jueves, 4 de mayo de 2017

Llegar-partir; abril-cerral

Tenía sentido llegar hasta el Cabo de San Vicente. Siendo para mí la travesía una constante metáfora de la vida, tenía sentido cerrar esta etapa. Suelo hacer una balance del año cada treinta y uno de diciembre, pero este año no lo hice. Primero, por falta de tiempo (el MIR no da tregua así estén cayendo bolas de fuego del cielo o se proclame la tercera república); y segundo, porque el treinta y uno de diciembre pasado no sentí que hubiera acabado nada ni empezará nada nuevo. Ni siquiera lo sentí del todo el día veintiocho de enero, después de vomitar en formato multirrespuesta en aquel aula universitaria de Móstoles. Tampoco el día que salió el puesto definitivo. Y es que ninguno de esos momentos clausuraba definitivamente la incertidumbre, siempre quedaba un paso más. Sorprendentemente, tampoco el día de la elección de plaza fue el día de suspirar por fin aliviada,  como si algo no me dejara abandonar por completo el nivel basal de preocupación de los últimos diez meses. Y es que una siempre puede preguntarse, "¿habré elegido bien?".

Quizás por eso tenía sentido volver aquí, a la Ruta Vicentina. A los seres humanos nos viene bien lo simbólico; o, al menos a mí, me sienta de maravilla. Este camino comenzó hace diez meses (antes de encerrarme para dedicarle a la Medicina el mayor cómputo de atención concentrada que le he dedicado nunca) en Zambujeira do Mar, caminando de Sur a Norte durante tres días; y termina caminando desde Zambujeira do Mar al Cabo de San Vicente durante otros seis (desde el veintinueve de abril hasta ayer) como si ya estuviera de vuelta de algunas cosas y hubiera crecido al doble mi capacidad para caminar. Ayer, delante de aquel faro rojo y beige, no sólo se cerraba oficialmente en mi interior la puerta de la "etapa mírica-bis", sino que de algún modo era el fin de una caminata mucho más larga: la que empezó a mediados de diciembre de dos mil catorce, cuando se materializó mi inevitable adiós al CTA de Cáritas, que me ha llevado por un camino de esos en los que te viene bien todo lo que echaste en la mochila "por si acaso". Los paisajes de estos dos años y medio han sido tan variados como un paso fugaz por despacho de directora de centro pionero (con foto con político recientemente encarcelado por corrupción incluida... y es que mi olfato de los ambientes y las personas es tan infalible como mi "nariz histórica", que me permite saber quién estuvo ayer en una habitación), dos casting para TVE,  la prisión de Estremera, un aula de formación profesional, el centro de salud de al lado de casa o los espacios "sagrados" de Santa Engracia, Santa Bárbara y Hortaleza. Creo que ayer, cuando llegaba al Cabo de San Vicente, se cerraban simbólicamente dos años y medio de peregrinación, de salida de la comodidad para buscar algo que hace dos años y medio era menos que un embrión en mi mente. Y, como en el camino, cada paso ha sido necesario. Fue necesario oler a "podrido" para salir de la Agencia Antidroga; fue necesario ser profesora durante dos semanas para despejar por fin una incógnita que me había acompañado durante años, casi desde la adolescencia (a veces no queda más remedio que caminar un tramo de un camino equivocado para confirmar que no es el tuyo, que desaparecen las marcas que estabas siguiendo); fue necesario poner en marcha Ágape para ser consciente de que, siendo lo que más me gusta hacer, no es un medio de vida realista a tiempo completo por el momento; fue necesario desesperarme con el sistema penitenciario (y aquella afortunadísima conversación aparentemente trivial de Año Nuevo) para, por fin, entender que el esfuerzo necesario para dedicarme a tiempo completo a la salud mental merecía, y mucho, el esfuerzo necesario para darle trece años atrás a la máquina del tiempo.

