domingo, 29 de septiembre de 2019

Watabata 99

Éramos muy sabios. Inocentemente sabios. Casi ingenuamente sabios. Nos llegó el aroma y decidimos quedarnos a comer la tarta. Aún mejor, a COMPARTIR la tarta. 
Veinte años atrás, yo tenía mucho que aprender, y (no sé si más) que desaprender. Fui a hacer teatro (me ha gustado y lo he hecho desde muy pequeña), pero el regalo que me esperaba era insospechado. Me estaba esperando una de las dos, a lo sumo tres, experiencias que han sido claves en el puzzle de mi identidad. 
Os miraba a tod@s estos días, y me preguntaba qué hizo grande esta experiencia. Para mí, ya os lo dije ayer (anochecer en la montaña, ojos cerrados, cogidos de las manos), la palabra clave es autenticidad, una seductora y poderosa invitación a dejarse ser, a probar qué es lo que soy/quiero ser, muchos "¿por qué no?". 
Nunca me sentí totalmente de aquel " núcleo duro" de los primeros años (¡maldito Camino de Santiago al que no pude ir!). Pero siempre me sentí muy querida. Y sentí que os quería mucho. Os quería como grupo, como colectividad en la que ser y construir junt@s; y me encontré con cada un@ de vosotr@s, en diversidad de cercanías. Algunos incluso pasasteis con el tiempo a ser partes de mí sin las que hoy no me entiendo. Tod@s tuvisteis y tenéis un papel en mi mundo interior y me evocáis sonrisa y una especie de preciosa fraternidad. 
Encontrarnos este fin de semana me hace sentirme aún más cerca de lo que pudimos estar entonces en el Caro, en la biblioteca, en Almorox, en el aula 11, en el hall de la facultad, sobre el escenario... Como decía hoy alguien, no ha sido sólo recordar, sino confirmar y actualizar. Siento que aún nos queda por compartir, que no sois sólo (que ya sería mucho) nostalgia y pasado. Encontrarnos reaviva en mí otro reencuentro que he empezado este verano con las experiencias fundantes de mi vida. Me conecta con esa sabiduría profunda, con esas certezas que se adquieren en las experiencias fuertes del caminar por la vida. Nos ha permitido también reelaborar juntos nuestras narrativas colectivas (o sea, cómo nos contamos nuestra historia común), las de nuestras aventuras y momentos vitales compartidos, las de nuestros encuentros y desencuentros, incluso las de nuestros intercambios de fluidos ;) Mi yo de hace veinte años supo que aquí había "droga de la buena", de la que genera salud, de la que pide más porque hace VIVIR con mayúscula.


Me gusta en lo que nos hemos convertido. Y, al menos yo, al reencontrarme con todo aquello y tod@s vosotr@s, los y las de hoy, puedo reactualizar lo que soy refrescando las partes genuinas que regué junto a vosotr@s y florecieron entonces, dando sustento a lo que vendría después, ya cada un@ por nuestro camino. Vuelvo más viva. Más yo.

Entonces hicimos buen teatro (¡me ha encantado revisionar nuestros montajes con vosotr@s y volver a sentir los nervios del estreno y los ensayos!), nos construimos junt@s, seguimos viviendo ya con la impronta de lo compartido y seguimos después sumando y construyendo. Y hoy, a la vista de este fin de semana, seguimos sumando. Al reencontrarnos, seguimos aprendiendo junt@s, compartiendo experiencias, jugando, abriendo nuestras mentes, tratando de apartar los juicios. Necesitando pocas drogas porque otras cosas nos sacian con creces. Riendo, sintiendo, buscando, compartiendo intimidad. Se nos siguen llenando los ojos de lágrimas.  Seguimos muy VIVOS. 


¡GRACIAS!






