemente ambigua como para no dejar demasiado ni demasiado poco claro que estaba preguntando el costo de salir del país sin más problemas.

Ya en el aeropuerto, después de pasar los trámites de revisión de maletas, véase una especie de escáner humano a golpe de abrir cremallera y hurgar en el interior de tus pertenencias (cuánta ropa interior usada de diversas nacionalidades ha tenido que tocar esta gente) y después de realizar la facturación, llegaba el momento de la verdad: Juan y yo, que hemos decidido acompañarla para dar apoyo moral y poner cara de cooperantes_buenos_buenísimos si había algún problema, o sacar mi cotizado carnet de protocolo blanco y recién plastificadito en España por si servía de algo, después de darle un beso y un abrazo, nos hemos quedado detrás de la mesa donde por fin tenía que enseñar su pasaporte a la policía. Desde donde estábamos, sólo se oían fragmentos de la conversación. Un “¿cuánto tienes?” llega a mis oídos. Ceci saca tres billetes de color morado, y deposita en la mesa el pago de su “visado” de salida. Lo ensayado se cumplía tal cual. El policía, después de guardar el pago en su bolsillo, le hace una señal para que la acompañe a una estancia interior, que todavía se ve desde donde Juan y yo estamos situados. No la perdemos de vista. Y de pronto, me siento como si Juan y yo fuéramos miembros de la Orden del Fénix, camuflados en el mundo de los Muggle, y dispuestos a sacar nuestra varita mágica ante cualquier movimiento que nos resultase sospechoso. Con un Accio Billetes, los 30000 CFA salen del bolsillo y vienen a nuestras manos, y con un Expecto Patronus creamos una fuerza protectora que impide que a Ceci le pase nada malo, y le permite volver sana y salva a Madrid. Vuelvo en mí misma y me doy cuenta de que tanto leer Harry Potter me está trastornando un poco… pero no me importa.

Por fin Ceci, después de la foto y el escáner de las huellas dactilares de rigor, se vuelve, sonríe, nos dice adiós con la mano, y se dirige a la sala de embarque. ¡Prueba superada! La Orden del Fénix se retira y coge un taxi.


Lo dicho: esta noche tiene una pizca de magia.

lunes, 16 de agosto de 2010

¡Aquí huele a "ratÓnnnn"!

Con esa frase y el ceño fruncido recibía un día a Dani hace tiempo la responsable continental del programa de Tuberculosis. En su despacho olía a "ratÓnn", con una fuerte y acentuada "O" y unas nasales enes; y es que eso aquí pasa hasta en las mejores familias.
Aquí la fauna se sucede la una a la otra, casi como por ciclos, porque en realidad esta casa no es más que un pequeño ecosistema, con su cadena alimentaria y todos sus demás complementos. Si exterminas a unos, aparecen los otros. Es así, y así hay que aceptarlo.
Están las salamanquesas, que aunque te den algún que otros sustillo cuando vas de noche por la cocina y de repente se mueven por la pared, pues oye, se comen a los mosquitos. Si quitas las salmanquesas, aumentan los mosquitos. Están los ratones, que dejan todo requetecagado y roído; pero, oye, mantienen a raya a las cucarachas; si quitas los ratones, aumentan las cucharachas. Podrían estar los gatos como en casa de Ana, pero exigen demasiada responsabilidad y atención y su orina huele muy mal; pero oye, se comerían a los ratones. Están las cucarachas, que también lo dejan todo lleno de cagadas y esparcen la mierda por la que circulan con sus gigantescas patas y alas; pero, oye... vaya, lo siento, no consigo encontrar ninguna utilidad, ni tan siquiera en la cadena trófica, para las cucarachas. Supongo que algún sentido tendrá su existencia...