Cuanto más caminamos, más conocemos, aunque nos duelan más la espalda y los pies. Mi esencia es la misma, pero el viaje de estos dos años y medio, como toda buena travesía, ha ido dejando huellas imborrables en mi piel y en mi corazón. Están los dos más bronceados. La mirada se va ensanchando, como si cada paisaje que descubre la hiciera crecer un poco más.

En esta semana de viaje me he cruzado con varias personas de "mirada ancha", para las que ensancharla cada día un poco más conociendo nuevas personas y lugares (tanto del mundo exterior como del interior) es una prioridad: un austriaco que venía de pasar varios días "in to the wild", que trabaja en Austria con los refugiados y que con una sonrisa de oreja a oreja te hace saber que es muy consciente de la importancia de su trabajo; un surfero (también austriaco) para el que contar con un mes para hacer el Camino de Santiago era sin duda más importante que unas vacaciones pagadas; un joven profesor universitario australiano experto en relaciones internacionales que inició hace meses un viaje de un año por el mundo y, para poder seguir viajando, pasará este verano viviendo y  trabajando como recepcionista en un hostel algarviano; un maestro de adultos inglés que, mientras esperaba pacientemente junto a su cámara el mejor momento de la puesta de sol en Arrifana, me explicaba que, tras jubilarse, ha descubierto que la gente quiere comprar las fotografías que va haciendo por el mundo; un malagueño que se enamoró del Algarve y allí lleva ya cuatro años; una alemana que, tras  dejar su trabajo, se compró un billete de ida a Portugal y no tiene ni idea de para cuándo la vuelta... El mundo está lleno de gente de mirada ancha... si se sabe dónde buscarla. Y creo que lo que me inspira y lo que me resuena de estos personajes es la apuesta por la búsqueda y la experiencia, y el ser capaces de hacerlo no necesitando demasiado por el camino (no más de lo que cabe en una mochila que puedas cargar); ese saber dar a cada cosa un valor justo, que se mide en términos de lo que nos hace respirar más profundo y poder dedicar un rato a interesarnos por la persona que tenemos al lado, aunque quizás nunca volvamos a verla; porque, aunque sea sólo por hoy, merece la pena estrechar un poco un lazo que percibo más como un lazo universal, ese que nos hace echar una mano y desear lo mejor al que está también en este gran viaje, y al que nos parecemos sorprendentemente en lo más genuino, aunque nuestro origen sea distinto.


No se me ocurre un paisaje más bonito para cerrar esta etapa. No se me ocurre un horizonte más prometedor, y atractivo, y ancho que el que, al final de este viaje, me esperaba desde hace tiempo con paciencia. Los antiguosdibujaban en los mares más allá de la tierra conocida "monstruos marinos y peces con dientes"; pero lo que había en realidad eran otras tierras por descubrir, sorprendentes, llenas de oportunidades. Llegar hasta aquí sólo es el principio. La aventura continúa...



sábado, 25 de junio de 2016

Como los ricos

Estoy en una plaza. Un pequeño castillo cubierto de enredadera, delante de mí. Estoy sentada en un banco de piedra que cierra la plaza justo por encima del mar. El rumor suave de las olas me hace de alguna manera sentir como si me meciera en un pequeño barco, en una especie de mecedora acuática virtual. El viento, que se va haciendo más frío según desciende el sol en este horizonte europeo, me acaricia con delicadeza. Todo esto, unido a esa sensación de bienestar que sólo conocen los que saben lo que es una buena ducha después de una mañana y parte de la tarde caminando (que no le envidia nada a la de sacar los pies de las botas y ponerse unas sandalias) hacen de este momento uno de esos que mi querida Maruxa denominaría "como los ricos"; que, lejos de significar un derroche monetario, simboliza ni más ni menos que esos placeres sencillos que te hacen sentir que en este momento no necesitas nada más, un momento de conciencia plena, un momento de estar en un aquí y ahora en "bastantidad". Añado que un campanario no muy lejano acaba de dar bucólicamente las 7, y un pajarillo se ha empeñado en mejorar cantando el panorama sonoro. Lo dicho, "como los ricos" (ya quisieran muchos ricos...).