viernes, 14 de septiembre de 2018

Somos viento

Hace ya casi dos semanas, y aún queda "el regustillo". Un regustillo de amor, de felicidad, de cariño. Mucho tardamos en decidirnos a hacer algo como esto, porque parecía que no era necesario; muchas veces durante la preparación de todo el tinglado que ha habido que montar para esto me he vuelto a preguntar si no me estaba empeñando en algo que tampoco era tan importante. Hoy sé que, aunque no era estrictamente necesario, ni ese día ha sido el más importante del mundo,  me alegro. Me alegro de haber celebrado lo importante de la Vida, de haber celebrado el Amor. Me siento infinitamente agradecida por la oportunidad de reunir durante un rato laaaaargo a esa gente tan especial que hay en nuestras vidas. Me siento infinitamente afortunada por la vida que me ha tocado vivir, por nuestro encuentro, y por los pasos que hemos tenido la oportunidad de dar juntos para llegar hasta donde estamos, y que nos han permitido caminar en tan buena compañía.
 Fue un día de recordar tantas y tantas cosas compartidas entre nosotros como pareja y con otros y otras que forman parte de nuestra historia individual y colectiva. Fue un día de hacer aún más nítida la imagen de lo que somos (o nos gustaría ser) como pareja al verlo reflejado en el el espejo de las palabras y los gestos de los que nos quieren. Fue un día de comprometerse con tantas cosas buenas que nos decís que veis en nosotros, y que, aunque sabemos que en realidad nos veis con los buenos ojos de los que nos quieren y que estamos lejos de esa imagen ideal que proyectáis en nosotros, nos anima a seguir caminando hacia ese Ser en mayúsculas que es la única forma en la que merece la pena participar de la Vida. Infinitos regalos de los de los "güenos, güenos del género güeno" en las sonrisas, las sorpresas, los detalles, lo esfuerzos, la ayuda cargando mesas, decorando embalses, haciendo marcapáginas, comprando quesos, trayendo neveras, recogiendo y fregando platos, abandonándose a la locura y el caos del Protoloco ("¡Larga vida al protoloco!"); el estar y compartir, el abrazo y el beso sincero, la alegría,  el venir de lejos, el aportar lo que uno es, tiene y sabe para hacer de este día algo bonito. Infinito agradecimiento. Infinitos matices que quedan en mi recuerdo, que dejan impronta en mi alma aunque no pueda recogerlos en unas líneas.
 Palpar el Amor el día que se celebraba el Amor. Sentir que el traje (no me refiero al físico) era exactamente el adecuado, el que sentaba bien a lo que somos, hemos sido y queremos ser. Una brisa suave que acaricia, reconforta, revitaliza y refresca. Una sonrisa grande. El Amor rebosando, dándose y recibiéndose y haciéndose obvias su circularidad y su falta de límites.  La certeza de que, desde el Amor, no hay duda de que la Vida merece la pena ser vivida.








jueves, 4 de mayo de 2017

Llegar-partir; abril-cerral

Tenía sentido llegar hasta el Cabo de San Vicente. Siendo para mí la travesía una constante metáfora de la vida, tenía sentido cerrar esta etapa. Suelo hacer una balance del año cada treinta y uno de diciembre, pero este año no lo hice. Primero, por falta de tiempo (el MIR no da tregua así estén cayendo bolas de fuego del cielo o se proclame la tercera república); y segundo, porque el treinta y uno de diciembre pasado no sentí que hubiera acabado nada ni empezará nada nuevo. Ni siquiera lo sentí del todo el día veintiocho de enero, después de vomitar en formato multirrespuesta en aquel aula universitaria de Móstoles. Tampoco el día que salió el puesto definitivo. Y es que ninguno de esos momentos clausuraba definitivamente la incertidumbre, siempre quedaba un paso más. Sorprendentemente, tampoco el día de la elección de plaza fue el día de suspirar por fin aliviada,  como si algo no me dejara abandonar por completo el nivel basal de preocupación de los últimos diez meses. Y es que una siempre puede preguntarse, "¿habré elegido bien?".