Bueno pues, como decía, no nos animamos a tener gato. Como consecuencia, los ratones se han ido haciendo fuertes. Al principio era sólo Gutemberg, el que compartió las campanadas de año nuevo con nosotros desde su escondrijo en la encuadernadora. Pero a él se le fueron sumando Saimaza, el que vivía en la cafetera; Zanussi, el que se montaba los festines bajo el frigorífico y hasta Chueca, el que no se atrevía a salir de nuestro armario, aunque rascaba la puerta por dentro cada noche (resultaba muy tétrico despertarse y oírlo a las cuatro de la mañana, como en una película de terror en la que algún fantasma se esconde en el ropero y rasca por las noches :S ).
Llegó un momento en el que la multiplicación llegó a un ritmo tal que ya no éramos capaces de distinguir quién era quién. Si la familia ratona era tan grande que ya ni los conocíamos, había que tomar una decisión. Como dice Miguel para justificar el cruel veredicto que dictamos entre todos los seres humanos que habitamos esta casa, "no había opción: eran ya más que nosotros". Así que la batalla comenzó: la rapidez de reproducción ratonil contra la aguda inteligencia humana. Y la aguda inteligencia humana llegó desde la sabiduría de una adorable monjita en la década de sus setenta, farmaceútica en uno de nuestros centros de salud, y que tras muchas otras décadas en Guinea decía conocer el mejor remedio contra los roedores: Indometacina. Para los legos en la materia explicaré que la Indometacina es un antiinflamatorio potente que se usa sobre todo para enfermedades reumáticas. La salvación contra el dolor de muchos humanos resultaba ser un poderoso veneno contra los ratones: se había declarado la guerra química en la casa-sede de Mbá Nguema.
Catalina, que así se llama la religiosa experta exterminadora de ratones, buscó en los almacenes perdidos de María Gay el tesoro que nos liberaría de nuestros incómodos okupas: un envase clínico de mil pastillas de indometacina "gran reserva", véase caducadas desde el 2005. La noticia se difundió, y en la antigua casa de Dani y Laura, donde ahora viven un tropel de consultores y otros cooperantes-FRS, se probaron los nuevos artefactos a modo de minúsculo Iroshima. Llevados por la urgencia, y aún sin tan siquiera haber comprobado en profundidad la efectividad del arma, comenzó la instrucción militar a gran escala: el bote de indometacina pasó de casa en casa, y los "soldados" más adiestrados enseñaban a los novatos el proceso de preparación de los cebos. Se trataba de machacar cuidadosamente en mortero las pastillas antiinflamatorias, elegir un cebo suculento (galletas Gullón Tropical, raspas de queso, y hasta pan con aceite pensado para perdición de los ratones_señorito_andaluz). Una vez elegido el cebo, se coloca sobre un papelito y se espolvorea generosamente con los polvos de indometacina, se coloca en lugar accesible pero íntimo (los ratones son tímidos, y prefieren comer a escondidas) y a esperar.
Así lo hicimos en nuestro "hogar", y cuál fue nuestra sorpresa cuando al día siguiente los cebos habían desaparecido de sus lugares. Reímos con risa malévola al intuir lo que pasaría en breve. Pero no: los días pasaban y los ratones seguían paseando a placer por nuestra cocina, nuestros pasillos, nuestra oficina y nuestros dormitorios. Y hasta parecía que nos hacían una mueca jocosa al "esprintar" patinando ante nuestras narices sobre las baldosas. Más tarde aparecieron los cebos, movidos de sitio, pero sin comer. Los ratones se habían reído de nosotros y nos habían hecho creer que habían picado el anzuelo, cuando simplemente se habían dedicar a juguetear con nuestros cebos. Desmoralizados, empezaba a fallarnos la confianza en nuestra arma química.
Pero cinco días depués del lanzamiento del arma de destrucción masiva, mientras subía las escaleras pensando en que por el olor que salía por el pasillo se debían de haber atascado de nuevo las tuberías, se me abrieron mucho los ojos como cuando intuyes algo claramente y me sorprendí a mi misma exclamando "¡Aquí huele a ratÓnnn!". Y entonces comprendí en toda su profundidad el significado de la frase que aquella mujer sabia había dicho aquel día a Dani. Decir "¡Aquí huele a ratÓnnn!" quiere decir " Aquí huele a putrefacto, a cuerpo en descomposición, a cadáver, a anaerobio". Y supe que muy probablemente habíamos triunfado. Entonces, después de haber sido asesinos a sueldo, pasamos en un momento, cual Mortadelo, a cambiar de disfraz y ponernos el de forense. Por algo soy la nariz más aguda a este lado del Misisippi; así que, uno por uno fui buscando los cadáveres usando mi pituitaria como radar. Y allí fueron saliendo, algunos ya cubiertos de gusanos: uno en la bombona de butano, otro entre las cajas en la oficina, otro junto a los armarios de la cocina...
El problema es que mi pituitaria dice, y la de Carmen me apoya, que el cuarto individuo se encuentra metido en la caja del aire acondicionado, así que en estos casos no sabemos cómo se procede al levantamiento del cadáver. Suponemos que habrá que llamar a un técnico.

Moralejas: la insuficiencia hepática por indometacina en ratón casero común tiene un período de latencia de entre tres y cinco días; y nunca subestimes la capacidad de una monja septuagenaria como planificadora de muertes en masa.