Estoy en la plaza del castillo de Vilanova de Milfontes. Llevo ya dos días caminando por la costa alentejana. Caminando sola. Bueno, conmigo misma, que no es poco. Hacía tiempo que no pasaba tanto tiempo en silencio... y no viene nada mal. Me doy cuenta de que viajar sola es de alguna forma darte cuenta de los muchos recuerdos que llevas en la mochila y de las muchas personas que llevas en el corazón, que sin orden ni concierto van apareciendo en el escenario de la mente, haciéndote sonreír, emocionarte o asombrarte al desempolvar algún recuerdo que estaba en lo más escondido de la trastienda. Ya lo decía Benedetti: "Tengo una soledad tan concurrida..."

He cambiado mi plan de viaje: me quedaré un día más en la costa alentejana. Desde que di la vuelta en una curva y descubrí el primer acantilado tuve claro que intentaría cambiar el último día de viaje, reservado para visitar alguna otra ciudad, por un día más sumergida en todos estos kilómetros y kilómetros de mar hasta donde abarca tu vista. El plan era haber hecho hoy dos etapas en un día, pero las he fragmentado: no hay necesidad de correr. Se trata de saborear estas raciones de lo que se me antoja el mejor caviar del mundo.




                                 


Me gusta viajar caminando. Me gusta caminar el paisaje. Es como si lo hiciera más mío, como si lo conociera mejor. "Esto lo he caminado yo", me suena más intenso que "esto lo he visto yo". De alguna forma es fundirse con lo que ves, hacerte parte de ello; un pequeño ejercicio de comunión con la Naturaleza. Y a mí se me expande el alma, como si se hinchara con tanta belleza. Creo que también me atrae esa metáfora de la vida que son las travesías, como la continua búsqueda de un destino. Con sus tramos difíciles, con la esperanza de llegar, con los momentos de duda, perder con angustia el camino por un rato para llegar de nuevo con alivio al mismo camino, la emoción de lo que está por llegar, la experiencia acumulada que ayuda en el camino, el cansancio, los días de sentirse poderoso y capaz de todo, los momentos en los que comer algo nutritivo te hace como revivir. Me gusta también la sensación de llevar conmigo todo lo que necesito para sobrevivir: aun con mi pesada carga a cuestas me hace sentirme libre... qué mejor deseo para la vida...

Ésta es, sin duda, una de las travesías más bonitas que he hecho nunca.

"¿Le pongo algo más?" "No gracias, estoy servida".

viernes, 24 de junio de 2016

Monasterios, torres y casitas de playa

Estoy ya en Almograve, la primera parada de mi ruta por los acantilados. Llegué ayer desde Lisboa a Zambujeira do Mar. Ayer fue un día intenso.

La mañana en Lisboa dio para bastante: para localizar la estación de autobús de Sete Regos y comprar los billetes al Alentejo y para acercarme hasta el Mosteiro dos Jeronimos y la Torre de Belem. Turistas por todas partes, hasta el hastío. Ni el súper-moderno y espacioso tranvía número 15 da para tanto turista. Supongo que el lisboeta medio que tenga que coger ese tranvía a diario odiara con razón al turismo, por más que sea una de las principales fuentes de ingresos.Gracias, una vez más, a Lonely Planet encontré uno de esos tesoros que el turista medio pasa por alto: el Jardín Tropical. El jardín y los pasteles de la pastelería más antigua de Belém (1837) fueron lo mejor de la mañana, la verdad sea dicha.

