Quizás por eso tenía sentido volver aquí, a la Ruta Vicentina. A los seres humanos nos viene bien lo simbólico; o, al menos a mí, me sienta de maravilla. Este camino comenzó hace diez meses (antes de encerrarme para dedicarle a la Medicina el mayor cómputo de atención concentrada que le he dedicado nunca) en Zambujeira do Mar, caminando de Sur a Norte durante tres días; y termina caminando desde Zambujeira do Mar al Cabo de San Vicente durante otros seis (desde el veintinueve de abril hasta ayer) como si ya estuviera de vuelta de algunas cosas y hubiera crecido al doble mi capacidad para caminar. Ayer, delante de aquel faro rojo y beige, no sólo se cerraba oficialmente en mi interior la puerta de la "etapa mírica-bis", sino que de algún modo era el fin de una caminata mucho más larga: la que empezó a mediados de diciembre de dos mil catorce, cuando se materializó mi inevitable adiós al CTA de Cáritas, que me ha llevado por un camino de esos en los que te viene bien todo lo que echaste en la mochila "por si acaso". Los paisajes de estos dos años y medio han sido tan variados como un paso fugaz por despacho de directora de centro pionero (con foto con político recientemente encarcelado por corrupción incluida... y es que mi olfato de los ambientes y las personas es tan infalible como mi "nariz histórica", que me permite saber quién estuvo ayer en una habitación), dos casting para TVE,  la prisión de Estremera, un aula de formación profesional, el centro de salud de al lado de casa o los espacios "sagrados" de Santa Engracia, Santa Bárbara y Hortaleza. Creo que ayer, cuando llegaba al Cabo de San Vicente, se cerraban simbólicamente dos años y medio de peregrinación, de salida de la comodidad para buscar algo que hace dos años y medio era menos que un embrión en mi mente. Y, como en el camino, cada paso ha sido necesario. Fue necesario oler a "podrido" para salir de la Agencia Antidroga; fue necesario ser profesora durante dos semanas para despejar por fin una incógnita que me había acompañado durante años, casi desde la adolescencia (a veces no queda más remedio que caminar un tramo de un camino equivocado para confirmar que no es el tuyo, que desaparecen las marcas que estabas siguiendo); fue necesario poner en marcha Ágape para ser consciente de que, siendo lo que más me gusta hacer, no es un medio de vida realista a tiempo completo por el momento; fue necesario desesperarme con el sistema penitenciario (y aquella afortunadísima conversación aparentemente trivial de Año Nuevo) para, por fin, entender que el esfuerzo necesario para dedicarme a tiempo completo a la salud mental merecía, y mucho, el esfuerzo necesario para darle trece años atrás a la máquina del tiempo.

Cuanto más caminamos, más conocemos, aunque nos duelan más la espalda y los pies. Mi esencia es la misma, pero el viaje de estos dos años y medio, como toda buena travesía, ha ido dejando huellas imborrables en mi piel y en mi corazón. Están los dos más bronceados. La mirada se va ensanchando, como si cada paisaje que descubre la hiciera crecer un poco más.

En esta semana de viaje me he cruzado con varias personas de "mirada ancha", para las que ensancharla cada día un poco más conociendo nuevas personas y lugares (tanto del mundo exterior como del interior) es una prioridad: un austriaco que venía de pasar varios días "in to the wild", que trabaja en Austria con los refugiados y que con una sonrisa de oreja a oreja te hace saber que es muy consciente de la importancia de su trabajo; un surfero (también austriaco) para el que contar con un mes para hacer el Camino de Santiago era sin duda más importante que unas vacaciones pagadas; un joven profesor universitario australiano experto en relaciones internacionales que inició hace meses un viaje de un año por el mundo y, para poder seguir viajando, pasará este verano viviendo y  trabajando como recepcionista en un hostel algarviano; un maestro de adultos inglés que, mientras esperaba pacientemente junto a su cámara el mejor momento de la puesta de sol en Arrifana, me explicaba que, tras jubilarse, ha descubierto que la gente quiere comprar las fotografías que va haciendo por el mundo; un malagueño que se enamoró del Algarve y allí lleva ya cuatro años; una alemana que, tras  dejar su trabajo, se compró un billete de ida a Portugal y no tiene ni idea de para cuándo la vuelta... El mundo está lleno de gente de mirada ancha... si se sabe dónde buscarla. Y creo que lo que me inspira y lo que me resuena de estos personajes es la apuesta por la búsqueda y la experiencia, y el ser capaces de hacerlo no necesitando demasiado por el camino (no más de lo que cabe en una mochila que puedas cargar); ese saber dar a cada cosa un valor justo, que se mide en términos de lo que nos hace respirar más profundo y poder dedicar un rato a interesarnos por la persona que tenemos al lado, aunque quizás nunca volvamos a verla; porque, aunque sea sólo por hoy, merece la pena estrechar un poco un lazo que percibo más como un lazo universal, ese que nos hace echar una mano y desear lo mejor al que está también en este gran viaje, y al que nos parecemos sorprendentemente en lo más genuino, aunque nuestro origen sea distinto.