Y por la tarde... comenzó la aventura alentejana. La impersonalidad de la gran ciudad se queda con ella, y nada más montar en el autobús la señora que llevo al lado se decide a contarme que estuvo en Madrid y le gustó mucho. Me lo cuenta en portugués cerrado, y me entero a medias. Desafío a la empatía superado con éxito. En una nueva pirueta empática acierto a entender que va a Zambujeira a la casa de sus padres (ya fallecidos, tiene 68 años), que se turna con otras dos hermanas. La están arreglando. Me dice que Zambujeira no aparecía en el mapa hasta el 25 de abril. En el momento no lo entiendo muy bien, pero más tarde caigo: la revolución de los claveles. Me cuadra también que lo explicaba diciendo que era "una especie de frente". No sé si tendrá que ver con eso, pero desde que salimos de Lisboa en esta dirección, en cada pueblo se ven carteles del partido comunista y contra el euro. No sé si es una postura mayoritaria o simplemente un colectivo muy activo en la pegada de carteles... Al llegar a a Zambujeira acompaño a esta señora (llamémosle María) hasta su casa, porque no puede con sus maletas. Ella, a cambio, se empeña en ayudarme a buscar mi albergue. Pero antes, insite en enseñarmesu casa, orgullosa. Es una casa de playa antigua, humilde y destartalada, con una letrina que en algún momento se convirtió en wc, aunque sin separar de la habitación, para lo cual hacen las veces unas mantas. "Estos muebles son buenos", me dice en tono de confidencia mientras señala una mesa con cajones en el comedor. "Son de un palacio. Cuando yo nací ya estaban aquí, y aún duran, porque la madera es buena. Los compró mi padre, que era ingeniero naval". Llego por fin al albergue, después de que María me guíe lo mejor que sabe por las calles del pueblo que vio su infancia. "Cuando yo era pequeña no había luz en las calles.Íbamos con velas".
El albergue es chulísimo. Me recibe Joao, un chaval de unos 25 años que me explica con cuidado (y con la ilusión del que lo ha pensado todo) cómo funciona todo en la casa. Me presenta a mi compañera de habitación, una chica suiza algo mayor que yo, con una voz muy dulce y ojos tranquilos con la que me lanzo a hablar en inglés dejando complejos a un lado. Mañana os cuento la historia de Valería. ¿La tortuga? No, no... la suiza, que también se llama Valeria.

miércoles, 22 de junio de 2016

Fado... y unas cuantas notas más

Fin del primer día de mi aventura portuguesa. Si os digo la verdad estoy rendida... Nota mental: en los trenes, por muy tumbada que una vaya, no se duerme como en
casa.
Llego a las 8,30 h de mi reloj a la estación de Santa Apolonia, despotricando interiormente sobre la impuntualidad ferroviaria,  hasta que soy consciente de que aquí es una hora menos; lo cual explica por qué la ciudad parece aún tan soñolienta. Intento caminar rumbo al centro por el margen de la calle que da al Tajo, pero está en obras. Más adelante me daré cuenta de que aquí todo está en obras, hasta el punto de que el run-run de las herramientas es como el hilo musical de la ciudad.


En mi caminata de primera hora reflexiono sobre el hecho de que Berlín (que se supone que es igual de Europa que esto,o, mejor dicho que esto es igual de Europa que Berlín), donde estuve hace menos de un mes, no se parece en nada a esto. Desde que pones un pie en la calle resulta todo de alguna forma más caótico, más destartalado, incluso más sucio. "Y España", me pregunto, "¿se parece más a esto o a aquello?"

Esto no tiene ninguna pinta de centro turístico, por más que plano se empeña en decir que sí lo es. Por fin, al volver una esquina, se abre ante mí una gran plaza, gigante, imponente, con la inmensidad del Tajo al fondo. Por fin hemos encontrado un lugar para desayunar:



Del desayuno al albergue (estupendo, por cierto. Gracias, Lonely Planet), donde me deshago del macuto y me voy a pasear por Baixa y Rossio,con la meta en mente de llegar al Castillo de San Jorge. Del castillo os dejo un par de curiosidades. Pero vamos, que la entrada es como el Fairy, que cunde más de lo que cuesta, y por 8,50 te ponen hasta guía en tu idioma. El de la taquilla, por cierto, flipa cuando una tía con acento de Pacífico le saca la tarjeta de Caixa Geral. Eso es mimetizar con el medio y lo demás son tonterías.







A las faldas del castillo está la Alfama, el barrio más pintoresco de Lisboa. Es el antiguo barrio musulmán. La verdad es que, pese a la horda de turistas, tiene un toque auténtico.






Y en él, la Sé (la catedral):


A Valería y a mí nos ha parecido un buen lugar para nuestro "hoy meditamos en..." ... pues en la Sé de Lisboa.


Por la tarde, un paseo en el tranvía 28, que te lleva de arriba la abajo en este sin dios de colinas que forman la ciudad a través de los lugares más turísticos.







Y por la noche, a la Alfama de nuevo, a la caza del fado. Explicaba la prima de la cantante ( que era la camarera) que el fado es un sentimiento. La caza fue fructífera: aportaré documentos sonoros  que lo demuestren.

Y por hoy ya está bien. Mañana más... Sé que no es un post brillante, pero es que hoy no doy para más. Mañana será otro día.

Boas noites.

lunes, 6 de junio de 2016

Menos tornos y más parques

Nada más poner el pie en Berlín uno tiene cierta sensación paradójica: estás en una gran ciudad, y sin embargo no sientes esa presión hecha de prisa, aglomeración y estímulos intensos que te invade en cualquier ciudad. Pese a estar en una ciudad se respira algo amable. Durante varias horas te preguntas por qué, hasta que por inundación visual llegas a la conclusión: lo que diluye el contenido de toda esa olla exprés urbanita es un paisaje hecho de parques, agua, grandes calles y superlativas avenidas; es una calle con pocos coches y muchas bicicletas, lo cual mantiene mucho más a raya los decibelios; es una amplitud que permite ver el cielo  en todo momento, y proporciona un horizonte lo bastante descomprimido como para que el alma pueda expandirse lo justo para tomar buenas bocanadas de aire.

Podría vivir en Berlín. Es cierto que lo he visto en junio y con días de un sol tan espectacular que llevaba a los berlineses a salpicar los parques de carne blanca enfundada en biquinis, que les empujaba a unas sandalias y tirantes más que prematuros ( y suponemos que proporcionalmente anhelados durante el largo y frío invierno). Sí, creo que podría corretear a gusto por esas calles incrustadas en el gran bosque que debió de ser antaño y que hoy pugna por salir a cada esquina, junto a esas flores silvestres que crecen con la naturalidad de la mala hierba. Podría adaptarme fácilmente a ese mundo en el que el metro no tiene tornos de entrada porque se presupone (sin ingenuidad) que lo improbable es que alguien se cuele. Podría fusionarme yo también en esa amalgama de culturas que pueblan cada vagón de metro, en esa curiosa mezcolanza que te permite ver a una mujer musulmana con pañuelo en la cabeza, camiseta palabra de honor con lentejuelas y tacones de veinte centímetros junto a la alemana que se arregla poco, el oficinista al uso y el turista. Podría pasear a gusto por esas calles pensadas para el peatón y para la bicicleta, en las que las proporciones de carriles dedicados a carretera y a acera/carril-bici se invierten respecto a España (dos a cuatro en Berlín). Podría desenvolverme bien en una ciudad en la que sus habitantes hacen por entenderte y ayudarte. Creo que encajaría bien en una forma de entender la vida que se refleja, por ejemplo, en el hecho de haber mantenido los vagones de metro de los años noventa con su tapicería pop y su aspecto ligeramente trasnochado simplemente porque funciona bien (quizás ese ahorro contribuye a hacer posible que la frecuencia de paso sea inferior a los cinco minutos). Podría unirme a esa horda de gente que a las tres de la tarde de un viernes conquista los parques porque ha salido de trabajar a su hora, ni un minuto más ni un minuto menos.

Son interesantes de Berlín sus monumentos, sus calles, su apasionante historia con contrastes y paradojas que plantean interrogantes de los que hacen explotar la cabeza. Sin embargo, creo que lo que que queda grabado en mi memoria emocional es una sensación de amplitud, de desahogo, de calma, de expansión a la que seguro contribuye esa naturaleza que se rebosa en pleno asfalto.