No se me ocurre un paisaje más bonito para cerrar esta etapa. No se me ocurre un horizonte más prometedor, y atractivo, y ancho que el que, al final de este viaje, me esperaba desde hace tiempo con paciencia. Los antiguosdibujaban en los mares más allá de la tierra conocida "monstruos marinos y peces con dientes"; pero lo que había en realidad eran otras tierras por descubrir, sorprendentes, llenas de oportunidades. Llegar hasta aquí sólo es el principio. La aventura continúa...



sábado, 25 de junio de 2016

Como los ricos

Estoy en una plaza. Un pequeño castillo cubierto de enredadera, delante de mí. Estoy sentada en un banco de piedra que cierra la plaza justo por encima del mar. El rumor suave de las olas me hace de alguna manera sentir como si me meciera en un pequeño barco, en una especie de mecedora acuática virtual. El viento, que se va haciendo más frío según desciende el sol en este horizonte europeo, me acaricia con delicadeza. Todo esto, unido a esa sensación de bienestar que sólo conocen los que saben lo que es una buena ducha después de una mañana y parte de la tarde caminando (que no le envidia nada a la de sacar los pies de las botas y ponerse unas sandalias) hacen de este momento uno de esos que mi querida Maruxa denominaría "como los ricos"; que, lejos de significar un derroche monetario, simboliza ni más ni menos que esos placeres sencillos que te hacen sentir que en este momento no necesitas nada más, un momento de conciencia plena, un momento de estar en un aquí y ahora en "bastantidad". Añado que un campanario no muy lejano acaba de dar bucólicamente las 7, y un pajarillo se ha empeñado en mejorar cantando el panorama sonoro. Lo dicho, "como los ricos" (ya quisieran muchos ricos...).

Estoy en la plaza del castillo de Vilanova de Milfontes. Llevo ya dos días caminando por la costa alentejana. Caminando sola. Bueno, conmigo misma, que no es poco. Hacía tiempo que no pasaba tanto tiempo en silencio... y no viene nada mal. Me doy cuenta de que viajar sola es de alguna forma darte cuenta de los muchos recuerdos que llevas en la mochila y de las muchas personas que llevas en el corazón, que sin orden ni concierto van apareciendo en el escenario de la mente, haciéndote sonreír, emocionarte o asombrarte al desempolvar algún recuerdo que estaba en lo más escondido de la trastienda. Ya lo decía Benedetti: "Tengo una soledad tan concurrida..."

He cambiado mi plan de viaje: me quedaré un día más en la costa alentejana. Desde que di la vuelta en una curva y descubrí el primer acantilado tuve claro que intentaría cambiar el último día de viaje, reservado para visitar alguna otra ciudad, por un día más sumergida en todos estos kilómetros y kilómetros de mar hasta donde abarca tu vista. El plan era haber hecho hoy dos etapas en un día, pero las he fragmentado: no hay necesidad de correr. Se trata de saborear estas raciones de lo que se me antoja el mejor caviar del mundo.




                                 


Me gusta viajar caminando. Me gusta caminar el paisaje. Es como si lo hiciera más mío, como si lo conociera mejor. "Esto lo he caminado yo", me suena más intenso que "esto lo he visto yo". De alguna forma es fundirse con lo que ves, hacerte parte de ello; un pequeño ejercicio de comunión con la Naturaleza. Y a mí se me expande el alma, como si se hinchara con tanta belleza. Creo que también me atrae esa metáfora de la vida que son las travesías, como la continua búsqueda de un destino. Con sus tramos difíciles, con la esperanza de llegar, con los momentos de duda, perder con angustia el camino por un rato para llegar de nuevo con alivio al mismo camino, la emoción de lo que está por llegar, la experiencia acumulada que ayuda en el camino, el cansancio, los días de sentirse poderoso y capaz de todo, los momentos en los que comer algo nutritivo te hace como revivir. Me gusta también la sensación de llevar conmigo todo lo que necesito para sobrevivir: aun con mi pesada carga a cuestas me hace sentirme libre... qué mejor deseo para la vida...

Ésta es, sin duda, una de las travesías más bonitas que he hecho nunca.

"¿Le pongo algo más?" "No gracias, estoy servida".

viernes, 24 de junio de 2016

Monasterios, torres y casitas de playa

Estoy ya en Almograve, la primera parada de mi ruta por los acantilados. Llegué ayer desde Lisboa a Zambujeira do Mar. Ayer fue un día intenso.

La mañana en Lisboa dio para bastante: para localizar la estación de autobús de Sete Regos y comprar los billetes al Alentejo y para acercarme hasta el Mosteiro dos Jeronimos y la Torre de Belem. Turistas por todas partes, hasta el hastío. Ni el súper-moderno y espacioso tranvía número 15 da para tanto turista. Supongo que el lisboeta medio que tenga que coger ese tranvía a diario odiara con razón al turismo, por más que sea una de las principales fuentes de ingresos.Gracias, una vez más, a Lonely Planet encontré uno de esos tesoros que el turista medio pasa por alto: el Jardín Tropical. El jardín y los pasteles de la pastelería más antigua de Belém (1837) fueron lo mejor de la mañana, la verdad sea dicha.

