Sí, Berlín, te quedas en mi lista de ciudades favoritas. Y me haces reflexionar sobre el hecho de que formas de gestionar y entender que en España parecen de locos progresistas no son más que lo que se presupone en cualquier sociedad medianamente madura que tiene más o menos claro de qué está hecha la verdadera calidad de vida.

jueves, 31 de diciembre de 2015

2015...callos con panceta

Todavía con el sudor húmedo en la espalda, después de correr la San Silvestre (sólo hasta el barrio) por primera vez, y con la adrenalina aún fluyendo por mis venas, terminar el año con un reto se me hace poco menos que una metáfora de lo que ha sido todo él.

Creo que este año ha sido un reto continuo: el reto de construirme y reinventarme una y otra vez hasta la saciedad (o casi hasta la hartura); el reto de convencerme cada día de que, bajo los aparentes bandazos, en realidad hay una dirección más o menos clara. El 1 de enero de 2015 se ponía fin oficialmente a los 3 años de mayor estabilidad laboral y vital de mi existencia. Era el pistoletazo de salida de un año en el que, al dejar el trabajo más lleno de sentido que he tenido nunca, me iba a ver abocada a una interminable lista de cambios de identidad sólo propios del mismísimo Mortadelo (de los Mortadelo y Filemón de toda la vida). En un solo año natural he sido médico especialista en adicciones, directora de un centro de la Agencia Antidroga, profesora de auxiliares de enfermería, docente de monitores de tiempo libre, médico de centro de salud, finalista en un casting de Televisión Española, psicoterapeuta y médico en la prisión de Estremera. Sé que desde fuera no se entiende... A duras penas lo he entendido yo, y me lo he tenido que explicar todos y cada uno de los días de este año. Todo esto sin contar que para lo de ser psicoterapeuta, que es en lo que estamos de todas todas y a donde el camino parece que lleva al final de los finales, una ha tenido que aprender a ser además una especie de ser multiprofesión y multitarea. Así, he sido mi propia publicista, contable, gestora, agente inmobiliaria, jurista, secretaria, recadera, maquetadora, guionista, community manager y un amplio etcétera de detalles. Todo esto agota. Mucho más que correr la San Silvestre, en la que parece que te llevan en volandas.

Mucho esfuerzo físico (sin vacaciones oficiales desde octubre de 2014) y sobre todo mental. Pero todo esfuerzo tiene su recompensa. ¿Qué me has dado, 2015, con tus idas y venidas, con tus ráfagas agotadoras, con tu verano de olas de calor en Madrid, con tus dos "suicidios laborales" en pro de lo ideales, con tu incertidumbre y tu no saber a más de dos meses vista? Me has traído también muchas alegrías. Logros físicos: pasar del nivel principiante al nivel intermedio de danza contemporánea después de 5 años de esfuerzo tenaz, cientos de kilómetros en bici por las vías verdes andaluzas, la San Silvestre y sus tres meses previos de entrenamiento de cinco en cinco minutos; logros profesionales: por fin soy oficialmente psicoterapeuta, y de nuevo me siento médico de familia con todas las de la ley (sudado reciclaje mediante); logros espiritules: el mindfullnes (o la meditación, que suena menos snob) es ya hoy por hoy un hábito saludable para mí como comer lechuga o lavarse los dientes. 