Y por la tarde... comenzó la aventura alentejana. La impersonalidad de la gran ciudad se queda con ella, y nada más montar en el autobús la señora que llevo al lado se decide a contarme que estuvo en Madrid y le gustó mucho. Me lo cuenta en portugués cerrado, y me entero a medias. Desafío a la empatía superado con éxito. En una nueva pirueta empática acierto a entender que va a Zambujeira a la casa de sus padres (ya fallecidos, tiene 68 años), que se turna con otras dos hermanas. La están arreglando. Me dice que Zambujeira no aparecía en el mapa hasta el 25 de abril. En el momento no lo entiendo muy bien, pero más tarde caigo: la revolución de los claveles. Me cuadra también que lo explicaba diciendo que era "una especie de frente". No sé si tendrá que ver con eso, pero desde que salimos de Lisboa en esta dirección, en cada pueblo se ven carteles del partido comunista y contra el euro. No sé si es una postura mayoritaria o simplemente un colectivo muy activo en la pegada de carteles... Al llegar a a Zambujeira acompaño a esta señora (llamémosle María) hasta su casa, porque no puede con sus maletas. Ella, a cambio, se empeña en ayudarme a buscar mi albergue. Pero antes, insite en enseñarmesu casa, orgullosa. Es una casa de playa antigua, humilde y destartalada, con una letrina que en algún momento se convirtió en wc, aunque sin separar de la habitación, para lo cual hacen las veces unas mantas. "Estos muebles son buenos", me dice en tono de confidencia mientras señala una mesa con cajones en el comedor. "Son de un palacio. Cuando yo nací ya estaban aquí, y aún duran, porque la madera es buena. Los compró mi padre, que era ingeniero naval". Llego por fin al albergue, después de que María me guíe lo mejor que sabe por las calles del pueblo que vio su infancia. "Cuando yo era pequeña no había luz en las calles.Íbamos con velas".
El albergue es chulísimo. Me recibe Joao, un chaval de unos 25 años que me explica con cuidado (y con la ilusión del que lo ha pensado todo) cómo funciona todo en la casa. Me presenta a mi compañera de habitación, una chica suiza algo mayor que yo, con una voz muy dulce y ojos tranquilos con la que me lanzo a hablar en inglés dejando complejos a un lado. Mañana os cuento la historia de Valería. ¿La tortuga? No, no... la suiza, que también se llama Valeria.

miércoles, 22 de junio de 2016

Fado... y unas cuantas notas más

Fin del primer día de mi aventura portuguesa. Si os digo la verdad estoy rendida... Nota mental: en los trenes, por muy tumbada que una vaya, no se duerme como en
casa.
Llego a las 8,30 h de mi reloj a la estación de Santa Apolonia, despotricando interiormente sobre la impuntualidad ferroviaria,  hasta que soy consciente de que aquí es una hora menos; lo cual explica por qué la ciudad parece aún tan soñolienta. Intento caminar rumbo al centro por el margen de la calle que da al Tajo, pero está en obras. Más adelante me daré cuenta de que aquí todo está en obras, hasta el punto de que el run-run de las herramientas es como el hilo musical de la ciudad.


En mi caminata de primera hora reflexiono sobre el hecho de que Berlín (que se supone que es igual de Europa que esto,o, mejor dicho que esto es igual de Europa que Berlín), donde estuve hace menos de un mes, no se parece en nada a esto. Desde que pones un pie en la calle resulta todo de alguna forma más caótico, más destartalado, incluso más sucio. "Y España", me pregunto, "¿se parece más a esto o a aquello?"

Esto no tiene ninguna pinta de centro turístico, por más que plano se empeña en decir que sí lo es. Por fin, al volver una esquina, se abre ante mí una gran plaza, gigante, imponente, con la inmensidad del Tajo al fondo. Por fin hemos encontrado un lugar para desayunar:



Del desayuno al albergue (estupendo, por cierto. Gracias, Lonely Planet), donde me deshago del macuto y me voy a pasear por Baixa y Rossio,con la meta en mente de llegar al Castillo de San Jorge. Del castillo os dejo un par de curiosidades. Pero vamos, que la entrada es como el Fairy, que cunde más de lo que cuesta, y por 8,50 te ponen hasta guía en tu idioma. El de la taquilla, por cierto, flipa cuando una tía con acento de Pacífico le saca la tarjeta de Caixa Geral. Eso es mimetizar con el medio y lo demás son tonterías.