2015 es más, claro que sí: es ver series en inglés y entender el 75%, son las clases de "runninglish", es granola, es Ágape y todo lo que Ágape significa, son los niños que dicen cosas, es conocer la Gestalt y aprender a empezar a amarla, es reír a carcajadas con "Nadie sabe nada" escoba en mano, es ajustar la vida y diseñar un menú "Fast good in Jail". Son reencuentros inesperados que hacen cantar al alma. Son pacientes agradecidos. Son profesores admirados. Son personas que desnudan su alma ante mí, que me entregan para que lo cuide lo más íntimo de sus vidas. Es cerrar gestalts inacabadas. Es reaprender a suturar. Es poner en la lista de cosas pendientes e importantes "volver a hacer teatro", porque recuerdas que de niña pasabas los sábados disfrazada. Es entender por fin cómo se traduce eso de que el cuerpo y la mente son la misma cosa. Es saber que siete (¡siete!) años después, estás más enamorada que el primer día. Es volver a pintar el rostro de Dios, cada vez más misterioso, y por eso mismo más real. Es la gente importante que cumple esa profecía que me dice que "van a estar ahí para siempre". 

2015 termina para mí con cansancio y agradecimiento. Con ganas de tragarlo del todo para engullir otro bocado nuevo, porque éste ya se me hace bola. Pero a pesar de todo, 2015, no me dejas mal sabor de boca. Has sido un plato difícil de digerir, pero alimenticio. Y es que todo, todo, se digiere mejor en compañía de la gente a la que quieres y te quiere. He corrido esta carrera con el mejor compañero de mesa que se puede tener. Y, antes de tragar el último bocado, como siempre, allí estaban esos "locos con la locura adecuada" para recibirme, para recordarme que las vidas vividas en plenitud y con sentido no siempre son fáciles, pero están llenas de una alegría impagable con todo el oro y la estabilidad del mundo.


miércoles, 31 de diciembre de 2014

Con banda sonora épica

Cuando eres consciente de que tu año 2014 empezó jugando a Ameba en un salón vacío y termina corriendo por las calles de Madrid con una colchoneta de playa naranja, te invade la certeza de que todo va por el camino correcto y llevas la compañía adecuada. Estos dos detalles son sólo el se abre y el se cierra comillas con el que citar este 2014. Ha sido un año intenso, dentro del mayor período de estabilidad que había vivido hasta ahora. Y dentro de un paréntesis que al cerrarse me arroja de nuevo a esa incertidumbre en la que a estas alturas (y porque siempre tengo mucho viento a mi favor) me muevo con bastante soltura. Si hago repaso rápido de los "grandes eventos" de este año me encuentro con "el hogar" y con "la aventura": me encuentro la mudanza a Hobbiton, este hogar confortable donde, como en La Comarca, se come bien y se disfruta de la vida en compañía de la gente a la que se quiere; me encuentro también el GR-20 en Córcega, el mayor reto físico que he superado hasta ahora, con la friolera (fría en pleno verano... es que las islas Mediterráneas tienen mucho de criar fama y echarse a a dormir) de veinte mil metros de desnivel acumulado; el órdago a grande laboral que termina con mi aparente "derrota", aunque en esa lógica que sólo entiende una parte de este mundo me siento más bien como un jinete de Rohan en la batalla de los campos de Pelennor; el nacimiento de Ágape, como el resultado de gozosos dolores de parto y vislumbrando desde su cuna una saludable y prometedora vida; la vuelta a la bici por Madrid, como quien monta a un fiel caballo o se come la ciudad a grandes bocados; el festival de danza a final de curso, atreviéndome por fin a mostrar el fruto del duro trabajo de muchos años de esfuerzo, sabiendo que queda mucho que mejorar, pero orgullosa de haber alcanzado una especie de primera línea de meta. Y pintar muebles, y colgar el armario de la cocina (y que siga en su sitio 10 meses después), y adquirir la casi absoluta certeza de cuál es mi vocación, y tantas otras cosas, grandes y pequeñas, que si me paro otro rato a pensar me harán sonreír unas cuantas veces más. Pero no, porque me voy ahora mismo a disfrutar de las mejores croquetas de este mundo antes de comerme las uvas para decirle un "¡Hola!" entusiasmado a ese 2015 que llama ya a la puerta. Y encima, haber vivido todo esto de la mano de la persona que te queda como un guante. Visto lo visto, qué bien me encaja ahora mismo como banda sonora de mi vida mi nuevo tono de llamada del móvil. ¡Al abordaje del 2015!