A las faldas del castillo está la Alfama, el barrio más pintoresco de Lisboa. Es el antiguo barrio musulmán. La verdad es que, pese a la horda de turistas, tiene un toque auténtico.






Y en él, la Sé (la catedral):


A Valería y a mí nos ha parecido un buen lugar para nuestro "hoy meditamos en..." ... pues en la Sé de Lisboa.


Por la tarde, un paseo en el tranvía 28, que te lleva de arriba la abajo en este sin dios de colinas que forman la ciudad a través de los lugares más turísticos.







Y por la noche, a la Alfama de nuevo, a la caza del fado. Explicaba la prima de la cantante ( que era la camarera) que el fado es un sentimiento. La caza fue fructífera: aportaré documentos sonoros  que lo demuestren.

Y por hoy ya está bien. Mañana más... Sé que no es un post brillante, pero es que hoy no doy para más. Mañana será otro día.

Boas noites.

lunes, 6 de junio de 2016

Menos tornos y más parques

Nada más poner el pie en Berlín uno tiene cierta sensación paradójica: estás en una gran ciudad, y sin embargo no sientes esa presión hecha de prisa, aglomeración y estímulos intensos que te invade en cualquier ciudad. Pese a estar en una ciudad se respira algo amable. Durante varias horas te preguntas por qué, hasta que por inundación visual llegas a la conclusión: lo que diluye el contenido de toda esa olla exprés urbanita es un paisaje hecho de parques, agua, grandes calles y superlativas avenidas; es una calle con pocos coches y muchas bicicletas, lo cual mantiene mucho más a raya los decibelios; es una amplitud que permite ver el cielo  en todo momento, y proporciona un horizonte lo bastante descomprimido como para que el alma pueda expandirse lo justo para tomar buenas bocanadas de aire.

Podría vivir en Berlín. Es cierto que lo he visto en junio y con días de un sol tan espectacular que llevaba a los berlineses a salpicar los parques de carne blanca enfundada en biquinis, que les empujaba a unas sandalias y tirantes más que prematuros ( y suponemos que proporcionalmente anhelados durante el largo y frío invierno). Sí, creo que podría corretear a gusto por esas calles incrustadas en el gran bosque que debió de ser antaño y que hoy pugna por salir a cada esquina, junto a esas flores silvestres que crecen con la naturalidad de la mala hierba. Podría adaptarme fácilmente a ese mundo en el que el metro no tiene tornos de entrada porque se presupone (sin ingenuidad) que lo improbable es que alguien se cuele. Podría fusionarme yo también en esa amalgama de culturas que pueblan cada vagón de metro, en esa curiosa mezcolanza que te permite ver a una mujer musulmana con pañuelo en la cabeza, camiseta palabra de honor con lentejuelas y tacones de veinte centímetros junto a la alemana que se arregla poco, el oficinista al uso y el turista. Podría pasear a gusto por esas calles pensadas para el peatón y para la bicicleta, en las que las proporciones de carriles dedicados a carretera y a acera/carril-bici se invierten respecto a España (dos a cuatro en Berlín). Podría desenvolverme bien en una ciudad en la que sus habitantes hacen por entenderte y ayudarte. Creo que encajaría bien en una forma de entender la vida que se refleja, por ejemplo, en el hecho de haber mantenido los vagones de metro de los años noventa con su tapicería pop y su aspecto ligeramente trasnochado simplemente porque funciona bien (quizás ese ahorro contribuye a hacer posible que la frecuencia de paso sea inferior a los cinco minutos). Podría unirme a esa horda de gente que a las tres de la tarde de un viernes conquista los parques porque ha salido de trabajar a su hora, ni un minuto más ni un minuto menos.

Son interesantes de Berlín sus monumentos, sus calles, su apasionante historia con contrastes y paradojas que plantean interrogantes de los que hacen explotar la cabeza. Sin embargo, creo que lo que que queda grabado en mi memoria emocional es una sensación de amplitud, de desahogo, de calma, de expansión a la que seguro contribuye esa naturaleza que se rebosa en pleno asfalto.

Sí, Berlín, te quedas en mi lista de ciudades favoritas. Y me haces reflexionar sobre el hecho de que formas de gestionar y entender que en España parecen de locos progresistas no son más que lo que se presupone en cualquier sociedad medianamente madura que tiene más o menos claro de qué está hecha la verdadera calidad de vida.